Había regresado a clases de francés en la Alianza Francesa, en Monterrey, con la intención de presentar el examen para obtener el diploma de ese idioma, tenía años de no estudiarlo ni practicarlo así que el pronóstico era un rotundo fracaso.
Entre mis compañeros, estaba alguien unos años mayor que yo que yo imaginaba que leía como desesperado porque cada sábado que teníamos clase llevaba un libro diferente.
De todos los que llevó solo de este me acuerdo, por la portada, por el tema que nos cimbró a todos como país cuando sucedió, y porque según yo, fue el único que dio de qué hablar con el profesor de la clase, Thierry.
Me leí otros de Mendoza: El amante de Janis Joplin, Efecto Tequila y Cóbraselo caro, y en ese entonces opinaba que así debía escribirse, Saramago había ganado el Nobel de Literatura no hacía mucho, y ese estilo que había descubierto en el portugués, me hacía sentido a la hora de trasladarlo al lenguaje mexicano.
Es como si Mendoza hubiera ido hacia su literatura desde Rulfo y pasando por Saramago con la mera intención de otorgarnos personajes literarios que pudieran permear la realidad de una manera verosimil y duradera.
En Un asesino solitario encontramos uno de los primeros ejemplos literarios que se acerca a desesntrañar los vínculos del poder económico y político del estado y las personas de poder junto con la delincuencia organizada y el narcotráfico: la segunda no podría ser sin la primera.
Más allá de si la novela logra captar el habla popular, Mendoza entiende que es ficción y no una etnografía, decide crear personajes creíbles dentro de universo del libro y no ir más allá, conciente, quizá, de que esa es la mejor manera de aprehender la realidad que cada vez se vuelve más tétrica y sangrienta.
Este 23 de marzo recordé que tenía el libro a mano y sin pensarlo comencé a leerlo, en poco tiempo le había avanzado suficiente como para decidir terminarlo, ya que si algo tiene bien dominado Mendoza es cómo escribir bien, conciso, preciso, selectivo en su elección de lenguaje para que un lector pueda adentrarse en la trama sin perderse o distraerse.