Cuando salió a la calle Gulp!, el primer disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, sus seguidores constituían una cofradía iluminada. Poco después ocurriría la transformación que los convertiría en una banda de estadios. En esa mutación brutal late un misterio similar al que rodeó al grupo y el origen de este libro: la reconstrucción imposible de una épica y una época que aporta datos y anécdotas nunca antes reveladas sobre la mayor leyenda del rock argentino. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Fuimos reyes parte de una admiración sedimentada durante décadas, que permitió la distancia necesaria para la descripción y el análisis del viaje de la tríada fundacional: el Indio Solari, Skay Beilinson y Poli Castro. Como en una película salpicada por malentendidos, pasan por estas páginas los sótanos de la Capital, la marginalidad de Aldo Bonzi, una limusina surcando las calles de Nueva York, la clandestinidad y las drogas, el secuestro del padre de Skay a cargo de una facción del ERP, Luis Alberto Spinetta y Pappo. A través de casi un centenar de entrevistas a los protagonistas y sus cómplices, Mariano del Mazo y Pablo Perantuono intentan descifrar el enigmático funcionamiento de un artefacto cultural extraordinario, hecho de pasión y negocio, y dueño del mayor pogo del mundo.
La nueva edición (revisada, ampliada) arranca con un estupendo prólogo de Mariana Enriquez y después se mete en ese "agujero negro" que es la historia de la banda y sus múltiples reconversiones a lo largo de un cuarto de siglo. La primera mitad, incluso hasta los shows de Huracán, es incomparable. El relato que hilvanan los autores y un coro de múltiples voces (todes los involucrados) no da respiro. Es una historia cultural, social, política sobre como un grupo de personas de clase media devienen una de las bandas de culto más impresionantes que hayan existido (aquí y en todas partes). La reconstrucción es minuciosa y detallada, pese a que el estilo de los que escriben no es gran cosa. En esa segunda parte, menos rica en todos los sentidos, el libro se dedica a repasar puntualmente conciertos y lanzamientos de discos, pero el brío de las primeras 250 páginas se pierde un poco (lo que no quiere decir que uno lo lee apasionadamente hasta el final). Un libro muy recomendable.
La nueva edición incluye varios dibujos de Rocambole por toda ilustración. Es una enorme picardía que Planeta no haya querido pagar derechos para reproducir ni una sola fotografía. El libro definitivo termina quedando rengo. Por otra parte, inexplicables errores de edición se suceden en todo el libro. En el apuro nadie parece haber prestado atención a que muchísimas veces las palabras del entrevistado se mezclan con las de los autores, sin solución de continuidad.
De lo mejor que se puede leer acerca de los Redondos. No solo pone en contexto social, político y cultural cada paso de la banda sino que además brinda ricos detalles sobre los procesos de grabación y edición de cada disco. Se profundiza demasiado en los primeros años, en contraposición a un liviano tratamiento de la última etapa (la más tensa en distintas esferas que derivaría en el final). Los testimonios y calidad de los mismos evidencian quién fue quién en Patricio Rey.
En su prólogo a la nueva edición de esta historia, Mariana Enríquez dice que a cada generación le toca sus Redondos. ¿Pensaron cuál es el suyo, alguna vez? Personalmente cuento tres en tres momentos muy distintos: unos redondos infantes, unos adolescentes y el de la juventud adulta.
El punto de vista fue de la fantasía a la nostalgia pero, sorprendentemente y en contra de la historia de la banda y de la lógica del envejecimiento argentino, de la oscuridad hacia la luz.
Mis Redondos infantes son los que Mariana nombra como los oscuros, los de los 90 y principios del 2000. Para mí villanos eran Scar y ese tal Patricio Rey. Me los presentó sin querer una prima que venía cargada a mediados de los 90 con un flequillo muy corto y recto y la canción de Walter, el porro y El Che flameando en lo alto. Las anécdotas eran fascinantes pero no podía entender ccómo arriesgaba tanto. Sonaba Luzbelito (1996) en el Club Deportivo de Berazategui mientras mi hermano y yo, sentados en sus escalinatas, teníamos la vista directa a la llegada de los micros escolares de las razzias de la 4ta. Absoluta normalidad. Jugábamos al chupi o a los tazos mientras veíamos enfilados a los pibes contra la pared todos los viernes y sábados. Los cuentos de noche sonaban a Momo Sampler (2000), disco que me negué a escuchar entero muchos años por el malestar que me generaba, coronó la miseria de la crisis económica y social, que era banda sonora del club del trueque y de los piquetes de la ruta 2. Sonaban los truenos mientras mi abuela decía no se qué de los drogadictos, la tele siempre prendida mostraba la guerra civil entre los borrachos y la montada y los escalofriantes relatos del Roca cuando había tocada tampoco ayudaban a entender otra cosa.
