He aquí que uno puede llegar un día a clase, sin haber revisado los textos que se iban a discutir, y escuchar cómo van desgranando, poco a poco, algo que te resulta tan familiar. Hacen un comentario, leen un poema, leen otro, y van apareciendo el mundo violento de la infancia, lleno de muerte y sufrimiento —pero, a la vez, impregnado de una belleza que no se puede volver a encontrar en ninguna parte. El desencanto de la vida. La poca libertad de expresión durante la dictadura socialista y el posterior desencanto con la democracia, al darte cuenta de que muchas de tus expectativas y deseos terminan por esfumarse. El erotismo y la sexualidad como experiencias límite, escenas batailleanas. El erotismo como la afirmación de la vida en la muerte. El deseo de romper, de cortar, de destruir. Lo sórdido —cochinos, animales muertos, sexo explícito y transgresivo— mezclado con la ternura y el sufrimiento, pero también con lo más excelso e inmaculado, la belleza sentada en las rodillas para ser mancillada.
Uno espera llegar y escuchar poemas patrióticos eslovenos, sufrimiento de guerra, etc., que es, en gran parte, lo que hemos visto. Que son muy buenos, pero se sienten ajenos. Pero Mozetič, con su influencia transgresora francesa —Rimbaud, Bataille, Genet— y su desencanto poscomunista, no hacía más que recordarme ese viaje al poscomunismo de Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres, por toda la cercanía que encontraba. Fue un hallazgo sorpresivo.
Es por este tipo de cosas que voy a clases de literatura, porque, por más que sientas que estás saturado o que ya nada te puede sorprender, puedes llegar a encontrarte con poemas de una brutalidad y una honestidad inusitadas, capaces de robarte el aliento y dejarte una honda impresión. Volví a casa y me bebí el libro.
Aguante Sarachu y sus clases!!!