Un ensayo brillante. Jacques Rancière es uno de los más agudos pensadores actuales de la estética del cine. Béla Tarr es posiblemente el mejor cineasta contemporáneo. Este ensayo está a la altura de las circunstancias. Tarr hace un cine tan hipnótico como desconcertante. Rancière logra poner en palabras lo que capta desde una sensibilidad extremadamente cultivada, erudita, sísmica. Creo que acierta Rancière cuando rechaza la interpretación corriente del cine de Tarr. No se trata de una alegoría del fin de las ilusiones. Tampoco es un cine socialista en su etapa temprana seguido de un cine desencantado con el comunismo y con el capitalismo en su etapa madura. La estética de Tarr recorre otros caminos. El mensaje es todavía peor, más tenebroso. Dice Rancière que Tarr filma la materialidad del mundo sensible en su implacable devenir, en su sensorialidad refractaria, en el vacío schopenhaueriano que se intuye en el fondo del mundo humano. Tarr propone una estética fuerte de la imagen-tiempo en el sentido del Bergson de Deleuze. Es decir, la sustancia de sus películas estaría en la circulación del afecto, no en su fijación. La circulación particular de las imágenes de Tarr es envolvente, se estampa en los personajes, los aplasta en su concreción visual. Al modo de Schopenhauer, lo único que nos quedaría es la voluntad ciega que intenta imponerse sobre ese vacío. Esto explicaría el uso dominante del plano secuencia en Tarr. Tiene sentido. También explicaría su circularidad diegética, su música recursiva y melancólica, y el movimiento que va siempre del entorno al personaje, que primero aparece como parte del entorno pero nunca deja de ser una llegada muda del entorno al personaje. La textura visual de un feroz blanco y negro, la niebla, los árboles, los animales, los campesinos, todo es implacable en Tarr. El supuesto desencanto político, la pérdida de toda ilusión queda en definitiva absorbida por la suspensión semántica. Opino que Rancière insiste en esta restricción ontológica sin dar un paso más para que el lector dé ese paso. Pienso que nos invita a recordar que el ser humano no puede dejar de atribuir significados. Creo que este libro de Rancière queda abierto, interrumpido, para que el lector lo continúe, para que descubra que es imposible suspender el pensamiento y que el pensamiento lleva a la destrucción. En síntesis, opino que este libro es extraordinario, deslumbrante, una clave para ver el cine de Tarr pero también para tratar de entender dónde estamos y hacia dónde vamos.