Súper buena autobiografía y también súper cándida y honesta. Le pongo tres estrellas no porque no sea bacán, sino que porque para mí estuvo bien pero no el mejor libro ever. Creo que para los contemporáneos o los historiadores (hay harta historia) o para los fans reales, debe ser algo increíble, pero para mí, una hija de vecina nacida varias décadas después, fue más costoso.
Es que hay MUCHA información y MUCHOS detalles. Y es largo. Y, aunque hay cosas que son universales a toda la especie humana, son otros tiempos. La señora nació hace literalmente más de 100 años (1919) y si bien su historia es un testimonio muy completo y muy correcto, hay referencias de canciones o de cosas que hoy no siempre se entienden tanto, sobre todo desde la segunda mitad. Además de hartas vivencias muy personales, referencias a amigos perdidos, etcétera, que tienen su tono y su belleza, pero que como cualquier diario de vida al final solo le importan a ella. Jejeje.
A mí me gustó, aunque a veces me cansó. Hay partes que son fomes y monotemáticas, o que abarcan demasiado en muy poco, pero después... hay unas que son maravillosas. Y me gusta, además, que ella tenga pensamiento propio, que sea capaz de ser crítica y autocrítica y de cambiar de idea a lo largo de la vida sin inmovilizarse.
Sus ideas sobre el comunismo me parecieron especialmente interesantes. Yo no comparto el amor por esa visión política, y ella al principio sí lo hacía, y yo, bueno, estaba dispuesta a oír todo lo que dijera porque un libro, en especial una autobiografía, no es para leerlo a medias. Quién hubiera pensado que luego lo dejaría atrás diciendo que sí, las intenciones de fondo pueden ser buenas, pero que hay un montón de problemas y un montón de hipocresía. Y también toma un montón de decisiones en su vida muy poco comunes y me gusta que ella es quien es, y que transita por su propia vida en paz. O al menos así lo parece. No trata de justificarse, sino a lo más de explicarse. No trata de parecer quien no es.
En fin, que lo disfruté bastante. Aunque no tanto como ese libro que leí sobre esta mujer que cuida a una señora mayor, "La buena vecina". Que es uno de los mejores que haya leído JAMÁS.
Algunas citas:
1, de cuando sus papás decidieron irse a África a vivir del campo.
Aquella exposición de 1924, que atrajo a mi padre a África... cuántas veces me la he encontrado en memorias, novelas, diarios. Cambió la vida de mis padres, y marcó el curso de la mía y de la de mi hermano. Como las guerras y las hambrunas y los terremotos, las exposiciones configuran futuros.
Aparte de comprar en Harrods, Liberty's y los Almacenes de la Marina y el Ejército, les sacaron la dentadura a los dos. Así lo recomendaron el dentista y el médico. Los dientes eran la causa de innumerables enfermedades y calamidades, a nadie le servían de nada y, además, no habría ningún buen dentista en Rhodesia del Sur (No era cierto). Esta salvaje automutilación era corriente en aquella época.
2, de las monjas del internado donde la mandaron de chica.
Contemplábamos en romántico trance el ataúd, en forma de violín, blanco y rosa brillante, como un pastel con inscripciones de letras doradas. Hermana Harmonia, Novia de Jesucristo, RIP.
Era muy joven para morir, decían las otras hermanas. Que tener dieciocho, veinte años, se considerara joven, nos sorprendía por nuestra corta edad, puesto que resultaba difícil creer que alguna vez seríamos tan mayores como aquella mujer muerta.
Ahora pienso que aquellas muchachas murieron de pena. Casi todas eran pobres campesinas de Alemania. El Convent en Salisbury, Rhodesia del Sur, era una prolongación de las condiciones económicas de Europa. Alemania no se había recuperado de la Primera Guerra Mundial y las indemnizaciones. Como siempre había sucedido en las familias pobres de Europa, una o dos hijas se hacían monjas, para ahorrar a sus familias la carga de alimentarlas. Se encontraban a miles de kilómetros del hogar, en este país exótico, sometidas a un duro trabajo corporal, como habían estado toda su vida, pero en el calor, y sin ninguna perspectiva de volver a ver a sus familias. Quizá su único consuelo fuese saber que su soledad y su exilio facilitaban las cosas en casa.
En una ocasión, cuando me encontraba en la enfermería, entró una monja y se sentó junto a mi cama (contra las reglas) mientras la campana del Ángelus llamaba a la oración y el cielo era una llama roja, y se echó a llorar, y se santiguó, se santiguó y lloró, diciendo que añoraba a su madre. Luego se puso de pie de un salto, pidió a la Virgen que la perdonara, me dijo que olvidara lo que me había contado y se fue corriendo. Tenía dieciocho años.
