Madrid, otoño de 1614. Gonzalo Escondrillo, archivero del marqués de Hornacho, ha aparecido muerto en extrañas circunstancias en el gabinete de las maravillas, orgullo de la casa del marqués y su tesoro mejor custodiado. Entre otros objetos valiosos y extraordinarios, la colección cuenta con colmillos de elefante, una armadura del rey Carlos, cuadros de maestros italianos y flamencos, la piel de un oso polar e, incluso, prodigios insólitos como un cuerno de unicornio, un niño con dos cabezas, la mano de una sirena y el pezón de una santa. Tras el caso del Quijote apócrifo, Isidoro Montemayor es el encargado de investigar su muerte. Todo apunta a que se trata de un intento de robo pero¿qué se han llevado?¿Qué esconde el gabinete de las maravillas?¿Qué o a quién buscaba el asesino?
Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, 1960) es licenciado en Geografía e Historia Antigua y Medieval. Autor de tres novelas: El olor de las especias (2002), Ladrones de tinta (2004), ganadora del I Premio Internacional de Novela histórica Ciudad de Zaragoza y del I Premio Espartaco (concedido por la Asociación Semana Negra a la mejor novela histórica editada en español) y El gabinete de las maravillas (2006) con la que gano de nuevo el Premio Espartaco en el año 2007.
De Stephen Jay Gould aprendí que un científico que desdeña las humanidades es como un hombre manco que tiene que elegir si pinchar o cortar el filete, o como diría más elegantemente doña Emilia Pardo Bazán, elige deliberada y orgullosamente ser tuerto del cerebro, o sea medio tonto.
Una vez aprendes que ciencias y humanidades están unidas inextricablemente el científico comprende que la construcción del pensamiento no es sino la concatenación de muchos aspectos del pensamiento humano, aspectos que incluso a priori encontraríamos antagónicos. No se puede entender la ciencia moderna sin la escolástica medieval, ni la escolástica sin Aristóteles; de la misma forma que no se pueden entender los avances científicos sin la participación de marcos mentales de otras disciplinas muy alejadas de la ciencia, como la economía. Este nueva comprensión me ha hecho sentir más fascinación por la historia de la ciencia que por la ciencia en sí, y pocas cosas llaman más mi atención que los gabinetes de curiosidades, cámaras de maravillas y colecciones de rarezas con las que los coleccionistas pudientes y ociosos pretendían abarcar la infinita grandeza de la creación divina. Del estudio de estos inventarios de plantas, animales, fósiles, minerales y rocas, en origen caprichos de aristócratas excéntricos, nace una historia natural seminal, descriptiva y metodológicamente en pañales, que, tras la Ilustración y el Romanticismo decimonónico, dará lugar a ese pilar maestro que es la teoría de la evolución, sin la que bajo su luz nada tendría sentido en biología.
En esta segunda entrega de la saga ambientada en la España aurisecular, Isidoro de Montemayor, hidalgo al falta de su ejecutoria, se retira del ingrato negocio de mamporrero literario tras esclarecer la identidad de Fernández de Avellaneda para entrar al servicio de la joven marquesa viuda Micaela en calidad de secretario, a todas luces una promoción que le proporciona seguridad y un lecho mullido y caliente. El idilio en que vive nuestro hidalgo acaba cuando se enteran del asesinato de Gonzalo Escondrillo, secretario del Marques de Hornacho, en el gabinete de maravillas de este, lugar al que nadie tiene acceso, a excepción del finado y el marques. Dado el parentesco que une a la marquesa con el marques de Hornacho, su tio, Isidoro recibe la tarea de encargarse de la seguridad del comprometido gabinete mientras su propietario parte hacia Flandes, y de esclarecer el crimen, si es posible.
Mateo-Sagasta sube de marcha en cuanto a truculencia pero no en cuanto a intriga, pues, aunque un asesinato siempre es más atractivo para el morboso aficionado a los crímenes literarios, no hay nada que estimule más la imaginación que desenmascarar la identidad de quién se esconde, desde hace cuatro siglos, tras un seudónimo. La truculencia aumenta no solo por el crimen en sí, sino por su escenario, ese gabinete de maravillas del que he hablado antes, y de entre los cuales el de Hornacho sobresale en cuanto a morbosidad, pues entre sus piezas destacan los esqueletos y cuerpos embalsamados de individuos teratogénicos, es decir, de seres humanos deformes, como siameses unidos por el cráneo, hermafroditas con ambos juegos sexuales funcionales, enanos, gigantes y mucho, mucho más; personas a las que no solo exhibe, sino que cría y mantiene como parte de su servidumbre. Este es el caso de la víctima, que escondía bajo su bonete un cuerno de macho cabrío ¡Qué hubiera hecho Pilar Pedraza con un escenario así, en el que el espíritu barroco, la deformidad y la metamorfosis se fusionan a la perfección!
