El legendario jurista dice lo importante de manera clara, sencilla y directa. Transita territorios que más que consejos parecen confesiones, con toda la carga de verdad y vergüenza que cualquier lector salteado pudiera esperar de un confesionario. Llega a decir abiertamente que el derecho es una herramienta del control social, quizás la más poderosa. Que los abogados pueden ser cándidos o cínicos. Que los cándidos en derecho ya no existen. Conclusión del razonamiento aristotélico aplicando la regla de la disyunción excluyente, los abogados son cínicos. El estilo es muy seguro de sí mismo. Inclusive cuando se muestra escéptico, lo hace con muchísima seguridad y complacencia. Hay una extraña combinación de pragmatismo anglosajón con barroco español. Debe ser por la decantación de lecturas de derecho. Es la estética hegemónica de esas célebres bibliotecas macizas de tapa dura con groseras letras doradas, al menos en este rincón perdido del mundo. Librito lleno de lucidez, experiencia y pintoresco histrionismo de un expresidente del máximo tribunal de la justicia argentina.
"En nuestras facultades no se enseña el oficio o profesión de Abogado, uno tiene que aprender el oficio solo, después de graduado o a costa de desagradables experiencias y ocasionalmente con perjuicio del bolsillo de algún cliente."
Se trata de unas conferencias o clases que el autor impartió en la década de los setenta, en donde se hace énfasis en la tarea que le corresponde al recién egresado cuando le presentan a consideración sus primeros casos. Pone el dedo en la llaga sobe el estado que guardan las escuelas y facultades de Derecho en cuanto a sus métodos de enseñanza: no enseñan el oficio de abogado. Situación a perdura hasta nuestros días.
Es un folleto que se lee de inmediato, con las reservas debidas, pues hay que ubicarlo en su tiempo, en su contexto, aunque como señalé, tiene, después de tanto, algo de actualidad.
Como me hubiese gustado conocer el texto de Carrió años antes mientras iniciaba a recibir casos en el consultorio jurídico de mi Universidad, sin embargo y siendo justos, probablemente tampoco lo hubiese leído, algunas reflexiones solo se logran por tropiezo.
Casi treinta años tras su publicación, textos como el de Genaro Carrió se muestran como un alegre tropiezo para un nuevo abogado que se presenta ante una comunidad atiborrada de ellos, aunque algunos de sus consejos más específicos, tal vez de aquellos en los cuales tuvo que ceder para ser más atractivo en su tiempo, no lograrían sobreponerse al neoconstitucionalismo y su nueva querulancia propia de gobiernos incompetentes faltos de mediación social, la generosa generalidad de la mayoría de ellos, permite leer con nuevos ojos los casos presentes, pasados y futuros. Sin duda alguna un valioso aporte de un excelente académico para un "novel abogado", tal y nos identifica en su texto.
Para finalizar, resta remarcar la importancia de los manuales, tratados, ensayos y otros trabajos académicos, que constituyen ese escaso aunque inmensamente necesario sector del ámbito jurídico que es la pedagogía, muchos textos existen para complejizar o elevar las distintas conceptualizaciones elaboradas y empleadas en la regularidad de la enseñanza del derecho, por desgracia son pocos los que como este viran su mirada a nosotros los estudiantes, descienden hasta nuestros temerosos primeros pasos e invitan a seguir.
Sí bien es cierto que es un texto qué hay que leerse teniendo en cuenta el contexto y la época, aún conserva muchas matices de la realidad; incluso en un país como colombia, que comparte mucha tradición jurídica con Argentina, consejos prácticos o más bien recordatorios prácticos que se imparten en el libro son menester para los abogados jóvenes, recién graduados, aquellos que aún hoy día poco de les enseña sobre la realidad jurídica y poco o nada se les forma como juristas