Matalaché fue publicada en 1928 por el escritor peruano Enrique López Albújar, quien nació en 1872 en Chiclayo y desarrolló su vida mayormente en Piura. Él mismo subtituló la novela como “novela retaguardista”, reconociendo implícitamente que se apartaba de las corrientes de renovación literaria de su tiempo. Toma como escenario la costa norte del Perú (una hacienda en Piura hacia 1816) en plena transición entre el periodo colonial y los albores de la independencia, donde narra el amor entre María Luz —hija de un hacendado criollo— y José Manuel (“Matalaché”) —mulato-esclavo en la hacienda “La Tina”. El autor articula una crítica social al sistema de esclavitud y a la discriminación racial, al mostrarnos el destino de los esclavos negros y mulatos en la hacienda, la producción de jabón y curtido, la dominación del patrón y la injusticia inherente a ese orden.
Su estilo se inscribe en un realismo decimonónico (mezclado con toques naturalistas) y mantiene rasgos románticos en la exaltación del amor y de la pasión, así como del entorno físico (el calor, la hacienda, la geografía costera). Se dice que la novela funciona como una novela-de-tesis, pues está construida de modo que el mensaje (la fuerza del amor que trasciende raza y clase) se hace coincidir casi plenamente con la intención del autor.
Aunque la novela se adelanta al colocar como protagonista a un sujeto mulato —algo poco habitual en la literatura peruana de su época — también adolece de la mirada de su tiempo y de sus propias contradicciones. Se le ha reprochado que, pese a denunciar la esclavitud y el racismo, no logra liberarse por completo del discurso del «sujeto esclavista» y de jerarquías de raza implícitas.
En cuanto al tratamiento social, aunque avanzado para su época, podría haber dado un paso más al ofrecer mayor agencia al sujeto afroperuano, explorar con más profundidad las dinámicas de resistencia y no sólo el victimismo, y cuestionar más radicalmente las jerarquías raciales (incluyendo indígenas, que no son el foco principal aquí). En ese sentido, cuando posteriores escritores asumieron la temática afroperuana, indígena o campesina con mayor autonomía y complejidad en los sujetos, lograron ofrecer una mejoría en la representación. Por ejemplo, la literatura indigenista del país en décadas posteriores aportó visiones más amplias y plurales.
Un rasgo particularmente atípico en el contexto de la novela peruana de entonces es su final directo y crudo: cuando el patrón descubre el embarazo de María Luz, condena a José Manuel a morir arrojado en una tina de jabón hirviente. Esta escena de violencia extrema, explícita, se sale del molde de la novela romántica suave o la costumbrista de su época, y aporta un golpe dramático que busca impactar al lector. Esa crudeza es poco frecuente en novelas peruanas de aquel momento —donde se tendía a una resolución más simbólica o menos visceral— y por eso se considera atípica e incluso transgresora.
La obra abre el camino para posteriores escritores que supieron explorar con más libertad las posibilidades de la narrativa afroperuana, mestiza, indígena o campesina, y que lograron superar los marcos de “amo/esclavo” para indagar en la subjetividad, la resistencia cultural y las relaciones de poder más complejas.
He decir que, a pesar de lo icónica y transgresora que es esta novela, no llena mis expectativas sobre una novela de crítica social, en especial por el estilo de Albújar, que se me hace sobrecargado y resta dureza a los hechos narrados.