Otra de esas relecturas que se dan por andar ordenando la biblioteca. Stock de Coque -tal es su título en castellano- es el decimonoveno album de Tintín y no cabe duda que estamos ante un momento donde la serie toda -su universo, sus personajes, sus relatos- están perfectamente aceitados. Este es, en cierta medida, un album bisagra para la colección porque es primera vez que Hergé echa mano a la propia geneaología de la serie e integra un sinnúmero de personajes secundarios -buenos y malos- en una elaborada historia que incluye venta de armamento en el Tercer Mundo, tráfico de esclavos y conspiraciones internacionales de primer nivel. Todo comienza cuando Tintín y Haddock se topan con el General Álcazar y esto los lleva a encontrar la punta de una madeja de todo lo anteriormente descripto con gran riesgo para sus vidas. Luego, es prácticamente un "quien es quien" dentro de la saga, porque la lista de personajes anteriormente aparecidos es casi inabarcable: El Emir Abdallah (y Abdullah, su insufrible hijo), J.M. Dawson, el mercader portugués Oliveira da Figueira, el villanísimo Dr. Müller, Rastapopulos, Allan (esa suerte de archienemigo de Haddock), obviamente La Castafiore y varios más (incluso, al final, ya en tono de chanza aparece Serafín Latón como para que no falte). Y esto sin contar, infaltables, a Hernández y Fernández, Tornasol y Milú. Más allá de estos personajes, que son una delicia para el tintinófolo, la historia es tensa, entretenida y con grandes secuencias de acción en tierra, aire y agua. Hergé estaba en el cenit de su nivel artístico y como casi siempre en su saga principal desborda talento en cada viñeta, cada escenario, cada gag físico y cada gag escrito (aquí surge la famosa secuencia de Haddock y como dormir con barba: si por encima o por debajo de las mantas, algo que ha traumado a todo barbudo que se precie de tal). Bienvenida sea la relectura (o lectura, no sé si los he leído todos) de Tintín, siempre.