La posguerra del título de esta Antología no resulta convencional. Los autores incluidos son los nacidos a lo largo de tres generaciones: de 1900 a 1915, de 1915 a 1930 y de 1930 a 1945; fuera quedan, entre otros, los escritores de la España "desterrada o peregrina". Dos autores nacidos antes de 1900, Sánchez Mazas y Edgar Neville, han sido también incluidos. La presente selección pretende ser una antología posible del cuento español de posguerra aunada por lo que su compilador considera característica de este género: final abierto con regusto de melancolía y esperanza, de carencia o de pérdida. La nómina de autores incluidos es exhaustiva y ofrece un panorama diverso de esta literatura: Mihura, Cela, Cunqueiro, García Pavón, Aldecoa, Carmen Martón Gaite y el propio antólogo, Medardo Fraile, entre muchos otros.
Fue un escritor Español a menudo adscrito a la llamada «generación del medio siglo» y uno de los principales exponentes del cuento español de la segunda mitad del siglo XX. Publicó también teatro, novela, ensayo y crítica literaria.
«Fin» de Edgar Neville es una humorada post apocalíptica que recuerda el humor de Miguel Mihura, Jardiel Poncela y Gómez de la Serna. Algunas frases del cuento parecen greguerías: «En las casas se habían quedado encerradas las moscas y sus cabezazos contra los cristales eran como un reloj más, con cuerda aún. En las torres de las iglesias, las campanas parecían bailarinas ahorcadas…el desierto sonreía como el que está de vuelta de las cosas». El inicio marca el tono ligero y jocoso del relato: «Se venía diciendo hacía mucho tiempo: la gente se moría cada vez más y cada día se hacían menos abriguitos de punto. Por si era poco, vinieron dos guerras seguidas de epidemias; la muerte era el pan nuestro de cada día. Hasta los que tenían que dar ejemplo de vida, que son los centenarios, se morían también; era espantoso; se morían hasta los portugueses... Era tan inevitable la catástrofe, que la gente la había aceptado sin histerismo; pero el tono de la vida había cambiado, adaptándose a la realidad. Ya no se daban citas, ya no se decía: «hasta mañana»; la gente vivía al día, a la hora, preocupándose sólo de morirse lo mejor posible, de morirse sobre el lado derecho. Hubo un momento en que apenas quedaba nadie, y los pocos que eran se reían al cruzarse en la calle, estoicos ante lo inevitable. –Y usted, ¿cuándo se muere? –se oía decir de vez en cuando.» Una joya desconocida. «Batlles Hermanos, S.L.» de Samuel Ros es un delicioso cuento que parece más un apólogo moral moderno: La empresa del título se dedica a buscar dobles de las personas amadas desaparecidas para sustituirlas en la convicción de que existen en cualquier parte del mundo personas idénticas no sólo en lo físico sino en lo moral. La empresa es exitosa hasta que empiezan a surgir los problemas y llega la quiebra. Así lo cuentas los hermanos Batlles al narrador (cliente satisfecho): «…no tardamos en darnos cuenta de ciertas cosas al parecer inexplicables. Así, por ejemplo, hemos conocido viudos que se negaron a pagar quinientas pesetas por mujeres exactamente iguales a sus difuntas. ¡Eran ellos tan desgraciados y tan importantes en su misión de llevarlas flores a las tumbas…! Además, pronto comenzaron a llover sobre nosotros las reclamaciones, porque ningún cliente, pasado cierto tiempo, encontraba igual nuestro «envío» a la persona perdida. Siempre se hicieron inútiles nuestras protestas al asegurarles que el tiempo varía a las personas y que tampoco aquéllas que perdieron se conservarían igual a su recuerdo… Cierto marido, puedo asegurárselo a usted, llegó a reclamarnos ante los Tribunales una fuerte indemnización por daños y perjuicios. —¿Qué pudo ocurrirle a aquel hombre para adoptar semejante actitud? —Lo más natural; pero él no quiso entenderlo… A ese hombre le traicionó la mujer que nosotros le «servimos». Para él era indudable que la otra, la que perdió, jamás hubiera