Este libro me lo recomendó ardorosamente un amigo con el que mantengo una pequeña diferencia sobre nuestros gustos en materia de novela policiaca en español. Vaya, que no le gustó una novela que a mí me encantó. A él le encantó La estrategia y me la recomendó. Como buen soldado, la compré y me dispuse a caer en su encanto, para así corregir mi error y volver al redil del buen gusto. Y lo cogí con entusiasmo, dispuesto a dejarme convencer. Leí la novela de casi un tirón, en menos de dos días. Y creo que voy a mantener mis diferencias con mi amigo.
De entrada, tuve que esforzarme en seguir leyendo, porque el estilo del autor, en la primera parte del libro, es de los que me cargan. Por menos de esto dejé de comprar un libro que todo el mundo ponía como genial. Y es que los autores ocurrentes, graciosillos, me caen mal, sobre todo cuando se creen Chandler escribiendo es castellano y solo son ocurrentes, sin la finezza del maestro americano. El libro, escrito en primera persona, es neomachista, tirando a fascistoide, de caspa posmoderna. Vaya, como para tener que hacer un esfuerzo por seguir leyendo. Con el tiempo uno hasta se acostumbra a esos diálogos imposibles en que algunas frases hay que volver a leerlas porque el autor las complica tanto. Diálogos que no corresponden a la imagen que uno se hace de la Guardia Civil, o parafraseando al autor, de la picolicie. Ya se va viendo de qué va la cosa. El lenguaje tanto es elevado, de licenciado en filosofía, como canallesco de bisutería pasada de moda. Baste decir que los troncos, maderos y otras expresiones hasta yo las entiendo, que me fui de España hace 25 años y no veo la tele española.
Curiosamente, para un espíritu tan de pies en el suelo como el del narrador/prota de la peli, la segunda mitad se nos pone filosófico con lecturas de Epicteto y de Sunzi/Sun Tzu (repetición que utiliza cada vez que lo cita, que no son pocas) y todo un rollo sobre lo que es el agua que se sabe muy bien a qué viene.
El libro viene salpicado de referencias cultas a obras policiacas, tan poco sutiles que las tiene que italizar. Así, le dice uno de la pasma (así llama a los de la policía, en un alarde de modernidad y aggiornamento) que "ahora que tenéis una cosecha roja...", en cursiva, para que no se te escape el cultismo, que te vas a enterar de quién es el autor.
Estas cosas, y sus muchas disquisiciones político-sociales de tertulia entre amigos, no hace que el libro sea amable a algunos lectores como yo. Pero queda la historia. ¡Ay! Es que la historia es delgada. Desde que se levanta el cadáver de la página 1 y se interroga a la primera persona, ya se sabe quién es el malo. El resto del libro es la historia de cómo recoger pruebas. Los malos son malos Malasombra, que son malos de verdad, como cantaba el Capitán Tan. Los picoletos (ojo, que yo nunca uso este nombre, pero al autor parece que le gusta y mucho) son todos buenos, divertidos, críticos con la sociedad, de un listo que te quedas. Vaya, que aún está por inventar el guardia civil tonto o cortito. Y todos hablan con un lenguaje muy militar, con mi brigada arriba y abajo, o sargento, ven pacá. Los policías, en su sana disputa con los civiles, parecen un poco bordes, pero luego son todos a quien mejor. De país de las maravillas. No se sabe de qué se queja tanto el brigada sobre este país que no tiene solución. Los jueces son malos. Malos como colectivo, porque los que trabajan con nuestro héroe son de pasta de boniato. Los personajes son previsibles, lineales, simples.
Parece que no me ha gustado mucho. Me intriga que mi amigo dijera que, con este libro, el autor se superaba a sí mismo. Esto me acaba de convencer de que, si bien hice bien en no abandonar, porque casi nunca dejé un libro sin acabar, no me verán leyendo otro del autor como no me dé un achaque y no sepa ni quién soy.