El pasado 21 de agosto desperté con la triste noticia de que Jean Canavaggio había fallecido. La prensa se hacía eco de la noticia con esa celeridad de estos tiempos modernos: “Notable hispanista y cervantista francés fallece a la edad de 87 años”. La mayoría de los periódicos despachaban en unas pocas líneas toda una vida de dedicación a la literatura y a su difusión, así sin más, con esa limpieza aséptica con la que ventilamos la muerte. Y luego pasaban a otra cosa, que lo que había pasado es ley de vida y en nada puede remediarse.
Yo me quedé un rato pensando y recordando algunos libros de Canavaggio. Pensando que igual el buen hombre se pasó toda una existencia persiguiendo las huellas de un fantasma, a Cervantes, porque todos los grandes autores huyen de nuestros intentos de conocerlos en profundidad. Son amoldables a cualquier época; es más, cada época los utiliza a su manera y en sus perentorias necesidades, creyendo que sus estudios y sus lecturas son tan fecundos que los han desentrañado por completo; pero en el sentido más profundo escapan siempre de nuestras cadenas deslizándose, como si habitasen una región del espíritu a la que no estamos invitados.
Hay autores que se camuflan con máscaras y tras un batiburrillo de rostros, véase el ejemplo a Shakespeare, y hay otros que, aunque sean de una llaneza clara y de una nobleza excelsa, guardan bajo llave sus secretos más íntimos, ya fuese porque la sociedad que le tocó en suerte no le hubiese permitido jamás declarar su condición de provenir de conversos o por su poca o nula creencia en la ortodoxia cristiana. El resto se pierde en la laguna del tiempo, y hay muchas fases de la vida de Cervantes de la que desconocemos casi todo.
No conocemos parte de su juventud. Ni tenemos suficientes datos de sus estancias en Nápoles y en Roma. Intuimos las lecturas que le forjaron como autor. El cautiverio en Argel lo podemos sospechar por los detalles que el Cervantes escritor dejó en dos de sus comedias: “El trato de Argel” y “Los baños de Argel”, pero la ficción nunca deja de ser ficción.
Alrededor de la vida de Cervantes hay muchas leyendas y Canavaggio trató de poner luz en todos esos claroscuros no dando por sentada ninguna habladuría, sino exponiendo los hechos comprobados y las posibles variantes de lo que no sabemos. Por ejemplo, a ese tan manido “accidente sevillano” de su juventud, que le provocó un exilio rápido a Italia, el estudioso francés no le da mucho pábulo, pues considera que si realmente hubiese estado perseguido por la justicia tampoco le habrían valido en Italia las cartas de recomendación que presentó.
“Cervantes”, editado por primera vez allá por 1986, y que ha ido reeditándose cada poco, fue uno de esos libros en los que el estudioso de Nanterre más ahondó en el escritor español, pues no solo nos traía una biografía al uso, sino que aprovechando su gran conocimiento del teatro y de la literatura de la época, nos lo sitúa en su contexto, en las lecturas que realizó; en la encrucijada de épocas que vivió, con todas sus contradicciones y con las evoluciones de pensamiento y guerras que sacudieron todo el continente europeo, con el propósito de “volver a los textos cervantinos para buscar en la obra al menos, si no en el hombre, cuanto sea susceptible de iluminarlo”.
Hay un peligro manifiesto al hablar de cualquier gran autor en nuestros días. Todas las opiniones que leo y escucho están profundamente guiadas y manipuladas por intereses ideológicos o de confrontación. Utilizan a escritores de diferentes nacionalidades (o de diferentes estilos) para enfrenarlos como si la creación artística fuese un campeonato de fútbol en el que cada uno, de forma maniquea y ridícula, tenemos que elegir bando y equipo: Shakespeare o Cervantes, Tolstoi o Dostoievski, etcétera. Solo puede quedar uno. Se olvidan (o no les interesa) que en el fondo importa bien poco en que lengua se escribieron las obras más importantes de la literatura universal. Y lo importante no es que Antonio y Cleopatra o El Rey Lear fuesen escritas en inglés, sino que se escribieran; que el Quijote no importa que se escribiese en castellano, sino que se escribiera. Y así tantas y tantas obras de toda la literatura. Más allá de las particularidades propias de cada idioma y de la idiosincrasia y circunstancias de cada país el corazón humano resulta, por lo común, igual de necio y de espléndido en todas partes. Las lenguas son solo el vehículo en la que los escritores y escritoras se expresan. Es verdad que cada lengua tiene su propia riqueza, su particular música y textura, pero más allá de eso, para lo que significa el lenguaje creativo, lo mismo valdría una lengua que otra, pues en el mejunje que es la creación literaria siempre se pueden amalgamar todos los sabores si se tiene el talento, se dispone del tiempo y la fortaleza mental para realizarlo.
Las obras literarias son hijas del entorno y de las penalidades. Si Cervantes hubiese sido francés habría denunciado también los libros de caballería, pero desde un punto más cercano a la tradición trovadoresca. Desde luego que con casi toda seguridad nos habría guiado por los caminos del sur de Francia. Viéndonos, por ello, privados de muchos capítulos de la Primera Parte del Quijote. Para nada hubieran aparecido los Molinos del Viento y las aventuras de la Sierra, tampoco todo el deambular de la Mancha y ese conocimiento tan profundo de los personajes que pululaban por las ventas españolas; pero habríamos ganado en bosques y en verdor y en paisajes pastoriles bucólicos, a modo de novela pastoril o bizantina-griega, como las claves estilísticas en la que se escribieron “La Galatea” y posteriormente “Los trabajos de Persiles y Segismunda”. Por cierto, un detalle que desconocía de “La Galatea” es que en la corte francesa se sabían de memoria muchos de sus versos. Cervantes hubiese alucinado de enterarse. Dulcinea del Toboso no se habría llamado así, sino seguramente Emma (anticipando y devorando la creatividad de Flaubert), y apostaría dinero que habría sido (oriunda ficcionalmente) de alguna parte de Aquitania, de la antigua Gascuña, puede que de algún pueblecito como Langon, Mont-de-Marsan o Lourdes. Emma de Mont-de-Marsan suena muy bien, muy literario y pomposo.
