Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires en 1963 y vive en Barcelona desde 1999. Es autor de los libros Historia argentina, Vidas de santos, Trabajos manuales, Esperanto, La velocidad de las cosas, Mantra, Jardines de Kensington, El fondo del cielo y La parte inventada.
Si tengo que decir la verdad y nada más que la verdad reconozco que en este libro (aunque podría aplicarse también a los otros libros que leí de él?) hubo momentos en que amé a Fresán y otros en donde lo odié. Este libro es el más difícil, confuso y fragmentario de entre los que había leído él, y les gana a los otros dos en grado sumo. Es obvio, esa confusión y efecto de diluido en las historias es el efecto que quiere generar el libro, solo que en algunos puntos es demasiado aaahhhhhh. Y que se entienda, solo es eso, ese pequeño exceso, porque por lo demás es algo demasiado bueno: las tramas ''extrañas'', las historias que no se quieren dejar contar sin ejercer resistencia, las voces que son camaleones, todo da una unidad tremenda y santa a la obra. El proyecto literario de Fresán, su estilo, están presentes en cada pagina: esa sintaxis única, torcida por su rectitud, su repetición, su camuflaje sobre multiples cuerpos preestablecidos. Este libro cuenta muchas historias, pero su trama principal esta del lado del lenguaje, de la voz unificadora (esa tan famosa en primera persona del singular pero que a veces parece una tercera, pero por un motivo, claro) que narra todo transformándose, apareciendo y desapareciendo ''ahora me vez, ahora no me vez''. Al final del libro, Fresán da agradecimientos y algunos detrás de escena del texto. A primeras parece algo extraño, pero leer al autor hablar sobre su obra después de haberla terminado es algo inesperadamente interesante. Me quedo con dos definiciones que unas de las claves (hay infinitas) para este Vidas de Santos:
''...personajes en busca de un dialogo directo con el Creador, para acabar conformándose con la redención, con la santidad de saberse personajes de una trama que no comprenden del todo pero que intuyen importante''
y
''Mi mas preciada fantasía era y es que los lectores -una vez concluido el libro- agreguen detalles y situaciones a las tramas cuando alguien les pregunte de qué tratan los cuentos de Vidas de Santos''
Cuando pasa, lo que dice la segunda cita, cuando se da esa magia con las historias y las voces (siempre la de Fresán en estos agregados en particular por supuesto), cuando vida y relatos se mezclan hasta diluirse entre si, cuando pasa eso, estamos frente a la literatura.
Mi primer contacto con Fresán fue Historia argentina; quedé deslumbrado. Con Vidas de santos me queda una cierta sensación de empacho. A veces este libro me pareció un milagro, pero también me lo pareció terminármelo.
En todo caso, me hago la promesa lectora de seguir leyendo a Fresán y, con el fallecimiento de Francisco colmando todos los titulares, rescato esta propuesta/milagro:
"Y tal vez habría que cambiar el método, se dice el Cazador de Santos. Reformular los procedimientos del cónclave. Acabar con aquello «en el más absoluto secreto y bajo juramento», y abrazar sin límites la fe y la estrategia del difunto pontífice y santo casi instantáneo Juan Pablo II, también conocido como «el Mediático». Se lo podría escenificar al cónclave como si se tratara de un concurso de belleza —desde los jardines y piscina de Castel Gandolfo—, donde los aspirantes desfilarían luciendo diferentes galas, demostrarían la potencia y afinación de su voz para canturrear bendiciones y, claro, repetirían ese clásico mantra de las misses: «Deseo que reinen la paz y el amor en el mundo». O mejor todavía: Big Pope. Veinticuatro horas transmitiendo desde adentro de la Sixtina, donde los papables entablarían alianzas; se traicionarían unos a otros; y realizarían diferentes pruebas como conducción y estacionamiento del Papamóvil; sometimiento y tortura psicológica a un artista para que les pinte colosales frescos dedicados a su gloria eterna; convencer a la audiencia de que la súbita muerte de Juan Pablo I, también conocido como «el Brevísimo», en 1978 fue «por voluntad de Dios»; probar quién canoniza más rápido; o —asignatura decisiva— demostrar que son capaces de vadear «dilemas existenciales» (como el Tercer Reich o cualquiera de las muchas dictaduras tercermundistas) sin necesidad de comprometerse. Y, por supuesto, oír aquello de «Geraldo, estás nominado» o «Dionigi, debes abandonar la capilla». Y, por supuesto, serían los feligreses quienes elegirían desde sus casas. Y a la hora de comunicar el nombre del vencedor no estarían mal algunos efectos especiales. Ya saben: coros angelicales, rayo de luz descendiendo de cielos que se abren, estigmas, cura de enfermos terminales, todo dirigido por ese muchacho, Mel Gibson. Y, pensándolo mejor, sería pertinente que los papas vinieran con fecha de vencimiento: cuatro años exactos. Hay un hueco a llenar allí, entre los Mundiales de fútbol y las Olimpiadas, con los cónclaves papales entendidos como nueva y vigorosa disciplina deportiva, ¿no?"
Que desilusión. Siempre lo sigo a Fresan en sus notas de Pagina 12 o en entrevistas, me encanta su visión sobre la literatura y sobre algunos autores. Pregona esa especie de lector ideal, como si lo único que hiciera fuera leer libros, sin contaminarse de ideologías, política o coyuntura, algo así como lo que simulaba Borges o Alberto Manguel. Es decir, mientras no se salgan de la literatura, vale la pena tenerlos en cuenta. Por eso, esperaba un librazo y me encontré con esta mierda. Son relatos inconexos con tufillo a experimental, pero no termina siendo nada, solo un divague delirante durante 300 paginas, ni siquiera interesantes. Avance aburridamente por el libro esperando que remontara, y nada. Las ultimas 100 paginas las leí en diagonal porque no me lo bancaba mas. Lo que me estremeció es lo infantil de esto, es tan pueril y básico que no entiendo como se lo publicaron. Me dejo un sabor amargo, entiendo que es una novela de juventud pero me va a costar volver a agarra otro libro del autor.
Un libro “de culto” bien decepcionante. Cuentos que tratan de encadenarse en una obra mayor sin cuajar del todo y que hacen guiños a los personajes de la historia argentina del autor en una construcción de un mundo fresaniano que al menos, en este episodio, aburre religiosamente.