Ana María Matute, novelista y académica de la lengua, ocupa un lugar preferente en la literatura infantil y juvenil española, además de haber obtenido una gran cantidad de premios literarios verdaderamente prestigiosos, tales como el Premio Café Gijón, el Premio Planeta, el Premio Nacional de Narrativa, el Premio Nadal, el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, etc. Sin embargo, de entre todas sus grandes obras, vamos a detenernos en El verdadero final de la Bella Durmiente (1995) con tal de analizarla.
El verdadero final de la Bella Durmiente se erige como una continuación del cuento de princesas de la infancia de muchos niños. Todos conocemos la historia de la Bella Durmiente, aquella princesa que fue víctima de una bruja malvada y que se mantuvo presa del sueño durante un siglo hasta el momento en el que el Príncipe Azul llegó para rescatarla. Como solía ocurrir en los cuentos que nos leían en la infancia, esta historia concluía de forma muy convencional: el Príncipe rescataba a la princesa y ambos fueron muy felices por siempre. Sin embargo, Ana María Matute, habituada a no conformarse con las explicaciones simples, se plantea en esta novela cómo pudo terminar realmente la aventura de estos protagonistas, de manera que, ha omitido esta fantástica historia popularmente conocida con la finalidad de hacer verdadero hincapié en el contenido nuevo:
La princesa Aurora, al despertar de su largo sueño, llega a palacio con su Príncipe Azul y, juntos, comienzan a llevar una vida aparentemente tranquila, hasta incluso, conciben dos hijos hermosos y sanos. Pero, poco tiempo después, reciben la noticia de que el padre del Príncipe ha muerto, y, en consecuencia, si el Príncipe quiere reinar, deberá cumplir una orden: matar a uno de los enemigos de su padre, Zozogrino.
Así, el príncipe, ajeno a todo lo que va a suceder en su marcha, emprende el viaje para enfrentarse a Zozogrino, dejando a Aurora y a sus dos hijos a merced de su madre, la Reina Selva, la cual irá dejando entrever su verdadera forma de ser y sus intenciones a raíz de marchar el Príncipe, pues es, en realidad, una “ogresa” que siente inclinación por la carne humana y que, tras muchos años de abstinencia, decide resarcirse devorando a la princesa y a los pequeños Día y Aurora.
Por lo que respecta a la interpretación de esta obra, y bajo mi punto de vista, considero que si bien es cierto que, a priori, puede parecer un cuento destinado a un público infantil, no lo es en absoluto, sino que puede ir, perfectamente, dirigido a un público juvenil e incluso adulto, en tanto que su autora, Ana María Matute, se vale de un cuento de tradición popular con el objetivo de mostrar el papel de la mujer en la época, sometida, ignorante y carente de decisión. En este sentido, cabe señalar que llama la atención que, en ningún momento vemos luchar a la princesa, ni preguntar, ni manifestarse por aquello con lo que no está de acuerdo, sino que, más bien al contrario, encontramos a una princesa que recibe las noticias y las acciones con pasividad, tal vez pueda no llamar la atención en gran medida, puesto que durante nuestra niñez nos han leído infinidad de cuentos de princesas en los que ellas no se manifestaban en contra de aquello que no consideraban lícito.
Asimismo, y aunque pueda sonar un tanto atrevido, me gustaría dar cuenta de que he encontrado en la obra ciertas referencias al realismo mágico, las cuales podrían verse, por ejemplo, en Cien años de soledad (1967). Estas podrían ser, la exactitud en la descripción realista aplicada a un asunto sobrenatural, en tanto que se narran acciones totalmente surrealistas, como el hecho de que la Reina Selva deseara comerse a sus nietos y a su nuera, sin embargo, esto se narra de tal forma que el lector, sin sorprenderse, lo ve como algo normal:
“[…] Deseo que mañana por la noche me presentes, bien guisado, con nabos y berenjenas, en esa salsa de vino y comino que tú tan bien preparas, a mi nietecito […]” (Matute, 1995: 33)
“Quiero que mañana por la noche me sirvas en la cena, con salsa de setas, a mi nietecita Aurora. Si no cumples mis órdenes y sabes lo que os sucederá… a ti y a tu familia” (Matute, 1995: 53)
“Rago […] como las veces anteriores, cumplirás mis órdenes a rajatabla. De lo contrario, ya sabes lo que os espera a ti y a tu familia. En fin, no nos andemos con rodeos: mañana por la noche quiero que guises, con la mejor de tus salsa y aderezos, a mi nuera la Princesa” (Matute, 1995: 62-63)
Asimismo, muy vinculado con esta última idea, cabe señalar otro de los rasgos propios del realismo mágico y es que la autora se vale de lo grotesco y alarga la realidad hasta hacerla parecer caricaturesca, tal y como podemos observar en la descripción de la reina Selva al nacer:
