Algunos disparos fundan una leyenda. Otros no llegan a hacerse y obligan a escribir una novela entera para entender por qué.
Un hombre encuentra a otro escondido en el bosque. Lo apunta con su fusil, lo mira a los ojos y, cuando sus compañeros le preguntan si hay alguien allí, responde que no. Después se marcha. Puede que toda una vida quepa en ese instante: la del hombre que se salva, la del hombre que decide salvarlo y la del escritor que, sesenta años más tarde, se obsesiona con averiguar qué ocurrió entre los dos.
Ese instante es el corazón de Soldados de Salamina, aunque el Javier Cercas de la novela tarda buena parte de ella en comprenderlo. Al principio cree estar escribiendo sobre Rafael Sánchez Mazas, escritor, ideólogo falangista y uno de los fundadores de Falange, que en los últimos días de la Guerra Civil escapó milagrosamente de un fusilamiento colectivo cerca de la frontera francesa. Durante su huida, un miliciano republicano lo descubrió oculto entre la maleza y decidió dejarlo vivir.
La historia parece hecha a medida para una novela. Tiene guerra, persecución, azar, miedo, un bosque bajo la lluvia y un desconocido que perdona la vida al enemigo. Lo extraño es que Cercas elige contarla desde el lugar menos heroico posible: el de un escritor llamado Javier Cercas que atraviesa una mala época, ha perdido el entusiasmo por escribir y sobrevive redactando artículos para un periódico. Un hombre algo desnortado que tropieza con una historia ajena y se aferra a ella como quien encuentra una cuerda en mitad de un pozo.
Ese narrador lleva el mismo nombre que el autor, comparte con él profesión y numerosos datos biográficos, aunque Cercas deforma su propia vida hasta convertirla en material novelesco, y se mueve continuamente entre los hechos comprobables, la reconstrucción imaginada y la confesión personal. Cercas llama a su proyecto un «relato real», expresión que parece clara hasta que uno intenta decidir qué significa. Los documentos aportan fechas, nombres y testimonios; la literatura debe llenar los silencios, ordenar los materiales y convertir una acumulación de datos en una historia capaz de importarnos. La investigación empieza buscando un nombre y acaba intentando atrapar un fantasma con palabras.
La primera parte sigue la investigación del narrador: entrevistas, lecturas, viajes, dudas, versiones que coinciden a medias. La segunda reconstruye la peripecia de Sánchez Mazas, desde el fusilamiento frustrado hasta los días en que permanece escondido y recibe la ayuda de varios desertores republicanos y de una familia campesina de la zona. La tercera introduce una posibilidad que altera el sentido de todo lo anterior: la figura del soldado anónimo que pudo matarlo y prefirió seguir caminando empieza a disputar el centro de la historia al hombre famoso que logró escapar.
Sánchez Mazas resulta un personaje literariamente fascinante, aunque moralmente difícil de abrazar. Refinado, culto, seductor en determinados momentos, fue también uno de los intelectuales que proporcionaron retórica y mitología a una ideología brutal. Cercas se aproxima a él con curiosidad, reconstruye su aventura y permite que veamos sus contradicciones, pero la investigación termina revelando una desproporción llamativa: el superviviente convirtió su fuga en leyenda, prometió escribir un libro sobre quienes lo ayudaron y nunca llegó a hacerlo. Su gran historia quedó sin contar.
Esta ambigüedad provocó parte de la polémica que acompañó a la novela. Cercas concede muchas páginas a un dirigente falangista y convierte su escapatoria en el motor inicial del relato. Nos obliga a acompañarlo durante su huida, a compartir su miedo e incluso, en algunos lectores, a desear que sobreviva, mientras las atrocidades cometidas después por el régimen que ayudó a construir apenas aparecen. Ahí se abren dos preguntas difíciles de esquivar: si conceder humanidad y espacio novelesco a un fascista equivale a blanquearlo, y si admirar al miliciano que no lo mata supone equiparar a los dos bandos.
