Más que periodista o escritor, Forn es un maestro de la anécdota, del dato escurridizo, de la nota al pie llevada al centro de la escena, del contexto devenido núcleo narrativo. En el Primer Tomo de Los Viernes se da el gusto de pasear al lector por los márgenes del corto y tumultuoso Siglo XX, tanto de la mano de sus luminarias (presentadas bajo una luz atípica) como de sus personajes menos conocidos. Escritores, filósofos, criminales, pintores, políticos, periodistas, nobles, matemáticos, arquitectos, músicos, militares y fotógrafos desfilan por sus páginas a razón de tres o cuatro hojas por historia, lo justo y necesario para retratar sus vidas, resaltar algún suceso cómico, inaudito o elocuente y cerrar (casi mordiendo las últimas líneas) con una reflexión resonante. Si bien la fórmula puede llegar a cansar por momentos, Forn siempre vuelve a encontrar un nuevo relato que capture la atención del lector, sumergiéndolo en una miscelánea de vidas complejas, atractivas y (quizás demasiado frecuentemente) trágicas. Merecen una mención especial las historias sobre Isaiah Berlin y el comienzo de la Guerra Fría, el viaje interoceánico del cerebro de Albert Einstein, la anorgasmia crónica y los descubrimientos de Marie Bonaparte, Édichka Limónov y la amenaza de los besprizornye rusos, el sueño de la cocina soviética propia y las demoliciones de dos monumentos europeos: la exitosa, de la gigantesca estatua praguense de Iósif Stalin, y la que no fue, de nada más y nada menos que la Torre Eiffel.