Al principio, Isidoro sospecha que el asesino del secretario debía de tratarse de un coleccionista rival tan poco escrupuloso como el marqués de Hornacho, pues el finado aparece degollado brutalmente, como si alguien hubiera querido hacerse con la cabeza pero algún imprevisto lo hubiera obligado a huir sin ella. Por supuesto, la trama criminal es mucho más complicada. Si bien la investigación se maneja de manera un tanto irregular y el esclarecimiento es algo predecible, varios giros la hacen siempre interesante.
Aunque, tal y como ocurría en la novela, la investigación es una excusa para describirnos ese Madrid aurisecular y barroco, su efervescencia de tipos humanos, su corrupción cortesana y su olor a incienso. En esta segunda entrega, sin embargo, debido a la mejora social del protagonista, la aparición de importantes figuras literarias es mínima, limitándose a algunas referencias cervantinas, como la famosa cabeza parlante que aparece en el Quijote y que, por supuesto, también se encuentra en el gabinete del marques de Hornacho. En su lugar tenemos, aunque solo superficialmente, a ese casi desconocido gremio eclesiástico de curas científicos -sí, se que suena a paradoja- que en España más habitual de lo que uno podría imaginar. Para el amante de la historia de la ciencia, el escenario no podría ser más atractivo.
Quizá el lector que venga en busca de una historia de asesinatos de ambientación histórica se sienta decepcionado, pero dudo que el amante de la novela histórica vaya a aburrirse. Es a estos últimos los que más recomiendo esta novela, que si bien no alcanza en calidad a la primera, tampoco le va a la zaga.
Desde que hace un año terminé de leer Don Quijote de la Mancha, he estado buscando novelas o ensayos que traten sobre el tema o se desarrollen en el Siglo de Oro español. El primero libro de esta serie, Ladrones de Tinta ha estado en mi lista por leer ya por varios meses, pero decidí comenzar con El Gabinete de las Maravillas porque es mucho más corto. Y la verdad que me he desilusionado poco.
La premisa es interesante –Isidoro Montemayor, un escribano, se ve envuelto en un misterio cuando el archivero del Marqués de Hornacho, Gonzalo, es encontrado muerto en su escritorio, casi decapitado. Isidoro tiene acceso a la casa del marqués, toda vez que tiene una relación con su sobrina, Micaela, una viuda culta y rica que lo mantiene de amante. Él se muestra interesado en el asunto, ya que el marqués cuenta con un afamadogabinete de las maravillas mismo que contiene desde libros rarísimos, cuadros, obras de arte y hasta especímenes de fenómenos de la naturaleza –enanos, cuernos, miembros amorfos, todo. A decir verdad que el marqués tiene gustos peculiares y por tanto, el asesinato de su archivero desata una serie de pesquisas para asegurarse que nada se ha perdido.
A nadie parece interesarle la muerte de Gonzalo, pero Isidoro pone manos a la obra para tratar de descubrir al asesino. Pronto hay otro asesinato y se descubre toda una red de mentiras de una familia que busca apoderarse de algo que no le pertenece.
La premisa suena muy interesante y creo que la novela en sí presenta un buen retrato de la época y las costumbres de vida en la España del siglo XVII. La idea del gabinete de las maravillas es muy interesante y las descripciones que de éste se hacen muestran las excentricidades de la realeza de entonces. Creo que los personajes son creíbles de acuerdo a su época y su estatus social. Asimismo Mateo-Sagasta nos presenta con un dejo de ironía los vicios de una sociedad que se consideraba religiosa y única. En este aspecto, el libro nunca es aburrido.
Sin embargo, creo que a la trama le faltó un poco más de fuerza, o quizá el misterio fue demasiado simple para mi gusto. . Es decir, si bien el desarrollo tiene lógica, esperaba algo más, ¿maravilloso?, y al final si bien la historia es redonda, todo el preámbulo –las muertes, los fenómenos que formaban parte de la colección, las pasiones enfermizas del Marqués de Hornacho – no aportan, en mi opinión, mucho al misterio principal.
