En el biografismo se da el germen del cáncer literario. Cuando hay demasiado yo, demasiado del poeta, del escritor, de aquel que se declara potentado del texto, entonces se manifiesta la presencia corrosiva de lo real. Ya no se edifica sobre sí mismo, siendo una estructura definida por y para sí misma, sino que remite hacia algo exterior. Hacia el autor. Y cuando eso ocurre no sólo se pierde la función literaria —su sostenibilidad, la posibilidad de evocar un mundo que sólo se atiene a sus propias reglas internas—, sino también la vida de aquel que ha buscado retratarse a través de un mundo que nunca ha sido suyo.
El eclipse de Yukio Mishima no es «un retrato íntimo y personal del autor que revolucionó las letras niponas». Es un ajuste de cuentas. Es un ensayo sobre la relación entre el cuerpo y la literatura. En ambos sentidos, se cruzan en más de dos direcciones: ajuste de cuentas contra nuestras limitaciones, contra la presunción de una pérdida (que es la de Mishima, que es la del físico) a causa del tiempo, contra un cuerpo que nunca es del todo propio. Shintaro Ishihara no demuestra en ningún momento tener conciencia alguna por su amigo. Yukio Mishima aparece para ser ridiculizado, dinamitado y, dado la clara oposición política que existe entre ambos —no por nada Ishihara es extremadamente conservador, hasta adentrarse en el racismo, la homofobia y la misoginia, algo que choca frontalmente contra la sensibilidad de Mishima para retratar todo eso—, neutralizado. Ishihara puede presentarse como amigo de Mishima, pero lo único que se oye son los ecos de un proyecto político perfectamente delimitado: lo importante no es el acto literario, sino el yo político que se trasluce tras la literatura.
En ese sentido, Ishihara es un fracaso. Incluso en el análisis más sucinto y parcial posible, comparando la primera obra de ambos autores, Mishima demuestra una sensibilidad, delicadeza y savoir faire que Ishihara nunca tuvo. Algo que puede apreciarse en El eclipse de Yukio Mishima. Todos sus ataques se dirigen siempre hacia el hecho de que nunca desarrolló su talento, algo que contradice algo tan simple como acudir a la obra del mentado: Mishima fue prolífico sin dejar de ser poético. Sólo muy rara vez se permitió ser mediocre, pero mediocre de un modo grandilocuente; mediocre como el escritor medio escribe su mejor obra por la que es aplaudido y vitoreado. Y eso sólo en sus peores momentos.
Es posible que fuera excéntrico. Y es indudable que tenía complejos inefables a sus espaldas. No hace falta más que leer Confesiones de una máscara para comprobarlo. Sólo vagamente biográfica, se puede escuchar ahí un Mishima de cuerpo frágil, siempre buscando algo más allá. Pero a diferencia de Ishihara, también hay algo sincero, en ningún momento impostado, en su propio sufrimiento.
Ishihara se jacta de principio a fin de su propia fuerza. Es, en comparación con Mishima, sólo vagamente narcisista. Se nos presenta como un dechado de virtudes explotando sólo sucintamente algunos pequeños defectos, concesiones perdonables que demuestra que, con todo, es un ser virtuoso. Es moderado, tranquilo, sabe moverse en sociedad. Algo que está muy bien para decirlo sobre un político, sobre alguien que llegaría a ser gobernador de Tokio, pero no sobre un escritor. Sobre un artista. En las entrevistas que cierran el libro podemos ver un Mishima exaltado, extraño, siempre con una respuesta en la boca, con dudas y reproches, yendo a veces más allá de donde el sentido común nos dice que habría que ir. Pero en ningún momento vemos impostación o ansias de epatar. Mas al contrario, ante la literatura, ante la vida, parece vibrante y extremo: siempre desea llegar más profundo, llegar hasta algo que sólo él pueda ver. Y a veces se equivoca. Pero incluso cuando se equivoca resulta fascinante de leer.
Algo que no se puede decir de Ishihara. Su constante parafrasear insultos y burlas de amigos, apilar uno tras otro argumentos de cómo el narcisismo de su amigo muestra su incapacidad literaria, sólo demuestra su nivel político, prodigioso, y su bajeza humana, tanto en comportamiento como en capacidad para leer el corazón ajeno.
Mishima era un hombre atormentado. Limitado por su físico, por sus ideas, por la extravagancia de un pensamiento sin límites. En suma, un artista. Eso sí se trasluce del texto de Ishihara, el cual parece no comprender ni siquiera cosas tan básicas como que un padre (el de Mishima) prefiera que su hijo haga lo que desee en vez de lo que él cree que debe hacer después de que, intentando combinar ambas cosas, sufriera una experiencia cercana a la muerte. Porque en la vida de Mishima lo único que acabo significando algo fue la muerte.
Muerte que Ishihara nos invita explorar desde un resentimiento que tiene ecos políticos. Porque el único que se retrata aquí es Ishihara. Retrata su debilidad, su incapacidad para llegar al corazón de las cosas, de Mishima y, en no pocos momentos, nos muestra algo que queda peligrosamente cerca de la psicopatía. Eso no quita para que tenga ecos de una belleza arrebatadora. Su tesis sobre el cuerpo como un condicionamiento menor, pero existente, para el trabajo literario es interesante y, algunas de sus reflexiones, no están exentas de lirismo y disposición. Pero para alcanzar eso hay que sumergirse en un marasmo de críticas e insultos, un intento sistemático, por más que él insista en que son notas a vuelapluma, de desmontar todo el entramado psicológico de una mente que le era completamente ajena; la sensibilidad de aquel capaz de comprender al otro, de ponerse en su lugar, de no pretender imponer una visión pura de la realidad exenta de contradicciones. De un yo por el cual no puede sentir empatía.
Sólo las entrevistas salvan al libro de ser un mal panfleto. El ejemplo perfecto de cómo demasiado yo, demasiada incapacidad de leer al otro en su propia otredad, oblitera cualquier posibilidad de literatura. Porque Mishima podía leer en el corazón de cualquiera. De ahí su éxito. No por su debilidad, su impostura o sus contradicciones. Eso era la persona, no el escritor. Y el escritor era de una altura literaria y moral que nunca jamás tuvo el Ishihara escritor, porque siempre fue nada más que el Ishihara político.