Tenemos registro de princesas y sacerdotisas en Egipto y Mesopotamia que practicaban la medicina, la astronomía y la alquimia. La secta pitagórica de la Grecia arcaica admitía en igualdad a hombres y mujeres, como Theano, cuyos tratados sobre matemáticas, cosmología y medicina se han perdido en el tiempo. Aspasia y Diótima fueron maestras de Sócrates, y aunque las mujeres atenienses no gozaban de mucha estima, las extranjeras tenían igualdad frente a los hombres en la Academia de Platón.
María la Hebrea inventó el "baño" que lleva su nombre y Cleopatra de Alejandría (no la famosa reina) escribió el tratado más profundo sobre alquimia hasta su tiempo. Hipatia, la más famosa de las científicas de la Antigüedad, que da título al libro, escribió importantes textos sobre geometría y astronomía, e inventó el astrolabio. Fue asesinada por fanáticos religiosos, y poco después Europa se sumió en la Edad Media. En los mitos de las civilizaciones más antiguas, son siempre diosas femeninas las que dan a la humanidad grandes invenciones como la medicina el tejido, el arado, la escritura... ¿Es acaso una forma de decirnos que fueron mujeres las primeras en practicar esas artes?
Desde la antigüedad más remota hasta los albores del siglo XX, Margaret Alic rescata del olvido las historias de decenas de mujeres que contribuyeron al avance de la ciencia en Occidente. No es solamente un desfile de personajes de antología, muchas las cuales podrían protagonizar sus propias novelas llenas de conflicto y drama. Es también una forma de conocer de la evolución y el desarrollo de las ideas científicas y su relación con las convenciones sociales y la cultura más amplia.
Hablar de la historia de las mujeres en la ciencia es hablar de su borrado. Las mujeres científicas enfrentaron obstáculos en su tiempo, pero también fueron traicionadas por los intelectuales posteriores. Muchos hombres se apropiaron del trabajo de las mujeres; los nombres de las autoras de tratados científicos eran sustituidos por los de sus maridos, sus editores o sus traductores. Sucedía muy comúnmente que alguna mujer célebre se había ganado la fama y admiración de sus contemporáneos y su historia era aceptada como ejemplar por las generaciones futuras, hasta que llegaba un historiador decidía: "este personaje no pudo haber existido; debe ser sólo una leyenda".
Este libro de Alic nos recuerda que la ciencia es una empresa colaborativa, no individual. No es sólo que los grandes científicos varones cuyos nombres han pasado a la historia deberían compartir el crédito con sus esposas, hermanas o hijas, que eran mucho más que asistentes (aunque ser asistente científico no es nada desdeñable). Las mujeres también fueron traductoras, ilustradoras o comentaristas de textos científicos, con lo que ayudaron a difundir y explicar los descubrimientos que otras personas llevaban a cabo.
También nos recuerda que el progreso no se puede dar por sentado, que siempre pueden darse retrocesos muy costosos. Durante siglos la medicina se consideró una labor propia de mujeres, que iba mucho más allá de ayudar en el parto, hasta que la profesión médica fue reclamada por los egresados de las universidades. En el Medioevo, una abadesa podía tener tanto poder político como un señor feudal, y un convento era una sociedad femenina en la que las mujeres se gobernaban a sí mismas. Así, monjas científicas y filósofas que alcanzaron fama y prestigio. Esto llegó a su fin tras reformas eclesiásticas. Desde la Ilustración hubo astrónomas, botánicas, zoólogas y geólogas aficionadas que hicieron importantes descubrimientos, registros y descripciones. Pero la profesionalización de la ciencia en el siglo XIX, con las universidades que no admitían el ingreso a las mujeres, las dejó fuera del juego.
Pero ésta no es sólo una historia de injusticias, sino de valerosas luchas y de grandes triunfos, de mujeres que superaron grandes obstáculos y al final lograron que sus talentos y aportaciones fueran reconocidos. Como las mujeres decimonónicas que irrumpieron una y otra vez en las aulas de la British Association for the Advancement of Science hasta que esta institución tuvo que empezar a admitirlas.
Este libro es ideal para complementar las historias populares de la ciencia (como las de Asimov). No es admisible que hasta nuestros días, tres décadas después de la publicación de esta obra, las aportaciones de las mujeres de ciencia sigan siendo tan poco conocidas, y es inconcebible que todavía se esgriman argumentos pseudocientíficos sobre la supuesta supremacía del cerebro masculino para el trabajo intelectual. Anna Morandi Manzaolini, Margaret Cavendish, Elisabeth Hevelius, Caroline Herschel, Émilie du Chatelet, Sophie Germain, Ada Lovelace, Sonia Kovalevski y Mary Somerville son algunos de los nombres que merecen estar en nuestros libros de texto.