Por otra parte, reconozco también que inicié con el segundo libro de esta serie, y he leído que el primero es mucho más entretenido y define mejor a nuestro protagonista, Isidoro. Por una parte quisiera leerla, y no dejarme llevar por esta experiencia pues si bien El Gabinete de las Maravillas no ha sido de mi gusto, tampoco ha sido el peor libro que he leído este año.
Primera novela que leo de este autor. Reconozco que la trama no me ha interesado demasiado pero está tan bien escrita que he disfrutado simplemente leyendo.
*2.5 Una prosa muy bien escrita, disfrutable y por lo mismo una lectura rápida. Sin embargo la seriedad del "misterio" pasa a un segundo plano, y se ve eclipsada por chistes, comentarios y escenas sexuales.
Increible pensar que el mismo autor de Ladrones.. (que me gusto) haya hecho algo tan poco atractivo. Lo termine de leer solo porque no me gusta abandonar un libro...Muy muy malo. No perdais el tiempo con esta lectura. No me gusto NADA.
En pleno Madrid del siglo XVII, el Marqués de Hornacho posee un riquísimo gabinete lleno de ejemplares bizarros, además de fenómenos, monstruos, libros, antigüedades, joyas, etc. Algunos son bellísimos y otros pueden resultar verdaderos horrores; en dicho gabinete, se cometen dos asesinatos, el primero es del archivero del marqués; puesto que ocupará el escribano de Doña Micaela, sobrina del marqués. Este hombre, no solo se complacerá con llevar a cabo su puesto, sino en esclarecer los crímenes. Una novela hermosa, entretenida, a la vez que sombría por la trama que desarrolla, encerrando aún así episodios de sorna e hilaridad. Muy recomendable.
Un libro que se detiene más en los detalles de alrededor que de la misma investigación, y a pesar de tener una excelente fluidez, no desentraña misterios más allá de los mencionados en el desenlace, una obra que si bien es fácil leer por su prosa y su cohesión tiene también una monotonía en los actos y diálogos de cada personaje. Por otro lado captura la atención del lector en ciertos capítulos deseando saber más del proceso añadiendo cierto pudor por las escenas eroticas a leer, poco a poco vamos descubriendo que por cada capítulo puedes saber quien podría ser el asesino, pero eso se lo dejamos a cada lector.
Mateo-Sagasta entretiene y engancha. La trama es lo de menos, poco justificable, artificiosa, secundaria. Pero el ambiente y los personajes conseguidos con soberbia, pasmosa, aparente sencillez. La prosa fluye bien, el humor, la ironía, y uno se deja llevar, atrapado en ese novelesco mundo del siglo XVII, desde primera fila. Qué más se puede pedir en estos tiempos apantallados.
Entretenido en general, muy bien escrito en general pero siento que es una historia con una resolución muy abrupta, aún así lo recomendaría para pasar el rato como una lectura entretenida.
Pleno siglo de Oro en España mezclado con sarcasmo y un asesinato que al final se queda en segundo plano, aún así muy entretenido y me han encantado los detalles
Un nuevo libro de Alfonso Mateo-Sagasta. Una nueva aventura de Isidoro de Montemayor que he disfrutado y que me ha hecho pasar buenos momentos. Igualmente, un nuevo libro del autor que me deja ver el multicolor Madrid de los Austrias de forma precisa. Sin embargo, es un nuevo libro en el que me encuentro con un par de problemas que son recurrentes en la prosa de Mateo-Sagasta. El primero, el habitual: no termino de ver cómo podría alguien del siglo XVII expresarse en el modo en el que lo hace Isidoro. Cierto es que no se pide una calca del habla castellana del XVII porque resultaría un absurdo y, posiblemente, lo que acabaría teniendo uno entre las manos sería un texto ininteligible. Sin embargo, sí se pediría un poco de mayor precisión, de mayor apego al «allá y entonces», cuyas costumbres y cuya parla son distintas a las del «aquí y ahora». Un texto en el que me parezca que el que habla porta gregüescos, ropilla y jubón, no pantalones de mezclilla y playera de equipo de futbol.
El segundo problema es interesante como materia de estudio y, hasta cierto punto, podría incluso no tratarse de un problema. Para decirlo en pocas palabras, se desarrolla alrededor de lo que yo he dado en llamar «el tratadismo», o «el personaje con alma de tratadista», y que no es otra cosa que el recurso al que apela el autor para poner de manifiesto ciertos datos —por lo general de importancia para la trama, aunque hay ocasiones en las que no es el caso— a través de la explicación que le endilga un personaje al otro. Eso es el tratadismo. Hacer que Fulano le cuente a Zutano cuáles eran los pasos en el razonamiento de Dunce Scoto, o poner al narrador a explicarle a los lectores los tejemanejes de la política imperial española en relación con las ansias expansionistas de sus rivales. Explicaciones que permiten completar el contexto pero que, en muchas ocasiones, sobran, o quedan simplemente mal cuando uno se detiene a pensar en qué tan lógico resultaría que A le echara a B una parrafada inmensa sobre un tema si la escena tuviera lugar en la vida real. Se detiene uno, lo piensa y encuentra que no: de lógica o natural, la escena no tiene nada.
