Índigo no es precisamente una lectura ligera. Escrita en primera persona, siempre desde el punto de vista de la protagonista —exceptuando el prólogo y el epílogo— describe escenas de una violencia que puede herir la sensibilidad de más de uno. Es una novela que no debe ser juzgada hasta haber traspasado el ecuador de su lectura, momento en el que el ritmo de la lectura se vuelve menos denso. Título y portada son de lo más atrayentes a la vez que sencillos, sobre todo la portada, que nos muestra una silueta de mujer coloreada sobre un fondo blanco y quizá por dar tan pocas pistas sobre lo que podemos encontrar en el interior, es que nos obliga a girar el libro y leer su sinopsis que para nada nos prepara para todo el trasfondo que hay tras la historia de Chrisitine y Orión.
A lo largo de un prólogo y dieciocho capítulos, Christine narra cómo ve ella su vida, ahondando profundamente en sus sentimientos, mostrándonos a una joven llena de traumas que no ha sido capaz de superar a pesar del tiempo transcurrido desde que sucedieran. Ella misma nos irá abriendo poco a poco las puertas de la evolución de su manera de pensar y actuar, cómo la niña que se ve víctima comienza a asumir su responsabilidad y a intentar tomar las riendas de su vida. A pesar de su juventud, tendrá que afrontar situaciones difíciles y tomar decisiones cuyas consecuencias recaerán para siempre sobre su conciencia. Es fuerte, aunque llena de debilidades y son estas las que le harán caer en más de una ocasión, a cual más trágica. A estos capítulos precede una introducción narrada en tercera persona por Dionne, una mujer vampiro que habitó en Barcelona de principios del siglo XIII y como broche final, el epílogo nos presentará a un vampiro recién llegado a la ciudad condal con una misión concreta que cumplir. Todas estas voces adquieren un tono propio que permite distinguir personajes en todo momento aunque, quien más relevancia tendrá será Christine. El capítulo final y el epílogo cierran de manera magistral la obra, dejando abierto el argumento para la siguiente entrega: Cristal, que verá la luz próximamente.
La narración no abandona su estilo lineal, acompañado de los recuerdos de nuestra protagonista que la torturarán constantemente. Para comprender la continua repetición de estos recuerdos que la atormentan, no hay que olvidar en ningún momento la situación a la que se tiene que enfrentar día a día: secuestrada y doblegada ante aquel que asesinó a su familia pero que, a su vez, la mantiene y le consiente a pesar del rechazo de ella a aceptar cualquier cosa que de él proceda. Una situación difícil, convivir con alguien cuyo rostro te recuerda constantemente la tragedia vivida en el pasado. Y para dar importancia a esto, es que Eva Aguilar remarca continuamente en la historia los sentimientos de Christine. Se hace tedioso en ocasiones pero es algo necesario para comprender mejor a este personaje.
El estilo de la autora es muy cuidado, con descripciones tan detalladas que hace imposible al lector no adentrarse en esa Barcelona actual en la que se desarrolla la historia. Aquí de nuevo pueden surgir discrepancias a la hora de valorar la importancia de estas descripciones. Cierto que algunas no son necesarias y que ralentizan la lectura pero permiten no perder detalle de lo que en esos párrafos se narra. Como dije en un principio, no es una lectura ligera y estas descripciones son en parte las causante de ello. No debe verse como algo negativo, simplemente como un elemento informativo más en la obra. Al igual que en obras como La sombra del viento, de Carlos Ruíz Zafón, en ocasiones el lector puede sentir como si paseara por los mismos escenarios que los personajes de la obra.
Dura y realista, a pesar de encontrarnos en una novela fantástica, Indigo es una novela para leer con calma, sin prisas y disfrutando de todo lo que la autora nos ofrece entre las 690 páginas que componen el libro.