La predilección de la nostalgia hacia el pasado me parece peligrosa. Cuando la nostalgia enuncia sus momentos verdaderos, en lugar de matizar, de diferenciar y llenar de color, es como si llenara el recuerdo de una bruma impenetrable, ya perdidos los detalles, lo importante no es la exactitud, sino un cierto olor, algunos colores ya difuminados, sin brillo, algunos sonidos distantes, ya no nos importa lo que decían las bocas, sino la entonación, el ritmo y la cadencia. Así, la vileza podría mostrarse como el brío, la violencia como ensoñación, el cambio funesto en paso tierno del tiempo. Todo lo que toca lo llena del aire de infancia en que todo, por ser vez primera, era más nuevo, más tierno, más bueno por más primero. Yo no creo en el pasado y ni creo que la nostalgia pueda rescatarnos de nuestros errores, no es mi maestra, y cuando me embarco hacia el pasado no le quito el brillo y no me pierdo en las entonaciones para olvidar lo dicho. Aquí nacía la pregunta de mi lectura: ¿por qué a pesar de mi reticencia a la nostalgia, me veo embebido por Jorge Teiller quien habita en su poesía, casi perenemente, la infancia? ¿por qué si mi despecho hacia la nostalgia es inamovible, me seducen las imágenes, me enervan, me introducen casi como si fuera una contradicción hacia vivir más intensamente el hoy, acaso el futuro, por qué las imágenes me devuelven lo que no he tenido, desde el pasado hacia ahora? ¿por qué estas imágenes me pegan en el centro de todo lo que importa?
Tenía ya ciertas inquietudes, incluso, ciertas pistas, pero Teilleir me lo confirmó de su propia voz, en el ensayo del epílogo. Cito sus palabras: «Para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intentode integrarse a la muerte, de la cual tuve consciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer. Sé que la mayoría de las personas que conozco y conocemos están muertas, creen qeu la muerte no existe o existe sólo para los demás. Por eso en mis poemas está presente la infancia, porque es el tiempo más cercano a la muerte, y no canto a una infancia idealizada, una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la admiración ante las maravillas del mundo. Nostalgia, sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debería pasarnos» (p. 201).
Tal vez aquí resida el potencial político de la poesía de Teilleir, en elaborar una imagen de la modernidad en la que lo deshecho por ella es lo esencial. Casi como si la imagen de Benjamin sobre el progreso se volviera aún más poética: no se trata de ver hacia adelante ya, la vanguardia ha agotado la posibilidad de su futuro ante el acabamiento del futuro mismo: "Tal vez habría que cambiar la palanca del cruce / para que se descarrillen los trenes". La poesía ya no es la profecía de las grandes ciudades, como Maples Arce ya cantaba, sino la imagen misma de un detenimiento, un darse cuenta de que el tren ya no puede ir cabalgando hacia adelante como el tren del progreso sino que es necesario activar el freno de mano, ese acto revolucionario ya no sería provocar sino detener: es como la imagen oximorónica que ya elaboró Huidobro: "Y sobre el camino
Un caballo que se va agrandando a medida que se aleja". Ese caballo en Teilleir es tantas cosas...
Teillier elabora sobre este caballo prestado la imagen de la "experiencia". La modernidad, sus hijos, sus futuras generaciones ya no tendrán experiencias significativas y reales, el mundo de la autenticidad está definiendo su fin a partir de su movimiento incesante, rapaz, hacia adelante: "Es así como ahora todo nos falta.Si alguien nos ofreciera / un poco de sidra del abuelo tal vez / nos salvaríamos". Pero esa sidra es ya imposible. Se nos ha negado y lo hemos perdido todo. Beber esa sangre sería no un ejercicio de la nostalgia que se detenimiento para masturbar su melancolía sino uno de emancipación, de profética acción revolucionaria ya contenida en el pasado.
La poesía de Teilleir vibra por au ausencia, por su incapacidad de retener sus imágenes no por falta de denuedo, sino por fuerza del yo. El yo lírico no es triunfante, no se posa, como el de Neruda, en la cúpula de su cibración indócil para no solo mirarlo todo, sino recogerlo y dominarlo. El sujeto lírico más bien se retrae, mira condetenimiento no para describir la mismidad o esencia de las cosas, sino como un breve "ojeo", para mirar cómo las cosas brillan y dejan su breve y débil estela sobre nuestro cuerpo, es una mirada tímida pero poderosa. Tal vez porque no quiere tropezarse con el lenguaje, hacer de él el objeto mismo de la poesía sino ocuparlo para mirar el mundo, detenerse ante de él, acariciarlo, enunciar a través de él nuestra debilidad ante la fortaleza de las cosas importantes y posarse como las naranjas maduras se sostienen en el filamento de los árboles: a punto de caer.
Jorge Teilleir en el epílogo admite pensar en cosas incontestables. Por ejemplo, escribe que a veces sde pregunta por el momento en que alguien lo deje de leer, o el momento en que alguien lea un poema suyo por última vez. Creo que su poesía es el testamento de cierta fuerza irrecuperable, una crítica poderosa a nuestro mundo inauténtico, una poderosa hazaña de renovar la vida abandonado la vida cotidiana, pero con sus elementos. Por ello creo que el día en que se deje de leer su poesía será el día en que todos dejemos de leer, en sumar, el día que ya no existamos. Su poesía permanecerá por la fuerza de sus imágenes, la intensidad del ritmo y porque nos recuerdo del "milagro increíble de estar sobre la tierra"; también porque como él bien escribió, si dejamos de escuchar su voz tendremos que pensar que el bosque habla por él, con el lenguqje de las raíces. Raíces en el fonde de esta tierra.
Siempre termino mis reseñas de poesía con algún poema completo. Me es muy díficil elegir uno entre tantas, uno de todos los que ya sin saberlo me han salvado la mía. Pero el poema que dejo aquí escrito, lo escribió Teilleir para otro poeta, para René Guy Cadou. Y aunque el epíteto es para otro, yo pienso que también funciona para él:
EL POETA DE ESTE MUNDO
Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero,
el aduanero y el contrabandista,
vivías en una aldea de sesicientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases,
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas
de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
(«Helena como una gota de rocío en tu vaso»).
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas
de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno.
Y mientras tus amigos iban al Café, a la Brasserie Lipp o al Deuz Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.
En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos.
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.
Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo
que nos desborda,
que no significa nada si no permite a los hombres acercarse
y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos
del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente
a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a
los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los que quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada
que decir.
La poesía
es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.
Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda
la primavera
mirando un cesto con manzanas.
“He visto morir a un príncipe”
dijo uno de tus amigos.
Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues también sabías que se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro que
cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.
21/21.-