En el año 1997, en una de sus internaciones más prolongadas, escribe una serie de poemas que la llevan a ganar un concurso, cuyo premio era la edición de un libro. El poema ganador tenía como título: “Nos amamos una tarde, un cablegrama, algún silencio en primavera”.
Al ganar dicho concurso, cuenta, se tuvo que poner a escribir “en serio”, sobre todo por la cantidad: si bien la calidad de sus poemas era notoria, no reunía los suficientes como para la confección de un libro propio. El resultado es, por supuesto, maravilloso. Así nace “Los montes de la loca”, un libro parido en su internación en la Colonia Montes de Oca. En sus páginas trata de elaborar un escrito que salte los muros, y que le de voz a sus compañeros de tormento manicomial.
El libro es presentado en el año 1998 en la Feria del Libro en Buenos Aires.
“Mi libro no fue escrito desde la locura porque desde la locura no creas nada. Estar loco es muy doloroso y no tiene nada de genial”. Así reflexiona sobre su proceso creativo, y la relación con el concepto de locura más snob, aquella que algunos imaginan como excentricidad y personalidad, pero nunca como lo que es: un verdadero y profundo sufrimiento.
“Se enloquece por un dolor extremo o por una soledad extrema. Un mundo injusto genera subproductos patológicos, y eso somos nosotros”. ¿Así? ¿O más claro?
Luego de atravesadas estas situaciones tan oscuras y de tanto sufrimiento, conoce a Alfredo Moffat, con el cual comienza a cursar la carrera de Psicología Social, y se transforma a su vez en docente de la misma. Se suma también a Cooperanza, una cooperativa que produce entre otras cosas salud mental colectiva, como modo de sustitución de lógicas manicomiales. Además, se suma al “Frente de artistas externados del Borda”, aportándonos a todos arte y creación como modo de darle sentido a la crueldad de la vida.
Define la locura, citando al poeta español Leopoldo María Panero como la ausencia provisoria de uno mismo. Ningún catedrático podrá jamás arribar a una definición más ajustada, más bella y más abismal.
“Hacer arte desde el horror y la barbarie es también una militancia política.” Hace un tiempo me crucé -de casualidad- con este título y esta autora; me cautivaron al instante. Se llama “Los montes de la loca” y lo escribió Marisa Wagner. Como señala su breve biografía en la portada del libro: fue una “poeta y loca” nacida en Huanguelén, provincia de Buenos Aires, el 12 de mayo de 1954. Fue estudiante y docente de una escuela de Psicología Social y formó parte del Frente de Artistas Externados del Borda. Estuvo más de 10 años internada en diversos neuropsiquiátricos y la suya es una poesía de urgencia y emergencia. Creo que su escritura es un grito por todas las voces silenciadas y desaparecidas socialmente de nuestro sistema de salud mental. Una denuncia a la situación de hacinamiento, encierro y horror que atraviesan muchos y muchas personas. Su voz es visceral y potente como pocas. Leerla es, también, estar más cerca de conocer el padecimiento al que lleva la mirada manicomial de la salud mental. Marisa escribe desde ese encierro, desde el sentimiento de la mirada ajena, de reojo, estigmatizante. Pero también desde su rol de hermana, amiga, madre y novia. Desde la rabia por la muerte de un hijo, por la desaparición de un amigo bajo el régimen dictatorial y por el suicidio de su pareja; también víctima del sistema de salud mental argentino.
En una entrevista le preguntaron a la autora: ¿Por qué se enloquece” y ella respondió:
“Se enloquece por un dolor extremo o por una soledad extrema. Un mundo injusto genera subproductos patológicos, y eso somos nosotros. De hecho, algunas personas pueden zafar de la locura y sobreviven. Claro, se mutilan un riñón o el hígado, hacen algo psicosomático, mueren de cáncer… La enfermedad se les aloja en el cuerpo. Otras personas, con un mecanismo absolutamente sensible, enloquecemos.” Les recomiendo mucho mucho su poemario. A quienes decidan leerlo: buen viaje .
Si Ud. hace caso omiso de nuestra sonrisa desdentada, de las contracturas, de las babas, econtrará, le juro, un ser humano. Si mira más profundo todavía, verá una historia interrumpida, que hasta por ahí, es parecida... Si no puede avanzar, si acaso le dan náuseas o mareos... no se vaya... antes, por lo menos, deje los cigarrillos.
