Sobre lezamesca estupa, pagoda dorada de kilates bigger than life, se sentó el Autor y dispuso palabras de un tesauro infinito, de un diccionario tornasolado extraídas. De una fuente que no permanecía oculta pues la citaba, no sin burla, detenido el vómito, apeándose un segundo del sueño, en página exterior, con humildad y una soberbia elefantiásica, además. Otras bibliografías fueron también brevemente mentadas, acompañadas de carcajeo. El clásico popular. Reconoce que eso sí, admítelo. No emprendas el vuelo aún. Las alas sirénidas de popper espolvoreadas no las despliegues. No apliqué los curetajes.
Sobre tan escatológica edificación bendijo el Literato el chorreo, de semen, de sangre diamantina salpicada en el interior apergaminado del viejo formato libro —pues como novela nació con la forma equivocada, por muchos dos actos que tenga—, arremolinado, aleatorio, finalista se llegó a pensar en léxico místico, imparable —el presentarlo maquillado de fragmentos independientes, con brillos del cristal emplastado a mediodía, no se consideró. Físico ardoroso nunca metafísico. Divino. Corre. Versos se escribieron. Pese a todo, títulos de capítulos, emplazamiento publicitario antes de existir, sin solución de continuidad expulsó a quien agitó el pomo, introdujo la planta hasta el alto del tobillo. Prímulas, petunias, hasta mimosas: tomen esto, síganme. A mucha distancia; otra manera no hay. Corre, se va el lenguaje, la ocurrencia, el milagro indiscutible está a punto de llegar.
Postestructuralistas se reunieron. Celebraron congresos franceses, creyeron descifrar la imposibilidad de desencriptar las desbordantes perífrasis barrocas, se apropiaron del hipérbaton perenne. El Literato dispuesto observaba desde arriba, entre ellos, entre el techo de un escenario pintado de cielo y el suelo revuelto, envuelto en vegetaciones siempre en flor; cuando primavera era, digo. Se recomendó silencio. Se calló. Hubo risas. Las suyas las primeras, las últimas. De diversión oxidadas. También dolor, odio, la tragedia del dioniso, de lo dionisíaco que puede o no ser. Se acerca el cambio. Ahí vienen cuatro penes, un perdón —entre paréntesis.
Caza el Autor a Cobra, muñecas fueron emasculadas, figuras recuperaron sus pies de los que se arrancaron búcaros, de los búcaros se sacaron los pies se entiende. Allí viene, con él habla. Sobre la página el Lector, colgante, babea indigencia, observa sus espaldas pustulosas, eróticamente finas. Partes traseras manoseadas. Se eyaculó hacia dentro, desde fuera. Después, desde arriba, se vio cómo el húmedo manjar emergía azul ahora, proyectado contra el desierto rojo del que, en origen, había procedido, intacto. Intacta: la mujer.
No a las palomas concedió Sarduy, tal el nombre del Autor era, besar el intelecto del Lector, pacer sobre su cultura literaria, apaciguarse montado en el breve cerebro humano. Se prefirió la reunión en las altas esferas —lo son todas, darling. Se invitó a Derrida, bebió con Maitreya sin entender de qué iba el asunto del más allá, de los muertos, del embalsamar la muerte. Se escribió, se leyó de corrido, se recitó empleando tres reencarnaciones para entonar, comprender cada uno de los sustantivos. Gautama, Sakiamuni, Siddharta, o lo que es el mismo el Buda metamórfico la propuesta aceptaron. Libaciones se cancelaron, banquetes celebrados culminaron en la visión. Lo surrealista se recuperó, entre bambalinas; el telón dejó ver al caer el truco, el indio, la América. La transformación no se completó; acaso sí el cambio.
EL LECTOR: ¿Y yo? Jodorowsky, ¿qué tomaste? ¿A Burroughs, viejo, llamaste joven? ¿Que de concienzudo barroco, de sinónimo tantas veces justo, tantas pinchudo te empachaste? ¿Escalas la montaña sagrada, bailas sobre tachuelas, vino ya el rock progresivo? ¿Te acuerdas? No estás solo. Sé que me amas.
EL LITERATO: Ven, que te dé. El néctar fue cultivado siete meses y mil noches, hidromiel añadida en la postrera hora. Polvo de loto, rubíes verdes, rosas rosas. El Libro de los Muertos escrito por los vivos. Abre la boca —y se vertió.