Siempre lo más conocido de Diamela es Lumperica, su primera novela y una de las obras fundamentales en la literatura chilena desarrollada bajo dictadura. Pero llegue a Vaca sagrada en mi intento de acercarme más a ella, pero también a la narrativa chilena de los 90. De la nueva narrativa recuerdo haberme encandilado con Mala onda de Alberto Fuguet, Nosotras que nos queremos tanto de Marcela Serrano o La ciudad anterior de Gonzalo Contreras, pero el mundo está tan repleto de hombres en las letras que necesitaba seguir leyendo sobre mujeres escritas por mujeres.
En Vaca sagrada (1991, Ediciones UDP) se relatan las relaciones amorosas/sexuales/de vida de una mujer con Manuel, Sergio, Francisca y Ana, personajes que circulan en un Santiago acechado por la violencia política y la precariedad económica. No es una novela sutil, es violenta y de erotismo liberador. Un poco shockeante en ocasiones, una narración bien rítmica, desde la prosa, pero con una sonoridad cercana a la poesía.
Vaca sagrada es una novela sobre la dictadura, pero también sobre las pesadillas y sueños de la transición. El 91, cuando la novela irrumpe, es un año clave en la transición a la democracia y también en la transición literaria. Es la época del estallido de la nueva narrativa chilena y Diamela, ya desde los setenta con la creación del grupo CADA, venía sorteando un proyecto estético político.
Que es la Vaca sagrada? Un primer término desde su sentido literal, alude a la persona que a lo largo del tiempo ha adquirido autoridad y prestigio que la hacen socialmente intocable. También creo qué hay una crítica y enfrentamiento en el campo literario. Diamela suele teorizar bastante sobre los significados y significantes de la literatura. Las vacas sagradas, como las nombró Nicanor Parra; Huidobro, Neruda, de Rokha. La Vaca sagrada es aquella escritura que, desde la marginalidad, rompe con las formas convencionales y anuncia una nueva estética-politica: una intención de desarticular las redes del poder, tanto de los roles sexuales como de los nodos de la creación y el mismo sistema patriarcal. Pero hay un sentido más provocador que apunta a lo femenino. La mujer es definida, popular o cotidianamente, con el nombre de un animal. Entonces, okey, la mujer es una Vaca, pero sagrada, dice la misma Diamela. La novela busca darle un nuevo sentido a la sangre (en particular, la sangre menstrual). Creo que simboliza la sexualidad de la mujer en sus propios términos, no reducida a la noción de suciedad otorgada por la masculinidad. La mujer, ubicada siempre en un borde, en el límite, entre lo humano y lo no humano, lo animal. La Vaca sagrada se ubica en ese umbral, entre el ser y el no ser, una vida que no puede ser tocada pero que carece de valor político. Además, articula ciertas imágenes reiterativas: la sangre, los pájaros en bandada, las trabajadoras femeninas.
“Duermo, sueño, miento mucho (….) Sango, miento mucho. Calentada apenas por un vaso de vino, ahora, me pregunto: en qué clase de derrumbe habré de sobrevivir la crudeza de este invierno?” (p. 33
*La edición 2020 de Ediciones UDP trae un prólogo muy crítico de la obra. Para quienes nos gusta el análisis literario.