podido traicionarle... Aunque parezca mentira, no hubo procedimiento humano de convencerle de lo contrario, y tuvimos que pagar…». Me parece una idea brillante para un cuento. «El amigo de Él y de Ella» de Miguel Mihura es similar en tono y carácter al cuento de Neville. Parecen del mismo autor. Este es incluso más ligero y menos literario. Nos cuenta la aparición de un intruso con bigote en el paraíso terrenal que trastoca la historia de nuestros primeros padres: «Aquel señor, alto, fuerte, con espeso bigote y con tipo de ingeniero de Caminos, se llamaba don Jerónimo y, como no tenía nada que hacer y el pobre se aburría allí en el Paraíso, estaba deseando hacerse amigo de Él y Ella para hablar de cualquier cosa por las tardes.» Divertida pieza de humor absurdo propia de su autor. «Tal vez mañana» de José María Sánchez Silva trata el tema de la locura, los sueños y la inexorabilidad del tiempo, aunque es ligero, tiene un fondo filosófico que deja pensando. «Epístola de Santiago Apóstol a los salmones del Ulla» de Cunqueiro es un divertido sermón dirigido a los sabrosos salmones lleno de fino humor galaico: «Y los salmones recibieron la bendición y se fueron por el rio a sabor, meditando lo escuchado, y dispuestos a vender cara su vida en el rio, pero como juego, y dando por aceptada la derrota y el subsiguiente pase a fogones. Que cada quisque tiene su morir.Y el texto de la Epístola de Santiago el Mayor a los salmones es verdaderamente consolador para el cristiano que se dispone a almorzar salmón». «Vieja gloria» de Rafael García Serrano es una triste rememoración de la vida de un antaño célebre futbolista a través de una anodina entrevista radiofónica. «Servandín» de Francisco García Pavón es un breve cuento que forma parte de la colección «Cuentos republicanos» y uno no sabe como tomarse. Nos habla de la impresión que causó en los demás niños el bulto que tenía el papá de Servandín en el cuello. El narrador quiere verlo a toda costa y cuando lo consigue nos impresiona finalizando abruptamente el cuento: «Y al cabo de un ratito salió un hombre que parecía muy gordo, con guardapolvos amarillo y gorra de visera gris… Tenía la cara como descentrada, con todas las facciones a un lado, porque todo el otro lado era un gran bulto rosáceo, un pedazo de cara nuevo, sin nada de facciones. No sabía quitar los ojos de aquel sitio… Servandín me miraba a mí. Cuando el padre reparó en nosotros, me miró fijo, luego a su hijo, que estaba con los párpados caídos, y en seguida comprendió. Servandín me dio un codazo y me dijo: —¿Ya? —Sí, ya. —Adiós, papá —dijo Servandín. Pero el papá no contestó. —Lo van a operar, ¿sabes?» «El regreso» de Carmen Laforet es más un «trozo de vida» maravillosamente escrito que un cuento convencional. Es un relato muy característico del realismo social de la dura posguerra. Julián, un pobre desgraciado, está ingresado en un manicomio y debe regresar a casa con su familia por Navidad, pero se resiste a hacerlo. Le ha tomado cariño a las monjitas y a la vida tranquila sin preocupaciones. Lo bueno de este relato es que no hay doctrina ni política, solo nos presenta una triste realidad con prosa muy expresiva. «Ese niño gordo a quien sus padres compraron un balón» de Manuel Pilares es un cuento cruel sobre el pobre gordito que siempre está solo y no le dejan participar en los juegos y sólo lo quieren los compañeros para usar su balón. «Tinajilla» de Lauro Olmo es una breve estampa costumbrista sobre la escuela rural y la cruel infancia, en la que los motes son la real identidad de cada uno y son casi siempre sarcásticos. «La espera» de José Amillo es un relato lleno de sutileza psicológica. El amante madrileño espera en Atocha la llegada de su pareja procedente del pueblo (donde se supone que ha sido repudiada por su familia y despreciada por todos). El expectante no está demasiado ilusionado sino más bien apático y aburrido. En la estación coincide