3.
Cuando tenía casi sesenta años y sucumbí al dolor, pensé: Dios mío, esto es lo que pasé de niña, y había olvidado lo terrible que fue.
¿Qué añoraba? El hogar. Quería estar en casa. Quería a mi madre, a mi padre y a mi hermanito, que se quedó en casa hasta los ocho años. Quería a mis perros y a mi gato. Quería estar cerca de los pájaros y animales de la jungla. Quería... añoraba... ansiaba, que aquella angustia acabara.
He intercambiado recuerdos con hombres a los que mandaron a colegios en Inglaterra a los siete años, y algunos recuerdan aquel peso de sufrimiento. Deben de contarse ya por centenares los libros de memorias, las autobiografías que atestiguan el sufrimiento de niños de corta edad que enviaron demasiado jóvenes al colegio.
Es algo terrible enviar a niños pequeños a un pensionados. Todos lo sabemos. No obstante, la gente que recuerda muy bien lo que padecieron cuando los sacaron de la casa a los siete u ocho años, hacen lo mismo con sus hijos. Resulta un dato bastante revelador sobre la naturaleza humana. O sobre los británicos.
4.
No había pasado ni una semana cuando decidí que yo no estaba enferma, me negué a volver a caer enferma nunca más. Desde aquella distancia podía ver claramente que en mi casa aquellas dos personas infelices y desesperadas utilizaban sus enfermedades reales e imaginarias para hacer que la vida fuera soportable. ¡Nunca más!
5.
Más adelante, en los años setenta, escribí una narración titulada "One off the Short List", y en ella se habla de una mujer que tiene matas de pelo dorado en los sobacos.
Un editor norteamericano, y luego unas revistas, se negaron a editar el cuento debido a esta alusión. No obstante, en Norteamérica se puede narrar todo tipo de asesinatos, torturas, violaciones, horrores de la guerra, crueldades. Pero nada de pelo de sobaco en una historia sobre seducción y sexo.
6.
El instinto de las mujeres de agradar, que confunde a los hombres, también confunde a las mujeres.
7, la primera de varias citas sobre el comunismo, que me parecieron muy interesantes e increíblemente actuales.
Decimos cosas de este tipo: "Stalin asesinó a nueve millones de personas en la forzada colectivización de los campesino de Ucrania". "Stalin asesinó a millones durante las purgas". "En China, Mao asesinó..." a los millones de la Larga Marcha, la Revolución Cultural... por mencionar sólo dos baños de sangre. Pero estos asesinatos los llevaron a cabo jóvenes activistas, abnegados miembros del Partido Comunista. Gente como...
Durante años me he dicho para tranquilizarme: No, no, yo no lo habría hecho, no hubiera podido hacer esto. ¿Puedo imaginarme contemplando cómo millones de campesinos hambrientos, arrancados de sus tierras, o a quienes han arrebatado su comida por la fuerza, se van al campo, abarrotan estaciones de ferrocarril, mueren multitudes, masas, hordas? ¿Habría podido decir "No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos"?
Bien, que yo sienta que no podía haber hecho algo semejante significa decir, también: "Soy mucho mejor que todos aquellos centenares de miles de personas, en su mayoría jóvenes, que asesinaron, torturaron, practicaron malos tratos, en la Unión Soviética, en China y en todas partes". ¿Por qué, cómo puedo pensar esto? ¿Creer esto? En mi época he observado una y otra vez a masas de gente así arrastradas por la emoción, con tanta oportunidad de decir "no" como la que tienen los peces en una inundación.
No sólo lo que hemos observado nos dice que estamos indefensos contra tales mareas. Algunos experimentos realizados en universidades famosas lo confirman. Los famosos experimentos Milgram, por ejemplo, nos dicen que la mayoría de la gente llevaría a cabo órdenes para torturar, matar. Bien, muy bien, murmuro, pero era una mayoría, ¿no? Yo no habría tenido que formar parte de aquella mayoría, ¿no? ¿Podía haber sido un alma pura, como Osip Mandelstam, como su esposa Nadezha?...
Pero no, tengo que enfrentarme al hecho de que yo y todos mis queridos camaradas altruistas, tanto los de aquel quimérico partido de Rhodesia del Sur, como muchos que he conocido desde entonces, algunos de los cuales aún arrastran consoladoras certezas heredadas de pasadas certezas del comunismo... todos eran de la calaña de aquellos asesinos con una clara conciencia. Nosotros tuvimos suerte, eso es todo.
8.