Mateo-Sagasta, como buen historiador, no puede evitar caer en el tratadismo. Sin embargo, lo hace con gracia y, en buena medida, con naturalidad. Un personaje le explica una serie de datos a otro y los dos quedan tan tranquilos, nada que ver con los excesos en los que incurre Umberto Eco en La isla del día de antes, donde al buen hombre se le olvida que lo que tiene entre manos es una novela, no un tratado de semiótica, y por lo mismo se dedica a explicar largamente el mundo de los signos, dejando de lado lo que, al parecer, constituía el objeto central de su narración. Como digo, no es el caso con Mateo-Sagasta, que mantiene en su límite la explicación y, por ende, lleva a pensar si esto mismo, el tratadismo —un tratadismo mesurado—, no es inherente al desarrollo de las novelas históricas, al ser el elemento que permite mostrar al lector que se sabe de lo que se habla, que se ha estudiado y que se conocen un montón de cositas interesantes. De ser el caso, resultaría que unos cuantos datos bien colocados no solo completan el relato, le dan fondo y lo ponen en perspectiva sino que, además, se integran a un código narrativo, el código en el que importa contar una historia y, además, explicar esa misma historia, el gran porqué del pasado junto con los detalles nimios que le dan sal a lo narrado y hacen que el lector exclame «¡Oh! Esto yo no lo sabía. ¡Qué tío tan inteligente es el autor!»
Podría ser el caso. La pertinencia o no de todo ello residiría, justamente, en el criterio del autor. En la mesura. En el tacto y, como condición primordial, en la verosimilitud de lo narrado. ¿Es posible que dos personas inicien, de la nada, una conversación larga y animada sobre el modo en el que opera una bomba atómica? ¿Sí? Pues a ponerlo entonces en la novela. ¿No? Busque entonces otro modo de llenar las cuartillas que tiene frente a usted.
Es el segundo libro que tengo de este autor, hace tiempo comencé a leer ladrones de tinta, pero termino por aburrirme y no llegue ni a la mitad, así que me dije que con éste podría suceder algo similar y de plano lo dejaría sin terminar. Pero aunque al principio la historia resulta un poco aburrida hice el intento de continuar pasará lo que pasará porque la verdad es que no me gusta dejar libros sin terminar.
Además de que el protagonista resultaba cómico por momentos, así que en él recae la parte entretenida del libro, además de que está escrito como si estuviera junto a ti contando lo que pasa desde la muerte de Gonzalo, el archivero que trabajaba para el marqués, quien poseía un cuerno en la cabeza y como lo mencione antes, se cuenta que Hornacho se siente atraído por esa clase de cosas extrañas que hay en la naturaleza y en la humanidad, incluso si hay objetos que están alterados por el hombre.
Es después de la mitad del libro que la historia se hace más interesante y al menos yo sospechaba de todos y de ninguno en cuanto a los motivos que podrían tener para matar al archivero y qué de todo lo que hay en el gabinete había robado. Aunque sin duda el final me quedo a deber un poco, pero la verdad es que no es tan aburrido como lo imagine.
Hace unos años leí Ladrones de tinta gracias a un bookring organizado por Carboanion. A pesar de mi escueto comentario y de que realmente me lié un poco con tanto personaje, me gustó mucho. Lo recuerdo muy divertido, bien documentado y con la información puesta en su sitio. El viernes pasado vi este en unas estanterías de saldo. Me llamó la atención el autor y, al leer la cubierta, descubrí que era un segundo libro sobre Isidoro de Montemayor. No lo dudé y me lo llevé.
Es mucho más breve que el primero y no tiene tanto humor, pero es muy entretenido, te lleva a un mundo de maravillas y monstruosidades y, si te engancha, no lo sueltas hasta que lo terminas, aunque merece una lectura pausada para disfrutar de las descripciones del entorno.
Un buen libro, sobre todo para los amantes de la novela histórica o del Siglo de Oro Español. No muy vistosa, pero bien tramada y excelentemente argumentada.