El libro propone responder una pregunta que, para mí, es interesantísima ¿qué hay de radical en un concepto aparentemente conservador como el amor?
Para ello recorre las maneras de pensar y vivir el amor de los grandes revolucionarios del S XX. Y aquí se deja entreveer el gran problema de este lirbo: que ha seleccionado revolucionarios y no revolucionarias.
Porque el libro no aborda, ni tiene presente en ningún momento, el amor como construcción patriarcal. Lo ve de una manera casi mágica, obviando el papel que cumple para el mantenimiento de la familia como nucleo inicial de el capitalismo.
Y se plasma en uno de los ejemplos que Horvart muestra: el Che. El Che como hombre que supo estar guiado por grandes sentimientos de amor, amar a Aleida y a sus hijos, y a pesar de ello o (según Horwart) gracias a ello, siguió manteniendo su compromiso revolucionario.
Sin embargo, no podemos menos que reirnos frente a la afirmación de Horwart de “La lecciuón de la radicalidad del amor/revolución sería por tanto la siguiente: no hemos de pensar en términos disyuntivos esto o lo otro sino más bien esto y lo otro. Sería un error percibir el dilema del amor/odio del Che Guevara como una disyunciónm o una contradcicción; hemos d e llegar al punto en el que podamos entenderlo como una situación y/o: su es posible amar y o odiar al mismo tiempo”
¡Y justo lo hace poniendo el ejemplo del Che! Que es el ejemplo perfecto. Porque el pudo tener casi una decena de chiquillos, dos mujeres oficiales y otras tantas amantes, y a pesar de eso seguir en la guerrilla, seguir haciendo la revolución.
Pero, ¡y a nosotras que nos importa el Che! Ya sabemos que los hombres revolucionarios pueden amar y hacer la revolución, porque no necesitan comprometerse con los cuidados o los afectos, porque el amor nunca ha sido para los hombres un peligro mortal como lo es para las mujeres.
A nosotras nos importa como quería Aleida, esa mujer que el Che conoció en la sierra, esa guerrillera, esa revolucionario. Que ha pasado a la historia no por sus ideas o sus acciones sino por ser “la mujer de”. Esa mujer que paso de combatiente armada del M 36-7.J a madre abnegada de cuatro chiquillos.
Y cuando Aleida le pidió irse con el al Congo, a combatir de nuevo, este la respondió que nanai, que, literalmente “ Cuando nos casamos sabias quién era. Cumple tu parte del deber para que el camino sea más llevadero, que es muy largo aun.” Tocate los ovarios Mari Trini. Aquío la división sexual del trabajo aplicada a la revolución.
Realmente después de este libro la pregunta que nosotras nos seguimos haciendo es ¿pueden las mujerees revolucionarias atreverse a amar sin arriesgarse a acabar encerradas en un hogar y renunciando a todo anhelo revolucionario?
Y esque Horwart está tan ciego frente a la realidad del género que frente a esta burrada de frase de Mark Rudd, miembro de los Weather Underground no lo ve como un problema de misoginia, sino como que el acto de acabar con la monogamia había dejado de ser subversivo. ¡Y no como que el problema es la cosificación de las mujeres!
“Pocas veces me rechazaaaban , así era el aura y el poder de mi posición de liderazgo. Pordía cumplir mis fantasías: podía tener a casi cualquiera de estas firmes revolucionarias a las que deseaba”
Y se queda tan pancho el comemierdas.
Porque el problema esque no estaban acabando con la monogamia, sino estableciendo una poligamia en la que el centro seguía siendo el deseo masculino. Y eso no es revolucionario ni es nada.
Por otro lado habla del riesgo de enamorarse, ¡pero en este riesgo no nombra nunca la posibilidad de morir asesinada por tu pareja! Porque sí , puede ser que exista un riesgo en el enamoramiento para los hombres al haber un trastocamiento de la cotidianidad, una alteración de la existencia, pero ese es nimio comparado con al que nos exponemos las mujeres,
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Por otro lado es interesante la revisión sobre como a lo largo de la historia de muchos movimiento s revolucionarios, especialmente armados, la sexualidad ha sido planteada como un vicio. Esto parte de una visión patriarcal al considerarnos a las mujeres como objetos de consumo (un vicio que consumir) y de entender el placer como algo que resta, y no suma, energía.
Pero el problema nunca ha sido el amor o el placer, sino la falta de educación sexua y la visión de la sexualidad no como un espacio de solidaridad, creación de lazos y empatía sino como espacio para el disfrute de una sola de sus partes (la masculina)
En definitva para mí, oponiendome a la visión de Howart, la radicalidad del amor no puede ser unicamente dejar via suelta a los deseos individuales (pues ese es el imperativo de la modernidad capitalista(, sino la radicalidad de empatizar, solidarizarnos y cuidar a la otra, en todos los ámbitos.
La radicalidad del amor no reside en el enamoramiento, reside en la amistad.