El ser humano, tiene componentes físicos y psíquicos que lo hacen como tal. El debate filosófico se adentra en él, cuándo algunas experiencias deben ser vividas para considerarnos del todo: seres humanos. El amor es quizás uno de dichos elementos, que nos complementan, que quizás no son necesarios pero conforman esa amalgama que condiciona nuestra esencia misma. García Mendoza, relata ese primer amor que se va, que se despide, que queda en los recuerdos; del latín: re de volver y cordis, corazón. Volver al corazón se transforma entonces en esa piedra angular que nos permite ir cimentando el desarrollo de nuestras enajenadas vidas. Fernando, recuerda a Diego a cada instante, en los momentos en que pensó en olvidar, pero que una brisa del viento vuelve a susurrar ese nombre esquivo. Un amor adolescente, de los que más duelen y te dejan en la retina una experiencia que quisiéramos volver a repetir, sin malas consecuencias. Es un amor como todos, de esos que se profesan al sentir que nos devuelven las ganas de ver el sol por las mañanas. Es un relato lleno de ternura, melancolía y deseos, como la vida misma.
(...) “Yo no confío en Papá porque siempre está ausente. Y las pocas veces que está es cuando lo odio. Así no queda tiempo para quererlo.” “A estas alturas de la vida no es mucho lo que puedo sentir. Apenas camino. Vivo de recuerdos. Por eso escribo, para no olvidarlos. En los momentos en que me siento desposeído prefiero recordar.” “Hubo un tiempo en que éramos amigos. Hubo un tiempo en que yo era distinto y fue por mérito tuyo. Sabes bien que no soy de aquellos que expresan abiertamente sus sentimientos, sus emociones, lo que sea. Y, evidentemente, después de que terminamos no había razón para seguir siendo así. Volví a ser el de antes, tal vez me convertí en algo peor.” (...)