Me arrepiento de no haber ganando nunca jamás el Premio Nobel, para que mis padres pudieran ufanarse de nada y decir: "He aquí una obra un poquito difícil, pero que está llena de sentido social (¡para nosotros!)". Y mientras me arrepiento sigo escribiendo. Escribo la biografía del viejo que pude haber sido y (...) no sé, siento que la cosa está: ya se hizo toda de ficción. Ahora mi personaje puede vender su verdad como si fuera mentira.
«Se trata de una historia solo en patrilínea. Empezó cuando yo tenía nueve o diez años. Aquel día en que murió mi abuelo leí la necrológica en el diario. Decía textualmente: "Aquilio [Egidio] Libertella". Me pasé varios días recorriendo manuales de tipografía y diccionarios etimológicos para entender qué función tenía ese corchete en la frase. Solo voy a concluir que nadie sabía cuál era el nombre de mi abuelo. Qué buen comienzo (para mí: qué buena puesta en abismo de la noción de identidad de la familia). (...) Qué mentira: en los buenos viejos tiempos yo jugaba con la idea neobarroca de la ausencia de origen. "Todo es traducción de traducciones". Pero ahora que por primera vez pienso en estas cosas y las escribo, no sé por qué, lloro. Y mientras estoy llorando puro líquido, asocio los corchetes del abuelo con los corchetes de las tantas botellas de chablis que sir John Gield sigue destapando en algún jardín de Londres».
Una fantasía de libro. Es el primero que editan del autor en España y espero que no sea el último. Cercano a Aira y a Lamborghini, nunca había cruzado el charco editorialmente. Pero ya no hay vuelta atrás.
Un libro compuesto de fragmentos que van desde la carta hasta el artículo breve, pasando por el apunte y la nota. La suya es una literatura inteligente, incómoda y sincera. Un libro en el que quedarse a vivir.