¿Puede una historia de amor cambiar la historia de un país?
No lo pregunto como provocación, lo pregunto en serio. ¿Puede el amor entre dos personas —contado con la urgencia de quien no tiene tiempo para metáforas— transformar la forma en que una sociedad entera se enfrenta al deseo, al miedo, a la culpa? El corredor de fondo, de Patricia Nell Warren, no se limita a responder: lanza esa pregunta como si fuese una piedra contra un escaparate. Y aquí estamos, cincuenta años después, contemplando todavía los cristales rotos.
Piénsalo un segundo. Esta novela se publicó en 1974. En varios estados de EE. UU., acostarte con la persona que amabas podía mandarte a la cárcel. Ser homosexual era motivo de expulsión del ejército, de universidades, de trabajos. En España, bastaba parecer ‘poco masculino’ para acabar fichado bajo la Ley de Vagos y Maleantes. No hablamos del siglo XIX. Hablamos de ayer. De ese ayer viscoso que todavía nos echa el aliento en la nuca. Lo que Warren escribió no fue solo una historia de amor: fue un desafío en forma de libro. Y cada página lleva el peso de esa osadía. Porque, a veces, lo que parece una novela deportiva resulta ser una barricada.
Y es que lo que arranca como una novela deportiva —un entrenador universitario, Harlan Brown, intentando reconstruir su carrera mientras prepara a jóvenes corredores para los Juegos Olímpicos— se convierte muy pronto en algo mucho más íntimo, valiente y transformador. Harlan, un hombre reservado y marcado por un pasado que no se nos cuenta de golpe sino que se nos va deslizando entre silencios, conoce a Billy Sive, un prodigio del atletismo con una fuerza interior que va más allá del cronómetro. Entre ambos surge un vínculo que desafía no solo las normas de la institución deportiva, sino las leyes no escritas de un país aún profundamente homófobo. Hasta ahí puedo contar sin destriparte nada esencial. Porque lo importante aquí no es qué pasa, sino cómo te atraviesa.
Patricia Nell Warren escribe como quien corre una carrera larga: sin perder nunca el control del ritmo. Su prosa tiene una claridad engañosa, como si no estuviera haciendo nada especial... hasta que llegas a cierta página y te das cuenta de que estás jodido. Que algo se te ha roto dentro y no sabes muy bien cuándo ha ocurrido. No hay florituras. No hay golpes bajos. Pero hay una precisión narrativa que no deja grietas. Como si cada escena estuviera construida con la paciencia de un orfebre y la rabia contenida de quien sabe que escribir también es una forma de pelear.
La estructura es limpia aunque no lineal en lo emocional: el narrador (el propio Harlan) va dejando caer pistas de su evolución como quien deja migas de pan en un bosque muy oscuro. Esa elección de voz narrativa lo cambia todo. Porque Harlan no es el tipo de personaje que grita sus emociones: es un hombre de silencios, de control. Por eso, cuando se permite sentir —y contárnoslo—, cada palabra pesa. Porque Harlan no se derrumba: cede. En el fondo, este libro es una confesión. Una que nos llega desde adentro, escrita con una honestidad que desarma. Y aunque la novela gira en torno al deporte de alto rendimiento, lo que realmente está en juego es el cuerpo como frontera política, como campo de batalla del deseo y como trinchera contra el odio.
Y ahí está la clave: El corredor de fondo es muchas cosas a la vez. Una historia de amor. Un drama psicológico. Un manifiesto encubierto. Un testimonio deportivo. Un retrato de época. Un mapa del cuerpo como frontera. Todo eso sin dejar de ser —atención— una novela. Es decir, una historia que se sostiene por sí misma, más allá del mensaje. Hay algo del Maurice de E. M. Forster en su impulso de dignificar el amor entre hombres. Pero donde Forster escribe desde la contención, Warren lo hace desde la furia tranquila. Desde esa certeza de que no basta con sobrevivir: hay que vivir a plena luz.
Billy es, probablemente, uno de los personajes más luminosos que me he encontrado en mucho tiempo. No porque sea perfecto, sino porque no negocia con el miedo. Tiene la luminosidad de quien ha decidido no esconderse más, y eso —en un mundo que castiga la diferencia— es casi heroico. Es joven, pero no ingenuo. Valiente, pero no invulnerable. Su forma de estar en el mundo no solo cambia a Harlan: también nos cambia a nosotros.
