A Plácida no le gustaba ser tortuga.
No le gustaba.
¿Por qué, sin alas?
¿Por qué, los ojos chicos?
¿Por qué, las patas cortas?
¿Y por qué, toda gris?
A Plácida no le gustaba ser tortuga y se la pasaba ocultándose entre las plantas. Y así, entre las calas, escuchaba cómo algunos bichos admiraban a las amapolas, a los pájaros, a la luna. "Por qué no seré yo como ellos / no soy alta, no vuelo, no soy luminosa", pensaba Plácida. Pero algo sorprenderá al lector, algo de lo que Plácida no se da cuenta.