"La urbe: el infinito cerrado; el laberinto donde nadie se pierde; el mapa exclusivamente tuyo en el cual todas las cuadras están numeradas de la misma manera. Por lo tanto no te puedes perder
aún cuando te extravíes por el camino."
Nuevamente leo un libro de mi escritor japonés preferido: Kobo Abe. Si bien reconozco que no leo asiduamente literatura japonesa (además de Abe, sólo he leído “El marino que perdió la gracia del mar” de Yukio Mishima y “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami), cada vez que me encuentro con un libro de este excelente escritor, apodado “el Kafka japonés”, me entusiasmo porque sé que va a ser una lectura agradable.
Luego de leer libros suyos como “Los cuentos siniestros”, tal vez el más kafkiano de todos, así también como “El rostro ajeno” y “Encuentros secretos” le tocó el turno a “El mapa calcinado” y nuevamente me he sumergido en esos mundos ficcionarios que sólo él puede construir.
El argumento del libro es netamente del género policial negro en el cual un detective sin nombre tiene que investigar el caso de un empresario desaparecido, el señor Nemuro, pero para el cual tiene muy pocos datos con qué iniciar dicha investigación. Tan pocos como los testigos y la evidencia con la que cuenta, lo cual dificulta en gran medida su accionar detectivesco.
Sólo tiene la información que le brinda la bucólica y misteriosa esposa del desaparecido, así también como el cuñado de Nemuro, un personaje de características demasiado extrañas y un empleado subalterno del empresario, llamado Tashiro. También posee una deteriorada caja de fósforos de distintos colores, con un número de teléfono anotado en ella y nada más.
Tiene que moverse a ciegas, buscar a tientas y poner mucho esfuerzo, tiempo, dinero y nervios para poder llegar a alguna pista que le aclare el panorama. Tan sólo conoce un bar, el Tsubaki, en donde vieron por última vez a Nemuro y su intuición. El resto es misterio.
Este detective es altamente analítico y metódico. Trata de poner en juego todas las herramientas posibles, pero con escaso éxito.
Una característica de la narrativa de Abe es la detalladísima (exagerada) descripción que hace del ambiente, las cosas, las actitudes y las personas con la que se cruza. Todo es explicado en primera persona como si fuera una de esas novelas propias del Realismo del siglo XIX que satura un poco, porque “adorna” la escena, pero no avanza con la historia. De todos modos es un detalle que se soporta, puesto que la atención por parte del lector está en el caso investigado.
Creo que “El mapa calcinado” es la menos kafkiana de todas las novelas de Abe, más allá de la complejidad y la inaccesibilidad a la que está sujeta el detective. No está este rasgo tan marcado como en “Encuentros secretos” en donde sí nos encontramos con un personaje realmente perdido y sujeto a extrañísimas condiciones, inmerso dentro de un mundo de leyes que por momento son de naturaleza casi onírica.
Aquí la imposibilidad surge de las pocas pistas y de las personas esquivas pero hay algo que sí debo reconocer: en un momento, casi sobre el tramo final de la historia, Kobo Abe emplea una técnica muy conocida en los relatos de Julio Cortázar, aplicando una cinta de Moebius y de buenas a primeras, todo se da vuelta.
El narrador sigue contando en primera persona lo que le sucede, pero parece ya no ser el mismo que ocupó gran parte del libro, pero algo ha cambiado: comienza a contar algo que al principio parece inconexo pero que tiene que ver con el caso investigado.
Pero, ¿qué es?, ¿por qué este brusco cambio? Y el final: ¿por quién está narrado de esa manera?
Lo dejo a criterio de aquel que quiera leer esta gran novela del genial Kobo Abe para que intente descubrir al igual que el narrador cuál es el paradero del desaparecido señor Nemuro.
Buena suerte.