¿Y Harlan? Bueno… Harlan no es un héroe. Es un campo de batalla moral andante. Y eso es, precisamente, lo que lo hace fascinante. Es fácil juzgarlo desde nuestro presente, pero difícil no verlo como el producto de una época que castigaba sin piedad cualquier desviación del guion heterosexual. En Harlan se condensa el dolor de toda una generación que aprendió a odiarse antes incluso de amarse. A veces, leerlo duele. Pero también conmueve. ¿Que Harlan es un machirulo resentido? Pues sí, no vamos a negarlo. ¿Que hay cosas que hoy nos harían fruncir el ceño? También. Pero esto, amigos, fue escrito en una época en la que ser gay era delito, no identidad. Así que bajemos la ceja un segundo y pensemos desde ahí. Harlan no es solo un producto de su tiempo: es un hombre que aún no se ha permitido ser quien realmente es, y eso le pesa en el alma de una manera que duele ver. Por eso, su evolución no es solo emocional, es política, aunque no lo sepa aún. Y eso lo convierte, sin saberlo, en uno de los personajes más trágicamente humanos que he leído.
Es cierto que algunos personajes secundarios rozan el cliché, pero también hay que leerlos como parte del paisaje de la época. En el contexto en el que nos movemos, los estereotipos no son meros errores narrativos: son reflejos deformados de cómo la sociedad veía —y muchas veces sigue viendo, no nos engañemos— a las personas queer. En esos trazos gruesos se cuela también la crítica. Como si la autora dijera: “¿Queríais caricaturas? Aquí las tenéis. Ahora decidme si os gusta lo que veis”.
Lo interesante es que El corredor de fondo no solo cuenta una historia de amor. También pone sobre la mesa la violencia institucional, el racismo estructural, la homofobia sistémica y el uso político del deporte como herramienta de control social. Y eso es lo que más impresiona: que El corredor de fondo no cae en el panfleto ni en la cursilería. Que logra ser profundamente político sin dejar de ser profundamente íntimo.
Comparado con otras novelas queer publicadas en los años 70, el impacto de esta obra es difícil de igualar. Fue un éxito de ventas cuando lo más común era el rechazo editorial. Fue leída en secreto por quienes necesitaban verse reflejados, y fue odiada —sí, también— por quienes no podían soportar que un libro con dos hombres enamorados no acabara en tragedia desde el primer capítulo. Warren no fue solo una novelista. Fue una corredora de fondo. Y esta fue su gran carrera.
No es la novela más estilizada de su época. No tiene la densidad simbólica de Baldwin ni la elegancia literaria de Gore Vidal. Pero tampoco lo pretende. Su fuerza está en otra parte. Está en lo visceral. En lo urgente. En lo que dice sin metáforas. Y sí, es una historia romántica. Pero también es una historia sobre el precio de decir la verdad. Sobre lo que se pierde cuando el mundo no está preparado para vernos. Y sobre lo que ganamos cuando dejamos de escondernos.
Cuando cierro este libro, no pienso solo en lo que han vivido Harlan y Billy. Pienso en los miles de lectores que, al leer esta historia por primera vez, se atrevieron a imaginar que lo que sentían no era un error. En quienes encontraron en estas páginas algo parecido a una puerta abierta. Pienso en cada persona que se sintió menos sola porque este libro existía. En quienes lo leyeron a escondidas en los años 70. En quienes lloraron, desearon, se atrevieron por primera vez. Y sí, pienso también en mí, en todos nosotros, y en la suerte que tenemos de poder leerlo ahora, con otras leyes, con otras palabras, porque alguien tuvo el coraje de escribirlo cuando costaba tanto.
Así que vuelvo a la pregunta del principio: ¿puede una historia de amor cambiar un país?
Mira: El corredor de fondo fue la primera novela comercialmente exitosa en EE. UU. donde dos hombres se aman y no acaban pagando por ello. Eso, en 1974, fue una bomba. No solo entre lectores: hubo librerías que se negaron a venderla, columnistas conservadores que la pusieron en la diana, y aun así se coló en las listas de más vendidos como quien se cuela en una fiesta para la que nunca tuvo invitación. Fue una novela incómoda, sí, pero también imparable. Hasta entonces, lo habitual era que las historias queer acabaran en muerte, suicidios, enfermedades o castigos divinos y morales. Pero Patricia Nell Warren cambió la narrativa. Y eso cambió también la forma en que muchas personas queer se leyeron a sí mismas. Muchos testimonios de lectores de la época hablan de leerla a escondidas, de sentirse vistos por primera vez, de no sentirse rotos. Y eso es un cambio radical. No legislativo, quizá. Pero íntimo, profundo. Cambió corazones. Y a veces, eso es lo que hace que después cambien las leyes.
Así que sí, yo creo que una historia de amor puede cambiar un país. Pero no cualquier historia. Una como esta. Una que, cuando terminas la última página, te quedas un rato ahí, quieto, con el corazón latiendo fuerte, como si tú también hubieras corrido con ellos. Como si tú también hubieras cruzado esa línea de meta. Porque El corredor de fondo no se lee con la cabeza. Se lee con las entrañas. Es un grito de dignidad, una historia de amor escrita en mitad de una pista resbaladiza.
Y no. No hay que ser atleta ni gay para conmoverse con esta historia. Solo hay que tener corazón.