Marisa decía que un poema es síntesis; que en treinta versos tenés que decir algo, si no, no es un poema. Podemos ver esa convicción en sus poemas, cortos, reducidos, pero ultra potentes, intensos. En cada palabra elegida, cada frase cuidada, observamos una intención, una denuncia.
Este poemario es urgente y necesario. Me resultó muy adictivo, es una lectura súper ligera pero no por eso poco profunda. Al contrario, como dije más arriba, cada poema es una denuncia a una institución violenta, a un estado negligente, a una situación injusta. Marisa dedica poemas a sus amores, a sus amigos, a sus doctores, a su locura. Maneja una lucidez asombrosa, sabe como poner en palabras lo que la atraviesa y lo hace sin filtros, sin pedir permiso. Ella viene a derrumbar prejuicios. Se cuestiona y nos cuestiona su enfermedad, se pregunta cosas como "¿uno es loco o está loco?" y "si yo no estuviera loca, ¿que estaría?". En otro poema dice: "Hoy ni siquiera tengo ganas de morirme." También tiene poemas muy nostálgicos en los que recuerda su infancia, su madre, sus hijos.
Marisa nos da la mano y nos invita a sumegirnos en su mundo, el mundo del hospicio, el mundo de los locos. De más está decir que me encantó. Le tenía mucha expectativa pero no tenía idea de que me iba a encontrar con un nuevo favorito del 2020 y de la vida. Lo sumo a la lista de poemarios para empezar a leer poesía y a la de libros que debería leer todo el mundo.
No soy de la poesía, nunca encuentro algo que me gusté, pero con este libro fue distinto. Cuando en pocas palabras alguien puede decir tanto y calar tan hondo te das cuenta que estas frente a un talento espectacular. Cada poema me estremeció, tuve que dejarlo de a ratos porque la realidad que reflejaban me dejaba herida. La locura es un tema tan marginalizado en la sociedad, esquivamos la vista cuando vemos "un loco" en la vía pública, que leer sus verdades descarnadas con tanta lírica remueve hasta lo más hondo de la condición humana. Cortito y profundo, no se pierdan la oportunidad de leerlo.
“¿Me podes decir que hago con la piel tan sublevada? ¿Con este deseo que es casi un sacrilegio? ¿Con esta sed que me devora? Quiero poner el corazón a salvo en algún sitio que no te pertenezca. Pero lo has invadido todo. Ya ves, es tarde. Demasiado tarde para los cuidados y las advertencias. Mi corazón es un caballo desbocado. Sólo sabe reclamarte. Quiero poner el corazón a salvo. Irremediablemente es tarde. Ya está borracho de tu sangre. Tarde para defenderse. Mi corazón sólo sabe pedir que no te vayas demasiado lejos. Mis ojos ya están envenenados de tus ojos. Es tarde para toda precaución. Para toda vuelta a la cordura.”
Lo leí despacio en un par de semanas de poca lecturas. Muchas veces, lo leí en un bar mientras desayunaba. Rescato algunos versos que marqué:
Nunca me cuidé, quizás, por descubrir que es exponiéndome como me salvo... tal vez por eso, cuando me desnudo me saco hasta la piel, para poder sentir en carne viva...
Pero ya te has retirado, amado, es mejor que no se te moleste. Pero decime, por favor, decime ¿Cómo es la muerte? Dónde empieza y dónde finaliza.
En las páginas del libro dejé algunas entradas de diario.
"Quiero meter los pies en los zapatos. Quiero ir a llorar bajo los árboles."
sobre la locura y los encierros, sobre la gente querida. no conocía a Marisa Wagner, pero su poemario me ha recordado, en lo crudo y en lo sincero, por momentos a Pizarnik, lo cual para mi es siempre bueno.
Perfecto! Enamorada de estos versos. La salud mental nuevamente de mano de las letras para encontrar en ellas el refugio que el sistema no sabe o no puede dar. Aplausos al cielo🙌
Marisa aborda desde su poesía una problemática social de siglos (la locura) con inteligencia, suspicacia y humanidad. "Martín" me desfondó de emociones.
Relato cárnico de la experiencia personal de la autora por una institucion psiquiátrica. El estigma de la salud mental, la marginalidad y el dolor hecho poesía.