con un pobre padre anciano que patéticamente va todos los días a ver si viene su hija única que a su vez escapó hace meses con un novio. La esperada intuye los sentimientos apáticos de su novio y nosotros intuimos que esta relación acabara mal y en breve. Uno de los mejores relatos del libro para mi gusto. «El paquete postal» de Carlos Edmundo de Ory es un relato irónico que cuenta una anécdota mínima: un torpe literato incapaz de preparar un paquete postal le pide a su mujer (que está estudiando a sus cuarenta años) que le ayude y ella se niega. Brillante. «La tata» de Carmen Martín Gaite es, junto con el de Ana María Matute, para mí el mejor cuento de la antología. Es realismo social objetivo. Descubrimos a través de los diálogos el paciente y sufrido trabajo de la tata con unos niños ricos malcriados. La señora, madre de los mocosos, se va a cenar con el marido y los deja a su cargo. No pasa nada importante en el cuento: no tiene argumento como tal, es un trozo de vida, como hemos visto en Aldecoa, Matute y Fernández Santos. No obstante conocemos a través de los diálogos la curiosa anécdota del encuentro con un muerto, que asusta tanto a la tata como al niño y le vale a aquella una seca reprimenda de la señora por llegar tarde. También tenemos la historia del bombón de licor que mancha el vestido de comunión de la hija de la portera y le cuesta una tremenda regañina: «—Mamá, mira, es que me he manchado el vestido un poquito. Y Loli se lo miraba, sin atreverse a sacudírselo, con las manos pringadas de bombón. Quiso secárselas en los tirabuzones. —Pero ¿qué haces? ¿Con qué te has manchado? ¡Ay, Dios mío, dice que un poquito, te voy a dar así, idiota! Loli se echó a llorar. —Mujer, no la pegue usted. —No la voy a pegar, no la voy a pegar. Dice que un poquito. ¿Tú has visto cómo se ha puesto? Estropeado el traje, para tirarlo. Si no mirara el día que es, la hinchaba la cara. Venga, para casa. —Yo no sabía que era de jarabe. —No sabías, y lo dice tan fresca. Vamos, es que no te quiero ni mirar; te mataba. ¡Qué asco de críos, chica! Yo no sé cómo tenéis humor de meteros a servir, también vosotras. —Pobrecita, no la haga llorar más, que ha sido sin querer.» «La trampa» de Medardo Fraile es un texto en primera persona que nos cuenta las dificultades que tiene el narrador para poder adaptarse a los ritmos cotidianos: no tiene hambre a la hora de comer, no tiene sueño a la hora de dormir. No le vi el punto. «Nagasaki» y «La Santa Hermandad» de Alfonso Sastre: «Nagasaki» es un sarcástico y brevísimo relato en primera persona. Se tarda menos en leerlo que en comentarlo. Yanajido, víctima de la bomba atómica de Hiroshima, lleno de horribles quemaduras, se dirige a Nagasaki para abrazar a sus hijos y a su mujer. Sin comentarios. «La Santa Hermandad» es complementario del anterior aunque bastante más largo. También es un monólogo lleno de sarcasmo y humor negro. En este caso se trata de un torturado por la Inquisición que nos cuenta sus terribles tormentos y los pensamientos que tiene para evitar el sufrimiento. El tono ingenuo de la víctima inocente lo podemos apreciar en el siguiente pasaje: «El caso es que estoy en un calabozo del Santo Oficio de Sevilla y acabo de saber que, por lo visto, se trata de un proceso de brujería. He sido interrogado, para lo cual me han retorcido un tobillo hasta rompérmelo. Les he dicho todo lo que sabía sobre las personas de mi pueblo —varias mujeres— que, al parecer, se dedican a prácticas de brujería; y ya me soltaban un poco para darme un respiro y ponerme en condiciones de firmar la declaración, cuando ha entrado un Alto Inquisidor y ha mirado compasivo mi colgante y tumefacto pie. «Hermanos —ha dicho a los agentes de la S. I.