Sin lugar a dudas, la vida, pasión, muerte y ¿resurrección? de Jesús de Nazaret, “es la historia más grande jamás contada”. Además de los evangelios canónicos y agnósticos, existe una gran cantidad de biografías noveladas, cómics, interpretaciones, ucronías y demás sobre Jesús el Cristo. Tal es el caso de esta novela corta, escrita por Charles Dickens y dedicada a sus hijos. En efecto, Dickens escribió “La Vida de Jesucristo” entre 1846 y 1849, durante la misma época de escritura de su célebre: “David Copperfield”. La obra es una interpretación dickensiana de los evangelios canónicos, muy pegado a la tradición religiosa cristiana de occidente. El objetivo de este relato fue trasmitir, de forma entretenida y divertida, el contenido de las sagradas escrituras a sus hijos, de forma que pudiera contagiarles la fe que Dickens profesaba. Mientras la crítica literaria recibió la obra de forma tibia, el público la convirtió en una de sus favoritas, alcanzando el grado de best seller en la lista del New York Times.
La novela es didáctica, bella y sencilla; recorre los acontecimientos más relevantes en la vida de Jesús, acorde a la Biblia. Dickens, “ese gran escritor cristiano” nos presenta el nacimiento del Mesías en un establo en Belén y la huida de la familia sacra a Egipto, en cuanto se desató la masacre de los “Santos Inocentes” propiciada por el temible Herodes el Grande. Nos lleva a la infancia de Jesús y sus palabras en el Templo de Jerusalén, aquella Pascua en que se perdió de las caravanas de regreso. Asistimos a la vida pública de Cristo, sus tentaciones en el desierto, la elección de los apóstoles, los milagros, las parábolas, las bienaventuranzas, la expulsión de los comerciantes del templo, las intrigas de los fariseos, las calumnias, el temor del poder político y religioso. Llegamos entonces a la pasión, el vejamen, la condena. Cristo humillado, golpeado, azotado, coronado con espinas, el cuerpo lleno de cardenales y moretones, la piel sangrante, los pies destrozados, el rostro elevado a su padre, suplicando por esta humanidad condenada a sus miserias. El camino del calvario, el Gólgota, el Vía Crucis que recordamos en la tradición católica nos conduce a la cruz, signo de muerte trastocado en signo de vida cuando el hijo del hombre, el cordero de Dios, lavó los pecados del mundo con su santa sangre. Si bien Dickens se alejó del catolicismo y del evangelicanismo, por la corrupción de alguna parte de sus instituciones, fue un cristiano devoto, con una vida espiritual en contrapunto con las ambiciones de la carne, la pluma y la fama que logró una biografía novela de Jesucristo, dirigida a los niños, pero para todos los púbicos; sumamente bella y cuidada. Que la fe de Dickens nos acompañe en estas pascuas. Felices pascuas.