El caracol y la diosa
Un retrato de la actualidad hecho en 1950, quien diría que la apuesta de Enrique Araya constituiría la vivencia actual respecto a la conectividad y la tecnología.
Una vez más la delgada línea entre la locura y la cordura nos permite saborear la percepción de la realidad desde un prisma revolucionario, atípico, potente y extrañamente lúcido. Sebastián, paciente internado en un recinto psiquiátrico tras un diagnóstico de esquizofrenia nos narra mediante sus notas su visión del futuro en el año 20.912. Su supuesto delirio asume la evolución humana graficada en nuevos estamentos no solo sociales, sino que también biológicos, ideológicos, formativos y valóricos. Liderada por el sosiego, el individualismo, el conocimiento, la ausencia de lazos afectivos, la evolución espiritual y la persecución de la perfección junto a la sabiduría.
En este caso no estamos frente a una trama que se sustente en modelos políticos, manipulación de los medios, guerras geopolítica o doctrinas (como es común apreciar en novelas con este argumento central), la presentación circula en la mente de Sebastián, convencido de su verosimilitud y de su capacidad de visualizar el futuro gracias a su gran desarrollo psíquico e intelectual, según su propia autopercepción.
Me impactó la similitud que ronda a la Diosa y a la IA, técnicamente iguales. La Diosa, el nuevo símbolo de seguridad y resguardo humano (en reemplazo de Dios), más no de redención; todo lo sabe, en virtud de poseer una extraordinaria gama de conocimientos en absolutamente todo, es más: la civilización puede comunicarse con ella directamente, hacer preguntas y resolver problemas o dudas. La humanidad ha concentrado en un sofisticado sistema interconectado todo el conocimiento que ha logrado adquirir.