—, paréceme que habéis hecho violencia al desdichado. Traedme su declaración, que yo la lea, y veremos si encontramos el modo de dejarle en paz para que proceda a la curación de sus llagas, las cuales no son, a fin de cuentas, sino un pálido reflejo de los sufrimientos de Cristo, de los dolores y martirios de su cuerpo, que no encontraron cura ni consolación, sino burla y desprecio por parte de tus hermanos de raza, perro judío», terminó, dirigiéndose a mí con ojos coléricos y llameantes. Yo no podía hablar (tales eran mis dolores), pero deseaba decir al Alto Inquisidor cuál era mi verdadera naturaleza y cuánto error había en tenerme por judío, que no lo era, ni tan siquiera judaizante, pues sólo recuerdo que hubiera uno en mi pueblo y murió (a la mayor gloria de Dios) sine efusione sanguine, quiero decir, que falleció en la hoguera.» Brillante. «A ninguna parte» de Josefina Aldecoa es un relato triste sobre la falta de futuro de un joven adolescente que trabaja ayudando a su padre en una tenducha de barrio pero que tiene ilusión de buscar un futuro mejor estudiando inglés. «Muy lejos de Madrid» de Jesús Fernández Santos es un relato dialogado ambientado al inicio de nuestra guerra civil que acaba con un final abierto pero desesperanzado. «Los caballos» de Jorge Ferrer Vidal es una dura estampa rural. Nos presenta la súbita muerte del único caballo de labranza que tiene un pobre campesino. El estilo traslada al lector una enorme fisicidad quizá un poco excesiva: «Le caían las gotas de sudor por la frente y formaban tres vertientes. Dos de ellas, resbalaban por encima de las cejas hacia las sienes; otra, caía directamente sobre la nariz y quedaba colgando como si fuese un moco. Por fin, se derrumbaban todas sobre el suelo y se envolvían también en el polvo del camino, como buscando protección contra el sol. El muchacho también sudaba…El muchacho sacó el bocado. Estaba impregnado de saliva verde, de una saliva verde esmeralda, espesa como el musgo y el helecho que crecían con la lluvia en los bosques remotos. El hombre se inclinó sobre el animal. Incluso parecía como si el caballo estuviera ya un poco hinchado. Le costó un esfuerzo aflojar la cincha. —Ahora lo dejaremos aquí. Aquí se pudrirá al sol. Comenzará a resecarse la piel por todos sitios y se formarán grietas. Cuando esté bien hinchado, estallará como una cosa mala.» «Obiter dictum» de Juan Benet es una parodia del cuento policíaco. Consiste en un interrogatorio policial a un sospechoso de asesinato. Es totalmente dialogado sin intervención de narrador alguna: simula la transcripción literal del interrogatorio. «El último amor» de Juan García Hortelano está narrado en primera persona por una mujer madura casada que aloja en el hogar conyugal forzosamente a su cuñado perseguido no se sabe por qué. El título da una pista de cómo acaba. «Apenas nada» de Alfonso Martínez Mena es un anti relato impresionista que se podría titular: lo que veo desde la ventana del bar mientras llueve e intento comerme el bocata de tortilla. Una pequeña muestra: «Mari me hace un bocadillo de tortilla. Los monos azules de una imprenta se toman su cerveza o manejan la máquina tragaperras. Tras los sucios cristales del bar-taberna único contemplo a las mujeres, a las niñas, a los perros que esperan. ¿Qué podría hacer para no sentir asco? Asco del bocadillo (las manos del tabernero que se acercan al pan. Los dedos como tacos de madera astillada, ennegrecidos. La ceniza del cigarro caído entre los labios. El cálculo mental analfabético de pesetas y duros. Legañas en los ojos.» El título tampoco engaña. «Salud y otros misterios» de Manuel San Martín nos cuenta el descubrimiento de la vida, la muerte, el mundo y el sexo por parte de un niño. La vida la simboliza la matanza de un cebón contada con detalle y el sexo la relación con su prima Salud con la que comparte cama (solo para dormir y por problemas de espacio, supongo). Además está el descubrimiento del misterio y de la complejidad del mundo simbolizada en el puzzle que nunca puede acabar porque contiene varios mezclados. Muy bueno. «El analfabeto y la bola de billar» de Jesús López Pacheco es un