“La princesita ha nacido con toda la dentadura. Y, para más señas, es tan blanca y afilada que no se ha podido encontrar en todo el principado una nodriza capaz de amamantarla. […] Después de comprobar cómo la niñita rechaza con muestras de profundo asco cualquier clase de leche y papilla, fue alimentada con carne picada y casi cruda” (Matute, 1995: 41)
Por añadidura, y siempre en esta línea, cabe destacar la aceptación de lo insólito como parte integral de lo cotidiano y de lo normal, pues, por ejemplo, se narra como algo ordinario el hecho de que las plantas, el sol y los animales hablen con la princesa:
“Una mañana, un rayo de sol más potente que los otros atravesó la yedra, y llegó hasta su lecho. Estaba allí, en la almohada, junto a su rostro, cuando la Bella Durmiente le oyó decir:
-Baja al jardín, Princesa, y no tengas miedo, porque este verano guarda para ti una gran pena, pero también la más grande de las alegrías… Y la felicidad volverá a ti” (Matute, 1995: 61)
También cabría señalar las conversaciones entre el montero Silo y el joven Berro, las cuales se desarrollaban en un idioma que solo ellos entendían:
“Silo procedía de lejanas tierras y, por tanto, hablaba una lengua desconocida para todos. Sin embargo, había algo que les llenaba de curiosidad: a veces hablaba con Berro, el hijo mayor de Rago, que solo tenía cinco años, pero que, al parecer, le entendía perfectamente” (Matute, 1995: 49)
En este sentido, en definitiva, tal y como sucede con el realismo mágico, los personajes y acciones funcionan siempre en un plano real, carente de juicios o criterios preestablecidos, de esta manera, todo aquello que hemos destacado como acontecimientos totalmente extraordinarios serían tratados en la obra como hechos propios de la cotidianeidad.
Una vez comentada la interpretación de El verdadero final de la Bella Durmiente, cabría realizar un breve análisis de los elementos paratextuales que subyacen a lo largo de esta obra. Así, por lo que respecta a las ilustraciones que se intercalan en sus páginas, llevadas a cabo por Teresa Ramos, convendría dar cuenta de que tienen el objetivo de hacer más amena la lectura, pues se conjuga tanto letra como imagen. En este sentido, es importante destacar que el total de ilustraciones que componen la obra no es excesivo, con lo cual, considero que, como mencionaba anteriormente, la lectura no es farragosa, en tanto que no abunda el texto escrito, ni tampoco demasiado pesada, debido a una cantidad ingente de imágenes intercaladas. Una vez más, Ana María Matute ha estado acertada tanto en estructura como en contenido.
A continuación, pasaremos a mencionar si estimamos que sea -o no- una buena opción para leer en clase como lectura obligatoria.
De nuevo, bajo mi punto de vista, considero que es una muy buena opción para recomendar a los alumnos como lectura obligatoria de la asignatura de Lengua y Literatura Castellana, en tanto que no requiere un gran esfuerzo de entendimiento, ya que es una lectura sencilla, es, además, una novela breve en cuanto a extensión, y esto es algo que agradecen enormemente los jóvenes estudiantes, como hemos mencionado, intercala letra e imagen, trayendo consigo una lectura más amena, y, por último, por el contenido que, por lo general, probablemente no tienda a disgustar a los alumnos. Asimismo, no considero que hubiese problema en enviar esta novela como lectura obligatoria para cursos como 1º de la ESO, pues el hecho de que la mujer siempre haya desempeñado un papel secundario en la vida cotidiana no es -o no debería ser- ninguna sorpresa para ellos. Sin embargo, quizá fuese mejor enviar esta lectura como obligatoria para cursos a partir de 2º de la ESO, puesto que ya han pasado la transición con respecto a la educación primaria y estarán más preparados para tratar temas controvertidos como este. Además de esto, considero que también podría tratarse en cursos posteriores, como 3º y 4º de la ESO, con el objetivo de, además de tratar el tema de la mujer, dar cuenta de la intertextualidad de Cien años de soledad en otras grandes obras de la literatura española de final de siglo XX.
En definitiva, y concluyo, podríamos afirmar que estamos ante una obra confeccionada con patrones tomados de la tradición fabulística europea, tales como, la suegra perversa, los protagonistas candorosos, el castillo opresor, el príncipe alejado, el ayudante arrepentido, etc., pero escrita con la brillantez que siempre caracterizó a la gran Ana María Matute. La cual, como se ha mencionado, por su forma y por su contenido, sería una lectura perfecta para tratar en las clases de la asignatura de Lengua y Literatura Castellana.
Bibliografía:
Matute, A. M., (1995). El verdadero final de la Bella Durmiente. Barcelona, Editorial Lumen.