En cuanto a la Segunda Parte y al asunto Avellaneda posiblemente hubiese ocurrido una intromisión similar, pues eran muy precarios los derechos de autor por esa época (por no decir que eran casi inexistentes), y envidiosos habitan en todas las geografías. Además, no era raro, más allá de las diferencias y rencillas personales entre Lope de Vega y Cervantes, que cualquier escritor utilizara los personajes de otros. El susodicho embustero podría haberse llamado Bernard o Martin o vaya usted a saber; pero lo que es seguro es que también habrían surgido versiones apócrifas del Quijote en francés, pues al poco de publicarse en España ya se estaban haciendo traducciones en otros países. El éxito del Quijote fue meteórico.
Lo que quiero decir con toda esa broma del Quijote escrito a la francesa (que nadie la tome muy en serio) es que el genio siempre sabe emanciparse a la nacionalidad, la trasciende. No es tan importante ser de aquí o ser de allá. Son las circunstancias de vida, el carácter con el que se sobrevive. miles de privaciones pasadas (en el caso de Cervantes) las que en verdad hacen germinar las obras. Lo que se ha leído y lo que se ha vivido. También lo que se ha soñado.
La España de Cervantes no era un lugar fácil. Autos de fe; ajusticiamientos públicos; limpieza de sangre; rebelión de moriscos, guerras, expulsiones; pobreza; persecución de los conversos; un continente al otro lado del mar al que acudir para buscar fortuna o perecer en el intento; las posesiones en Flandes que desangraban las arcas; el imperio otomano expandiéndose cada vez más hacia occidente. Cervantes fue testigo de muchas cosas para lo poca dimensión que, por lo habitual, suele tener para la historia una vida humana. Y como todos sabemos viajó y participó de forma heroica en la batalla de Lepanto, siendo herido en la mano izquierda. Luego el apresamiento en Argel y sus condiciones y rescate (del que se podría hacer una película entre la tragedia y la picaresca) para acabar volviendo a España e intentar hacer suerte en la literatura. Suerte que, todo sea dicho, hasta el final de sus días le fue esquiva. Prácticamente vivió toda su vida acosado por deudas, ya fuesen propias o familiares.
A mí siempre me ha llamado mucho la atención los años dedicados a ser comisario de provisiones y agente de recaudación, cuando apenas escribía algún poema y prácticamente se podría decir que había abandonado la creación literaria; es decir, que iba de pueblo en pueblo por Andalucía intentando agenciarse de mercancías o de impuestos. Hay que hacer un esfuerzo para imaginarse cómo serían los caminos de la época. Oficios no exentos de peligros porque, aparte de que te podían robar, también te podían endosar el montante de lo que se debiera. De hecho, por “la bancarrota del financiero en cuya casa había depositado su dinero” dio con sus huesos en la Cárcel Real de Sevilla. Las leyendas cuentan que allí concibió el Quijote, pero Canavaggio, siempre prudente y ceñido a los datos que de verdad son fiables, pone freno un poquito a nuestras imaginaciones pues nos recuerda que entre la cárcel y la publicación de la Primera Parte transcurrieron siete largos años. No está tan claro dónde concibió el Quijote. O puede que sí, porque una obra tan vasta no puede nacer más que de la asimilación de las heridas de toda una vida.
Y ahora, para acabar, lo verdaderamente importante. ¿Por qué leer este libro ahora? ¿Por qué leer a Canavaggio y, por consiguiente, a Cervantes? ¿Por qué volver a esta biografía que se editó por primera vez en la década de los ochenta? Pues porque las claves para entender una obra (y yo me atrevería a decir que para entender a cualquier ser humano) están ahí, en su vida, en las circunstancias vividas. Esta biografía traza muy bien lo vital con lo literario y lo entremezcla en una misma alforja.
Cervantes es todo un enigma. No solo porque desconozcamos muchas partes de su biografía sino porque cuando lo desea es tan metafísico como el más profundo de los escritores, y, al mismo tiempo, es llano y accesible. Humano y piadoso y tremendamente divertido, (le pese o no a Nabokov), no hay paragón en vanguardismo comparable a la Segunda Parte del Quijote, que sigue siendo una obra moderna y muy original, pionera de la narrativa y de la metaliteratura.
“En lo que inicialmente no fue más que una epopeya burlesca hemos descubierto la primera de las novelas modernas”. Así es.
Descanse en paz, Jean Canavaggio. Las medallas y el ser miembro de la Real Academia de Historia no son suficientes reconocimientos para este explorador de bibliotecas que se pasó la vida estudiando la literatura española, haciéndola más cercana, señalando sus riquezas y sus meandros. Fue un lector entusiasta que nos ofreció todos sus conocimientos, sin privarnos nunca de nada, y a un nivel muy accesible para cualquier profano.
Que la tierra te sea leve.