La terminé. Regularita.
Es una compilación de historias (que parecen reales o que parecen ficticias) sobre las diversas maneras de experimentar la tentación (y a veces el acto) de suicidarse.
Un recorrido que se centra en los momentos previos a la tragedia, en patética levedad de la antesala, del penúltimo dialogo, del giro inesperado que produce la decisión, del pequeñísimo dato que determina el desenlace.
Hay de todo y para todos los gustos.
Está el que se suicida esperando la muerte con paciencia («Muerte por saudade») y el que se mata para mostrar al fin su enorme talento («En busca de la pareja eléctrica»). Está la que se suicida pero luego siente que eso no ees suficiente («Rosa Schwarzer vuelve a la vida») y el viejo genio que se congela para no lo hagan famoso («El arte de desaparecer»). Están los miembros de una secta que le rinde culto al suicidio nocturno («Las noches del Iris Negro»), y el sacerdote perecquiano que se mata después de pasarse años anotando las rutinas ajenas de gente cualquiera («La hora de los cansados»). Está la que se cura de la viida (y de paso del suicidio) con la escritura y la invención, enviando cartas («Un invento muy práctico»), y el que le demuestra a un pintor, en un tono arguediano, que él y sus pinturas han existido en vano («Me dicen que diga quién soy»). Está el que se suicida por pasión y por amor, sin saber que con ello podría incitar a alguien a matarse por él («Los amores que duran toda una vida») y el que muere antes de terminar de ensamblar su peculiar invento, una enorme y precisa máquina para suicidarse con un rayo eléctrico («El coleccionista de tempestades»). Y desde luego, están las referencias pessoianas, brevísimas pero muy estimulantes, sobre la muerte, el viaje/invención y la escritura («Viajar, perder países» y «Pero no hagamos ya más literatura»)
En fin, es un catáogo ingenioso (aunque algo serio) del lado cómico que siempre hay en la decisión de suicidarse, y en la propia muerte.
Vila Matas sigue una estética y un estilo borgeano (introduce la paradoja, la ocurrencia azarosa y el aforismo al vuelo) y lo aúna, al parecer, con la estela cervantina (el título del libro es elocuente) y un cierto aroma pessoiano, a melancolía y resignación, pero el resultado no es del todo efectivo. El humor que destila, que pretende ironía, no es tan mordaz como el borgeano ni tan festivo como el cervantino, y su ternura no es tan íntima ni completa como la pessoiana. En cada momento se siente una mezcla no tan balanceada de esos tres grandes, incluso algo desabrida.
Eso sí, cada relato es generoso en provocar interpretaciones y/o especulaciones sobre el propio estilo, la literatura, la muerte del autor (física y literariamente), el anonimato, la graciosa desesperación de los conspiradores y el espejo, la repetición y el tedio.
De todas, me quedo con «Las noches del Iris Negro», «Un invento muy práctico» y «Me dicen que diga quién soy». Me parecen las más logradas en términos de incentivar la reflexión, las más jugosas, por decirlo de algún modo.
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Léanla con un buen solo de Chopin o Satie. Y si es en invierno, por la mañana o por la tarde, mejor. ✌🏽