La objeción no es absurda. La polémica está inscrita en la propia arquitectura de la novela. Cercas provoca conscientemente esa tensión al mantenernos durante buena parte del libro dentro de una reconstrucción fascinada de Sánchez Mazas. Quien no acepta o no considera suficiente el desplazamiento de la tercera parte hacia Miralles se queda con la historia de un falangista contemplado con una atención que puede confundirse con indulgencia. Quien acepta ese movimiento entiende que Cercas necesitaba equivocarse de héroe para que el verdadero protagonista apareciera con toda su fuerza. Otra cuestión es que la respuesta ofrecida resulte suficiente para todos los lectores. La atención que recibe el individuo tampoco borra que Sánchez Mazas fue uno de los ideólogos falangistas del bando que ganó la guerra y convirtió aquella victoria en una dictadura sostenida durante décadas por la represión.
Comprender a una persona no equivale a absolverla. La imparcialidad imaginativa permite al novelista entrar incluso en la conciencia de quien detesta, aunque esa mirada puede confundirse por momentos con una equivalencia histórica o moral que pondría al mismo nivel a la República y al fascismo. Soldados de Salamina corre ese riesgo. Pero humaniza a un fascista, no al fascismo.
El gesto del miliciano adquiere toda su fuerza porque conserva delante de Sánchez Mazas la capacidad de elegir, con independencia de la identidad de la vida que perdona. La ideología del fugitivo continúa siendo abominable antes y después del gesto: que merezca vivir como ser humano no significa que sus ideas merezcan sobrevivir. Sánchez Mazas proporciona la historia visible; Miralles acaba proporcionando su sentido. La novela concede al falangista la aventura para terminar desplazando hacia quienes la historia dejó sin relato la pregunta por el verdadero heroísmo. Negarse a ver esa diferencia empobrece la literatura; olvidarla mientras se lee puede empobrecer la historia.
La tercera parte cambia de dirección con Roberto Bolaño, que aparece como personaje secundario y casi como agente secreto de la literatura. Su intervención tiene algo de casualidad novelesca: es él quien pone al narrador sobre la pista de Miralles. Ese viejo republicano español perdió la guerra, cruzó la frontera y, como tantos otros, siguió combatiendo el fascismo en Europa. Ahora envejece lejos de cualquier monumento, cargando con una vida que parece contener la suerte de toda una generación derrotada en España y olvidada después.
Y con Miralles entra aire en la novela. Hasta ese momento, Soldados de Salamina podía leerse como una reconstrucción histórica brillante, inteligente y quizá un poco fría. Su aparición cambia la temperatura del libro. La pesquisa sobre la identidad del miliciano empieza entonces a convertirse en otra cosa: una pregunta sobre qué clase de persona puede detenerse ante un enemigo indefenso y renunciar al disparo. Y, detrás de ella, aparece otra todavía más difícil: ¿basta un gesto así para llamar héroe a un hombre?
Cercas plantea entonces una definición del héroe muy alejada de las estatuas ecuestres. El héroe quizá sea quien actúa bien durante unos segundos y luego regresa al anonimato. Tal vez el mayor acto heroico consista, simplemente, en resistirse a la lógica de la guerra. Puede que ni siquiera sea consciente de haber realizado algo extraordinario. Los demás fabricarán discursos, escribirán memorias, recibirán homenajes o serán convertidos en símbolos; él seguirá adelante, envejecerá y acabará bailando un pasodoble en algún lugar donde nadie conoce su historia.
Para mí, uno de los grandes aciertos del libro está en mantener abierta la identidad del soldado. La investigación exige una prueba definitiva, claro. Pero a veces la literatura se conforma con una verdad de otra naturaleza. Saber con absoluta certeza quién perdonó a Sánchez Mazas acabaría cerrando el misterio; imaginar que pudo ser Miralles permite comprender todo lo que ese gesto representa.
Miralles tuvo un referente real, pero el anciano que comparece en la novela es ya una criatura literaria, y Cercas mantiene deliberadamente abierta la distancia entre el hombre real, el personaje y el miliciano del bosque. El narrador necesita que ese hombre adopte una forma capaz de completar su historia. Esa zona de incertidumbre es precisamente uno de los lugares donde trabaja la novela.
