Sartre crea un zelote a quien consigna todo su pensamiento. El existencialismo no empieza con él, aunque sí la perspectiva que le da. Sin embargo, ofrece un prisma único desde el que mirar la situación del pueblo judío en el primer siglo. Lo que dice el protagonista es aplicable, por tanto, a su situación histórica y a la propia de Sartre en el campo de refugiados, así como a la nuestra.
¿Por qué no ceder a la desesperanza, esa que parece dignificar al hombre mismo? ¿Por qué seguir trayendo hijos al mundo, alimentando en ellos una esperanza por un futuro mejor? ¿Por qué esperar que mejore nuestra situación cuando solo vemos sufrimiento? Es, por tanto, *l'espoir* el tema de la obra. Y se contrasta con el hecho más esperanzador de la historia: un Dios que se hace humano para liberar a los hombres. ¿Es esto posible?
Barioná, al igual que Sartre, no se inventa una situación dramática que clama al cielo. Ambos ponen en tela de juicio, en base a la realidad doliente del mundo: la bondad de la creación, la trascendencia de la religión y el sentido de la existencia. A primera vista, viendo sus razonamientos, parece lógica una postura nihilista: no hay un más allá palpable que nos permita vivir con optimismo. Por tanto, suframos con dignidad, encarándonos con el sinsentido del mundo. Y es justo lo que hace el protagonista de la obra de teatro.
Su problema estriba en convencer a la gente que le rodea. A los pastores se les ha aparecido un ángel que anuncia el nacimiento de Dios en la Tierra para liberar a los hombres del pesado fardo que cargan. La señal es un niño envuelto en pañales en Belén. Esto, junto a la figura espiritual, les basta para creer. Así, el pueblo se subleva ante su líder, que se obstina en la inutilidad del plan salvífico.
Sin embargo, cuando entra en el portal de Belén, al contemplar la escena, se conmueve. Con el corazón compungido habla con Baltasar, quien le explica el plan divino: cómo es posible que Dios haya elegido descender a la Tierra y qué busca con eso. Jesús no va eliminar el sufrimiento pero sí va a dar una razón para vivirlo. Por esto es posible vivir con esperanza. Y esto le basta a Barioná, el primer cristiano. Ejerciendo, de nuevo como líder, llevará a su pueblo a dar la vida por el futuro de Israel, de la humanidad: Cristo-niño.
El narrador, ese ciego que vio pero que ahora no ve, cuenta toda la historia. De detiene en el contexto de los personajes, pero se para detallar qué ve en el Portal. Y es María que cuida al niño: que es su madre y su hija, a la vez. Y es José, que no sabe qué hacer: se mantiene en un segundo plano, contemplando, admirando y amando. Y es Jesús, un bebé con pañales que es el creador de los dos, de la madera y paja en la que está recostado. Ese narrador, que ve donde otros no ven, pero con el ojo interior, el de la fe. Quizás, otro remedo de un Sartre que pasó por Belén, pero decidió no quedarse junto al pesebre.