Tengo treinta y nueve años. Mi cara tiene marcas que delatan, en lugar de vejez, noches. En dictadura, la diversión tenía el tenso sabor de lo clandestino. Vivir era clandestino. Pero existía un gubernamental error: las anfetaminas para adelgazar eran tan populares como las curitas Hasnplast, así que los gordos andaban como locos por la calle, y nosotros también. Pasábamos días enteros encerrados en cuartos con las persianas bajas destilando las bolas y bebiendo. Llegábamos a estados demenciales con bajones al segundo o tercer día, monstruosos. No nos importaba. No nos importaba hasta que Alejo, el líder de la banda, se convirtió en carne picada entre los fierros del auto cuando se fue de la despedida de soltero de nuestro amigo José. “Al igual que en sus canciones, Dalton se anima a tocar los grandes temas de la literatura: el amor, la muerte, cierto vacío existencial, pero sin erudiciones o rebuscados artilugios que condicionen la posibilidad de disfrutar lo que leemos. Como poeta (y esta vez narrador), se parece asombrosamente a esos cantantes de voz ronca que no son precisamente tenores pero que saben emocionarnos hasta la médula.” (Juan Manuel Sánchez, La diaria).
Al principio confuso, van apareciendo personajes inconexos que narran pequeñas historias y los vamos conociendo. Luego todo empieza a conectar con todo y todo termina cerrando, un muy buen relato que a su vez nos lleva por un viaje musical al ir describiendo los temas que suenan en cada escena donde hay oportunidad.