Des années 1970 à nos jours, entre chronique douce-amère, aventures loufoques et souvenirs désenchantés, mêlant fiction et réalité, le récit de la vie d'immigrés catalans en exil au fin fond de la jungle mexicaine. Une prose inventive et foisonnante, le tableau d'un monde à la fois tragique et flamboyant dans la lignée de Cent ans de solitude . Alors qu'il souffre depuis des mois d'une infection oculaire tenace, Jordi Soler tente la solution de la dernière chance : retourner en pleine forêt tropicale, à la Portuguesa, la plantation de café fondée par son grand-père républicain, pour consulter une chamane réputée pour ses talents de guérisseuse. Les souvenirs remontent : les formidables cuites au whisky et au mint julep du vieil Arcadi et de ses amis ; les repas pantagruéliques en l'honneur de Changó, l'infâme maire libidineux ; l'éléphant échappé d'un cirque itinérant enclin aux siestes sur la terrasse ; et puis Marianne, sa tante, affligée d'une maladie nerveuse, douée d'une force physique inouïe, une tigresse qui terrorisait la famille et battait sa sœur...
À travers la folie de Marianne et les désillusions d'utopistes tentés par le rêve d'une Espagne idéale, Jordi Soler nous conte toute la tragédie d'un double exil, entre nostalgie d'une époque révolue et attente d'un avenir qui n'arrive jamais...
Nació en 1963 en La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes situada en la selva de Veracruz, en México. Desde Bocafloja, su primera novela, Jordi Soler se convirtió en una de las voces literarias más importantes de su generación. La Casa de las Culturas del Mundo (Haus der Kulturen der Welt) en Berlín, elaboró un perfil sobre su obra donde dice: “Más que cualquier otro de los escritores de su generación, Soler ha conseguido un estilo propio, altamente visual, en su prosa y su poesía”.
Durante diez años, de manera paralela a su trabajo de escritor, hizo programas de música y literatura en dos de las estaciones de radio más influyentes de México; luego fue diplomático en Irlanda y ahora vive en Barcelona, la ciudad que abandonó su familia después de la Guerra Civil, donde trabaja en su siguiente novela y en artículos que publica en diarios y revistas.
Qué manera de no asumir responsabilidades y de narrar violencias propias y ajenas absolutamente brutales en este libro con la excusa de que ay la selva es muy mala. Se me ha bajado hasta la tensión en el capítulo final. Querida hermana loca Marianne, cuánto sufrimiento justificado por la misma violencia que perpetra tu sufrimiento. Lo que tengo que leer por trabajo, pero ojalá dejar de leer a señoros de una puta vez.
Una novela corta que tal vez debería releer. En su momento encontré algunas cosas interesantes, el final es devastador, decadente, por cierto. Muy salvaje. Ahora que parece que mis sentidos literarios están más alerta, tal vez encontraría más cosas. Pero me gustó cuando la leí, era habitar una selva donde no paraba de llover y de haber mosquitos.
Aquí un fragmento muy dramático:
"El viaje en barco negrero fue una pesadilla, los soldados, calculando que en el trayecto su botín de esclavos sufriría una merma, atiborraron la crujía; donde cabían doscientos habían metido cuatrocientos cincuenta, en un espacio oscuro, húmedo y salitroso que iba por debajo de la línea de flotación del barco, y donde escaseaban la comida y el agua y desde luego las literas y los retretes, y en esas ignominiosas condiciones, en ese zulo infernal donde los negros iban hombro con hombro y pecho con espalda y no tenían espacio ni para sentarse, ni para sesgarse un poco a la hora de defecar, hizo su viaje Yanga, el otrora príncipe de los Bora del Alto Nilo, que vio con desesperación cómo muchos de sus súbditos, menos dotados que él, morían de pie, apoyados en los cuerpos de sus paisanos."