Después pasó Cromañón pero hacía unos años ya nos empezábamos a contar entre amigos los inicios de esa La Plata mística y hippie. Había otra historia. Las bandas de rocanrol de nuestra primavera post crisis seguían conteniendo a pibes y pibas de barrios desangelados, como dijo el Indio, y nos decían que tal vez aquel monstruo tuvo otra razón de ser. Y ahí fuimos. Y entendimos por qué seguían escuchándolo en la gomería del tío, en el taller del papá de tal y así. Empezaba también a crecer otra Argentina, le pese a quien le pese.
Para finales de la primera década del 2000 ya nuestro mito popular no existía más. O mejor dicho, se hacía más presente como tal. Ese y otro renacido. De repente, para muchos de nosotros cobró vida el Estado. Algunos de los nuestros se ajustaron al sontodoslomismo, al horizontalismo de asamblea, a la izquierda y el anarquismo más combativo. Digamos, siguieron cantando "Nuestro amo juega al esclavo". Otros fuimos a resignificar "Juguetes Perdidos" a dos históricos lugares ricoteros: Huracán y Racing y unimos dos monstruos históricos en la Plaza de Mayo. Estos terceros redondos son, para mí, esa bandera flameante de juventud organizada. Un promedio de 20 años de chicos como bombas pequeñitas, el fondo obligado de cada asado, de discusiones borrachas y demás. Pero también nuestros redondos son nuestros padres divorciados, los estados de MSN dedicados, son las misas del Indio solista, otra vez su cancelación, ver a Skay en pequeños teatros volviendo a sus raíces. Los redondos habitándonos siempre.
Asumo que como toda etapa digna el recuerdo se paraliza en la juventud. Pero, sin dudas, siguen generando sentidos e identidad. ¿Cuantos días en la soledad de la pandemia, atenazados por el miedo, volvimos a ser un poco más felices con su música? Y están en algo que no queremos mencionar mucho pero es necesario que empecemos a hacerlo: la muerte del ídolo. Despedimos al Diego pero todos sabemos que desde que contó su padecimiento estamos todos recagados en las patas de tener que duelarlo también a él. En 10 años volvemos a hablar de esto y vemos qué pasa.
Un libro que es un viaje. Un libro que testimonia la imbrincada relación de esta banda con su tiempo, con la historia y con los contextos sociopolíticos de la Argentina. Aporta e invita a reconstruir el sentido de las prácticas y el folclore redondito, a rememorarlo y revivirlo. Es una extensa crónica sobre la historia de esta banda que fue circo, teatro, under y llenó estadios a pulmón: solos y de noche. Recupera las voces de todos los protagonistas, menos una. Indio se niega a ser entrevistado y ese silencio nos murmura al odio durante toda la lectura.
El prólogo de Mariana Enriquez, es la previa más que necesaria para esta obra que se erige en el santoral de la misa ricotera.
Un intento muy logrado de periodización de un fenómeno tan inclasificable como apasionante. Los años emergentes son narrados de una manera tan detallista que casi se siente el fervor y la euforia que acompañó la génesis del grupo. Quizás en la etapa posterior a Un Baión el relato no es tan puntilloso pero igualmente es una lectura que se disfruta mucho.
Una muy buena historia de los Redondos y su contexto cultural histórico y político social. Un relato/documento de un fenómeno socio musical inexplicable. A los Redondos, así como a Diego o a Lionel, algunos simplemente tuvimos la suerte de vivirlos.
Me gustó la historia de la banda más de lo que me gusta su música, que está buena. Esta edición tenía numerosos errores (de alineación, palabras pegadas, mal uso de negritas, etc.) bastante molestos para la lectura, a ratos se hacía confuso.
si tocaras en el cielo moriría por verte. me encanto saber sobre la historia y poder darle mas entidad a las letras y melodías. los redonditos sin saberlo pasaron a ser la banda que me marco el corazón.