Penélope Castro solo quería pasar unos días con sus padres.
Lo que no esperaba era descubrir, nada más llegar al pueblo, que la casa familiar está en obras y que tendrá que instalarse temporalmente con los Cuesta.
Sí. Los Cuesta. La familia de Mario. Su primer amor.
El chico al que dejó atrás cuando se marchó del pueblo con dieciséis años y al que lleva años intentando guardar en esa carpeta mental reservada para las cosas que ya no importan.
Solo hay un Mario no parece estar de acuerdo.
Ahora es bombero, conserva esa sonrisa capaz de ponerla de los nervios y, contra todo pronóstico, parece demasiado cómodo con tenerla otra vez bajo el mismo techo.
Penélope tampoco es la chica que dejó atrás. Tiene un podcast de true crime, una curiosidad que debería venir con licencia y una regla que lleva años cumpliendo a no depender de nadie.
Pero convivir con Mario hace que esa regla empiece a tambalearse.
Porque entre desayunos compartidos, bicicletas, viejos amigos, fiestas de Halloween y unos celos que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer, lo que empezó como una visita familiar se convierte en algo mucho más difícil de ignorar.
Y cuanto más tiempo pasa con Mario, más difícil le resulta fingir que aquello quedó atrás… y que marcharse sigue siendo la única opción.
Porque quizá algunas historias no terminan cuando uno se marcha. Quizá solo esperan a que vuelvas.
Penélope no pensaba volver al pueblo. Mucho menos enamorarse otra vez de Mario.