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178 pages, Hardcover
First published June 15, 1996
“… una mañana, delante del espejo del cuarto de baño, mientras me afeitaba y miraba mi rostro envejecido… me picó el aguijón de una pregunta, aparentemente la más insignificante y retórica de cuantas pueda plantearse un ser humano: ¿Y después?”Tras una pregunta así, ¿qué se puede hacer sino dejar el trabajo de periodista, abandonar familia y amigos, lo cual, todo hay que decirlo, hizo sin mucho pesar, y encerrarse en el subterráneo de un bloque de apartamentos para realizar funciones de encargado de mantenimiento, o, como él lo llamó, un suicidio platónico?
“Disminuida mi vida, he disminuido el dolor. Usurero de mí mismo, me ofrezco a intereses odiosos, que sólo yo puedo pagar.”Un plan que no suele salir bien, y no siendo Tommaso favorito de los dioses raro sería que lo premiaran con una excepción, tanto es así que siguió con la sensación permanente de que sobre su cabeza pendía “un palo, o un bastón celestial que cualquier día lo aplastará”. Como «un hombre que duerme», Tommaso se convierte en buscador “de la soledad como fármaco y venda de la existencia”, una forma de existencia dirigida por el miedo y semejante a la que tuvo aquel otro famoso desencantado del subsuelo.
“… me invade un impulso de ridícula rabia calculando por lo bajo los millones y millones de hombres que en el mundo, en este mismo momento, se torturan con semejantes dolores inútiles: pasiones, obstrucciones, grumos, amasijos, trampas de sentimientos efímeros que el tiempo borra sin cesar, como una ráfaga de viento transforma a cada instante el rostro del mar.”Pero los dioses son caprichosos y nada puede hacer Tommaso cuando, pese a su intención de tomar distancias con la vida, la vida se empeña en acercarse y juguetear con él, salvo, claro está, rendirse de nuevo, “Si en un juego sólo es posible perder o hacer trampas, ¡hagamos trampas!”.
“Seamos olas también nosotros, olas que vienen y van, mueren y renacen en otro lugar; móviles anillos de una portentosa cadena que un aprendiz de brujo enmaraña y desenreda torpemente en el silencio de la eternidad…”Y todos los que amamos este arte que es la lectura sabemos que una de las mejores trampas para salvar la nada de esta vida son precisamente estos libros maravillosos, también los de Bufalino, un gran tramposo también él con sus lectores, al menos conmigo, que, aun detectándolas, carezco de la sabiduría y la cultura necesaria para desentrañar todas sus claves, detectar todas sus referencias, seguir todos sus juegos.
“¿Cómo puede uno amarse cuando vive consigo mismo las veinticuatro horas del día? Es más fácil amar al prójimo, del que solo conocemos lo mejor que exhibe, su antología.”
“La mejor edad para enamorarse es la mía. Antes de cumplir los setenta se tienen ideas muy confusas sobre las mujeres y el amor.”