A veces es necesario. Leer algo que te haga daño y que, a la vez, te sane. Estoy segura de que todas las personas que hayáis (hayamos) leído esta novela estaremos de acuerdo en que es muy fácil sentirse identificada con Daniela. Porque está perdida sin siquiera saberlo, hundida en una rutina que no le hace feliz.
Se habla poco, de lo complicadas que son las despedidas. Es gracioso, porque cuando las leo, cuando en una novela me encuentro esos cierres que duelen; siempre pienso que sí, que hacen daño y que sí, mierda, son necesarios. Daniela es todas las personas que alguna vez hayan sentido que su vida está patas arriba, que necesitan volver a conectar consigo misma, consigo mismo. Daniela es luz y sombra. Y es eso, el hecho de que ella sea tan natural, que esté tan hecha polvo, que se esté buscando y tal vez se encuentre (o tal vez no); lo que ha hecho que me enamore de ella.
Andrea Longarela se corona como una de mis autoras favoritas. Su prosa es preciosa, jodidamente maravillosa, tan sublime que me faltan las palabras. Me muero de ganas de leer la segunda parte y, a la vez, me da tanto miedo que no sé si caerá pronto.
¿He llorado? Claro que he llorado. Por favor, es imposible no hacerlo. Cada palabra araña muy dentro, mordiendo las inseguridades, haciéndolas salir a la superficie. Si no sabéis quién demonios sois la mayor parte del tiempo, si creéis que todavía estáis en ese maldito camino de "voy a encontrarme"... esta novela os va a encantar. Os lo puedo jurar.