magnífico cuadro de costumbres lleno de realismo. Realismo social de evidente denuncia en este caso. El pobre analfabeto es interrogado de manera inmisericorde en una clase teórica por su capitán (se supone que estará en la mili). El joven de veintiún años ha sido pastor en un pueblo extremeño perdido y no sabe leer. Sirve de espectáculo y de irrisión al capitán y a sus compañeros. Uno de ellos (el de la bola dude billar del título) es castigado a ser pelado al cero por reírse de más con una salida irónica. «El día que subió y subió la marea» de Daniel Sueiro es una fábula entre apocalíptica y ecologista, más esto último. El mar se venga de lo guarros que somos y nos devuelve nuestras mierdas con la pleamar mediante olas enormes: «Olas rojizas de más de veinte metros de altura fueron arrojando a la tierra, durante toda la tarde, montañas de oscura espuma, cementerios de plástico, masas informes de viscoso petróleo, peces de grandes ojos muertos, minas sin estallar, verdes y mohosos cadáveres de suicidas, de agarrotados miembros y cabellos de líquenes. No cesó la marea hasta el anochecer, cuando el mar pareció quedar limpio. Sin haberse cobrado en tal ocasión una sola vida, las aguas se calmaron y fueron retirándose paulatina, calladamente. Con la bajamar, a la madrugada, las gentes pudieron contemplar con un nudo en la garganta, su propia obra de destrucción.» Probablemente se le ocurriera al autor un día de verano ante el mar cuando se indignara al ver lo sucio que estaba. «Postguerra» de Ricardo Domenech es un cuento fantástico alegórico en la línea de Julio Cortázar. Los colegiales de unos ejercicios espirituales forman en el patio de un monasterio pero son incapaces de romper filas. Quedan atrapados en la fila: «Tan grande es el poder de la costumbre que unas horas más tarde los colegiales habían conseguido habituarse, hasta cierto punto, a su nueva situación. De cuando en cuando, las filas se ponían en marcha y los Padres, en un constante ir y venir ordenando que se pararan, conseguían detenerlas; esto último parecía demostrar que, por lo menos, conservaban algún control: no podían romper las filas, pero podían detenerlas en un momento dado.» Parece una metáfora de la disciplinaria y militarizada posguerra: la dictadura convierte a los niños en autómatas incapaces de salir de la fila, nos parece decir el autor. «Angor pectoris» de Julia Ibarra es un rencoroso monólogo de la esposa de un guapo fantoche creído y vago que muere de angina de pecho (de ahí el título): «Tu dormir es tan profundo que llega a absorber como un océano las contracciones de tu corazón. Estás frío, se te han helado las manos. Y esa mueca extrañísima de dolor y de asco en los labios… ¿Habrá sido la causa el olor a caca de Rafaelito? Pero ¿qué pasa? Si no respira, si no se mueve, si parece que está muerto. ¿Muerto? ¿Habrá muerto mi marido, el padre de mis hijos? Doctor, lo llama la señora de Rafael Otero de Torrevieja. Dése prisa, doctor, coja el coche enseguida. Mi marido se ha puesto malísimo… Yo creo que está muerto. Por favor, vecinos, acudan a mi casa. Ayúdenme… Mi marido… ¿Qué dice, doctor?… ¿Que no hay nada en absoluto que hacer? ¡Dios mío! ¿Cómo es posible?… Sí, le explicaré, doctor, lo que usted quiera. Yo me he pasado la noche en la cama, a su lado, sin dormir. Le parecerá una estupidez, una incoherencia en estos momentos, discurriendo, dándole vueltas a una especie de gigoló, de muñeco de cartón, de supermán de falla valenciana que acaba de quemarse y no oí ningún quejido. Se acostó muy cansado, ya de madrugada. Irene, apaga esa luz. Irene, tráeme un vaso de agua, Irene cambia los pañales a Rafaelito que huele que apesta, y yo cumplía todas sus órdenes. Ahora, dígame, doctor: ¿cuál ha sido la causa de su muerte? ¿Cómo?… No entiendo bien. ¿Podría repetírmelo? ¿De angina de pecho?…» Es irónico y casi sarcástico: versión un poco más feminista de «Cinco horas con Mario». Brillante.