Colección de cuentos de excelente factura cuya temática diversa se ocupa de dar voz y forma a una corte de los milagros eminentemente urbana, pero de esencia íntimamente provinciana, como su autor, originario de Chiapas.
Cuentos urbanos, todos ellos trágicos donde tienen voz las personas mas vulnerables y que recuerdan un poco a José Revueltas, aunque estos están llenos de humor negro, crudeza y podredumbre. Algunos cuentos son realistas y otros no tanto, a mi me parecieron mucho mejores los realistas.
Comencé este texto como un ejercicio de escritura para reseñar el libro Yo se lo dije al presidente. Rápidamente me di cuenta de que no podía decir otra cosa sobre el tema que no fuera acerca de lo que me provocó su lectura. Solo quiero tocar algo de lo que significa ese libro para mí.
Si es que vale la pena contar algo acerca de mi vida y los libros en ese momento es que era un recién mudado al tránsito continuo que significa vivir en la Ciudad de México, y que el tema con eso no era el cambio, ni la relación decadente con mi padre a quién comenzaba a llamar por su nombre, sino la posibilidad de dar vueltas alrededor de los puestos de libros y conocer la literatura que me ofrecía estar en esa ciudad. Había leído, con más confusión que placer, algunas cosas importantes. Iba delineando un mapa literario trazado apenas por unos versos de Sabines enmarañados con 20 páginas de Pedro Páramo y otras cosas que ya no recuerdo. Andar por los tendederos de libros viejos, hallar un libro, abrirlo y esperar que la página elegida contenga el deseo por querer terminar la lectura que se ha iniciado. Y a pesar de que en muchas ocasiones escogí libros que aún, cinco años después, no he leído, es cierto que si algo se busca sí se encuentra –buscar para encontrar–, y yo encontré algo. Lo vi afuera de la estación Centro Médico, una edición vieja del Fondo de Cultura Económica. Un título simple y debajo un grabado hermoso, cadáveres avecindados que me sonríen, como una fotografía antes de la foto a color. Me quedé suspendido viéndola. –Agárrelo con confianza, dice cincuenta, pero se lo dejo en treinta–; la portada y el precio eran suficientes para llevármelo, pero como último criterio de compra quise ver el interior y lo abrí exactamente en el final del primer cuento. Aquel era un libro, de un autor entonces anónimo, que hablaba sobre la desesperación por dejar la vida que vulnera y sobre una sensibilidad que provoca aferrase a seguir vivo de alguna manera. Alguien quiere ser otra persona, dejar de vivir su presente y regresar a su niñez donde pudo ser todo lo que deseó. Cuando se lee algo como eso no hay otra cosa más qué hacer, me llevé el libro. Hay varias cosas que apuntar, no sé por dónde empezar. Las plegarias son oraciones que se pronuncian con dureza, quien las dice tiene una voluntad muy firme para hacerlo, espera algo, quiere algo. En uno de los cuentos una mujer suelta una plegaria para sí misma y tal vez para que alguien más la escuche en medio de la noche y de la nada. La frase me provocó la sensación cuando algo desagradable es registrado visualmente, produce confusión y mareo. A veces imagino que esa suplica guarda en sí el aspecto de ese sedimento urbano que se escurre en las calles con puestos de comida grasosa y parece pudrirlas lentamente. “Ya no quiero ser puta, quiero ser agua”. Y se hizo líquido derramado en la corriente de la lluvia bajo el puente de Nonoalco. No sé cómo decirlo de otra forma pero me dolió. Pensé en la frase, en la plegaria, pensé en él y en mí: yo ya no quería ser hijo de él, no quería ser agua y tampoco quería ser hijo de Ricardo; no quería sentir el miedo de ella y soltar una plegaria que me transformara en un ser sin presente y sin pasado. No sé cómo argumentarlo, pero hay ciertas frases en los textos que parecen ser el punto donde el autor pensó en escribir el texto y desde el cual se afirma por medio de sus personajes, eso que luego se dice de la literatura de María Luisa Puga o de José Revueltas –a quien Roberto López Moreno le dedicó el libro–, y es que cada cuento parece ser una semilla hecha de experiencias humanas que crecen hasta fructificar en una crónica del dolor en la vida pública. ¿Desde qué otro lugar es posible hablar sino es desde las experiencias humanas acumuladas? Cuando ella siente la mirada de un hombre en su cuarto de hotel yo percibo el abandono del que no habla; cuando en medio de la pelea de box él recuerda los golpes de su padre, yo veo el camino que esa memoria tuvo que crecer para que él se desplomara fatalmente en esa pelea. Pienso en la frase común: eso me gusta porque me dice algo de mí. Despierto de pie, caminando por uno de los viejos pasillos de la casa de El castillo de la pureza, la película que mi amiga Enn solo mira para volver a odiar a Beatriz. Enn aparece pronto y rápidamente se oculta en la oscuridad de una habitación de la que otras personas que no conozco salen lentamente. Se dirigen hacia el centro de la casa, a la reunión donde todos los lamentos y suspiros de sus vidas son comprados por un hombre en una carretilla. Ellos sin tener nada más, venden sus vidas a cambio de unas monedas. Asustado grito que no se las lleve, estando seguro de que en el grito se lleva también la mía. Despierto realmente, solo llego a entender que eso era un mal sueño en clave del cuento “Las tentaciones del trueque”. Un texto puede ser material para las imágenes que crean los dormidos. No quiero desviarme, pero lo haré. Quisiera que aquí estuvieran mis conclusiones y por ahora solo tengo preguntas: ¿por qué hago esa lectura del autor?, ¿por qué me interesa verme en el dolor que expresan los personajes?, ¿por qué hablo de mi vida, de las de otras personas? Aún no he dicho que tuve que dejar su lectura por un rato porque leerlo me requirió mucha energía, o que cuando lo terminé procuré volver a cada página siempre que lo recordaba; que sentí su frío casi metálico una noche del 2021; que me hice muy cercano a su olor, a su delgadez de 141 páginas y a sus tapas rotas; que lo he mudado cada vez que me cambio de casa; que ahora que escribo esto quiero olvidarme de lo que sé de él y leerlo con todo el asombro que pueda. Yo se lo dije al presidente ha estado conmigo, tomo nota de mis días con él.
Son once narraciones que van del naturalismo más duro al surrealismo total. ¿Qué más se puede decir si nuestra realidad así es? Si se volviera a escribir me parece que las calles de Allende no serían los escenarios, sino más bien Chalco, Neza o Iztapalacra.
Estas son las clases de historias que podrían haberme sentido más atraído en mi adolescencia para adentrarme a la lectura.
Cuentan con la astucia suficiente para narrar lo trivial y encontrar dentro la desesperación de la cual se rodea el humano (al menos en estos relatos).