El paraíso, en consecuencia, se encontraría en el orden del día del mundo, y pronto. ¿Quién haría avanzar al mundo? Evidente: personas como nosotros, los comunistas, la vanguardia de la clase obrera, destinados a interpretar este papel por la Historia. Exactamente la misma estructura mental que la de mis padres, que se creían representantes de la voluntad divina, trabajaban por encargo del Imperio Británico, o por el bien del mundo. (...)
En segundo lugar, no existía otro camino hacia al paraíso más que el de la Revolución... con pocas excepciones. Era moralmente superior creer en la Revolución, y quienes no creían en ella eran, por lo menos, unos cobardes. Nos unía la superioridad de carácter, porque éramos revolucionarios y buenos. Nuestros adversarios eran malos. A la gente que no creía en el socialismo no se les concedían buenas intenciones: una forma de pensar que aún hoy sigue vigente. Es satisfactorio creer en la inferioridad moral de los adversarios.
Que la gente que apoyaba al Partido Unido de Rhodesia del Sur o a los Tories [conservadores]en Gran Bretaña en realidad pudiera creer que su política sería la mejor para la humanidad, sencillamente no se admitía. Tan fuerte es la necesidad de creerse mejor que uno mismo que, en fecha tan reciente como 1992, después de todas las tormentas de asesinato, tortura, deliberado genocidio a cargo de comunistas, una roja me lo reprochó diciendo: "¿Cómo puedes dar la espalda a la Verdad? Creía que eras una buena persona".
9.
Dábamos por descontado que cuando la clase trabajadora - o los negros o cualquier grupo en situación desventajosa - tomara el poder, sólo la inspirarían los más puros y desinteresados ideales. De todos los absurdos en los que creíamos éste quizá era el peor. Si alguien osaba mencionar la "naturaleza humana", razonábamos pacientemente con él, le explicábamos que no había comprendido los poderes regeneradores y transformadores del Comunismo.
10.
Sabíamos que todos los que estaban relacionados con los negocios, de cualquier tipo, eran moralmente inferiores. "Hombre de negocios" era una expresión de desprecio (...). No obstante, "negocios", comercio, capitalismo, en pocas palabras, eran, para nuestro canon, necesarios y buenos en ocasiones.
No recuerdo que hiciéramos ninguna tentativa para reconciliar, ni siquiera discutir, estas "contradicciones".
11.
La Cámara Minera había realizado cierta propuesta para su contingente laboral. Este camarada, John Miller se llamaba, permaneció en silencio durante tanto tiempo que atrajo nuestra atención, y luego: "En situaciones como ésta, camaradas, basta que nos preguntemos ¿Qué quiere la Cámara Minera? ¿Cuál sería su prioridad? Establecer ese dato y entonces...". Una pausa, mientras sube la tensión. Ríe descaradamente. "Y, por supuesto, nuestra línea tiene que ser la opuesta".
Estalla una tormenta de aplausos. Sí, éste era en verdad el nivel de nuestro pensamiento político.
12.
Muchos años más tarde conocí a un hombre con mucha experiencia en el proceso de gobierno, y me dijo que se puede apaciguar a la mayoría de los revolucionarios ofreciéndoles puestos. Casi todos son gente de capacidad sin estrenar o infrautilizada. No se dan cuenta de que sufren de frustración. El puesto ofrecido debe elegirse cuidadosamente, sin cinismo, dejando espacio para ese talento del crítico hacia la reforma útil.
Si me hubieran expresado esa idea entonces, la habría arrumado con una letanía de calificativos despectivos, pero ahora me pregunto si será cierta. Si hay algo que hoy en día, mirando atrás, no nos pueda dejar indiferentes es la cantidad de desprecio y asco que proyectábamos sobre cualquiera que no fuera de los nuestros. "Quien no está con nosotros, está contra nosotros". La religión una vez más.
13.
Una escena: media docena sentados alrededor de una mesa escribiendo cartas para pedir dinero para varias organizaciones que controlamos. Todos nos regocijamos y reímos con nuestras burlas de la gente a la que pedimos dinero, nuestros "respetables patrocinadores".
Por ser una ciudad pequeña, nunca hay bastante filántropos a quienes pedir, por lo que nos canjeamos a nuestros patrocinadores como naipes (...). La mayoría aparecía en los membretes de todas las organizaciones. "Le arrancamos un billete de cinco libras la última vez". " Pues que escupa otros cinco. Al fin y al cabo sólo lo hacen para aparecer en el membrete".
¿Qué habían hecho nuestros "respetables patrocinadores" para merecer semejante desprecio? Por definición, eran gente de éxito. No eran jóvenes. Lo peor: no eran revolucionarios. Las personas que creían en el triunfo del socialismo e incluso en la posibilidad de conseguir una sociedad justa a través de medios pacíficos, eran cobardes lacayos de la clase dirigente, como mínimo".