También me parece revelador que el narrador se muestre vulnerable, vanidoso, insistente e incluso ridículo en algunos momentos. Cercas evita presentarse como el investigador impecable que rescata la verdad del pasado. Ni siquiera es una fuente neutral: selecciona testimonios, fuerza coincidencias y contempla los hechos desde su necesidad de que la historia desemboque en un héroe. La extravagante Conchi, con quien mantiene una relación, se encarga de pinchar cualquier solemnidad y de formular la pregunta que acompaña durante muchas páginas al lector: por qué dedicar tantos esfuerzos a rescatar del olvido precisamente a un fascista.
El Cercas de la novela necesita esa historia por motivos bastante menos nobles: quiere volver a escribir, encontrar un argumento, recuperar cierta confianza en sí mismo. Su pesquisa contiene admiración, oportunismo, terquedad y una necesidad casi infantil de que las piezas encajen. Esa mezcla lo vuelve reconocible. Miralles, además, le proporciona algo más que el final que faltaba. En aquel viejo de la edad que tendría su padre encuentra una figura paterna, la posibilidad de escribir de nuevo y cierta alegría de estar vivo que creía perdida.
Cercas escribe con una prosa llana, por momentos casi periodística, dentro de una estructura muy medida. La reiteración de ciertos datos puede resultar seca o insistente, pero esa acumulación de versiones, rectificaciones y testimonios permite que la misma escena cambie de significado conforme la contemplamos desde otro ángulo. La aventura extraordinaria del falangista fugitivo va perdiendo el centro hasta dejar paso al homenaje a un hombre incierto y, a través de él, a miles de hombres reales cuyos nombres se perdieron.
La novela habla de la Guerra Civil, pero también de quién consigue contarla. Los vencedores dispusieron durante décadas de archivos, ceremonias, homenajes y relatos oficiales. Muchos derrotados quedaron reducidos a una fotografía, una fecha de nacimiento o una anécdota que alguien recuerda vagamente en una residencia de ancianos; otros ni siquiera tuvieron una tumba conocida. La literatura llega tarde, cuando casi todos han muerto, y apenas puede recoger fragmentos. Aun así, esos fragmentos bastan para devolver durante unas páginas un rostro a quien estaba a punto de desaparecer.
Puede discutirse si algunos encuentros resultan demasiado providenciales, si el narrador se contempla a sí mismo con excesiva frecuencia o si el tramo dedicado a Sánchez Mazas se alarga más de lo necesario. La novela necesita esa demora: Cercas debe equivocarse de protagonista antes de encontrarlo. También el lector tiene que dejarse seducir por la historia brillante del intelectual fascista para advertir después que la figura esencial estaba escondida en el borde del relato.
El título también cambia de dueño a medida que avanza la novela. Al principio parece pertenecer a quienes protagonizan la historia y fabrican discursos sobre la gloria; al final señala a quienes siguieron combatiendo cuando la derrota ya parecía escrita y después desaparecieron sin monumentos.
Soldados de Salamina termina hablando de los muertos, pero se dirige a los vivos. Nos recuerda que una persona puede sobrevivir mientras alguien pronuncie su nombre, cuente su historia o imagine con suficiente fuerza el momento en que bailó bajo un sol extranjero. Es una idea literaria y quizá también una superstición, aunque conviene no despreciar ciertas supersticiones. A veces son lo único que queda frente al olvido.
Le doy cinco estrellas con algunas reservas. Su textura periodística puede resultar seca, ciertas coincidencias parecen demasiado oportunas y Miralles corre por momentos el riesgo de convertirse en la pieza exacta que el narrador necesita para terminar su libro. Aun así, pocas novelas consiguen que su propia arquitectura genere un conflicto moral tan fértil: primero nos obliga a seguir al protagonista equivocado, después nos hace desconfiar de nuestra fascinación por él y finalmente desplaza el heroísmo hacia quienes perdieron la guerra, continuaron combatiendo y acabaron sin relato. Después de cerrarla, siguen ahí el miliciano en el bosque, Miralles y la discusión sobre qué significa realmente llamar héroe a alguien. Ahí está, para mí, la quinta estrella.
Sánchez Mazas escapó del fusilamiento y vivió muchos años. El soldado que lo perdonó se perdió en la multitud. Cercas escribió un libro para buscarlo. Y uno termina la novela pensando que quizá la literatura sirva precisamente para eso: llegar tarde, preguntar por alguien que ya se ha ido y, durante unas cuantas páginas, conseguir que vuelva a caminar.
DC