Este es el segundo libro que leo de Byung-Chul Han, quien en su eficiencia lingüística logra trasladar temas que suponía complejos a lectores no familiarizados (o no tanto) con la filosofía. Yo soy más bien un mal lector, aunque pretendo ir mejorando con el tiempo.
Así que un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, leía entre los ejemplares que saqué de la biblioteca de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, cuestión que a mi me llamó enormemente la atención. No solo porque acabo de terminar la Sociedad del cansancio (2010) y, mientras escribo esta reseña, observo perplejo las primeras páginas de la Sociedad de la transparencia (2012) abierta en mi escritorio, sino también porque recae en mi un inmenso cansancio, eterno, como si no tuviera fin ni principio. Siempre estoy agotado, todo el tiempo me siento cansado. Envidio a los que logran hacer su día, su semana, su mes, como si no estuvieran cargando con el peso de quinientos años de cansancio. Estoy cansado y siento que el tiempo se me va, se me agota como la energía que no logro administrar.
El tiempo, vaya qué cuestión extraña; incapaz de condesar mi vida.
Demorarse siempre ha sido, para mi, sinónimo del fracaso, como si lo que prima es lograr un éxito desenfrenado lo más pronto posible para demostrar a no se quién lo prodigioso que puedo ser. Y, sin embargo, a nadie -ni a mi- me interesa. El tiempo empezó a ser una cuestión difícil durante los últimos cinco año. La revuelta popular, la pandemia, mi paso exprés en la universidad, la pedagogía, todo pasó muy rápido. Sin embargo, también, pasó muy lento. Mi abuelo, quien esperaba con ansias que su nieto pueda recibirse en la universidad falleció un mes y medio antes de que egresara de literatura. Yo no me atrasé, sino que él no alcanzó a vivir lo que tanto anhelaba. Yo no me atrasé, pero siento que me demoré demasiado, que podría haberlo hecho más rápido, que le pude haber -incluso- mentido para decirle que sí, que ya me recibí y que su anhelo y felicidad pueda acompañar el término de su vida. Yo no me atrasé, solo que el tiempo pasó demasiado rápido y lo logré condensar en mi vida.
Byung-Chul Han en este ensayo titulado El aroma del tiempo (2009) nos plantea justamente que sentir que la vida se acelera no es algo exacto, sino más bien "viene de la percepción de que el tiempo da tumbos sin sentido alguno" (9). He escuchado largamente a intelectuales repetir vagamente una y otra vez la concepción gramsciana de la crisis, que lejos de hacerle justicia a uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos me produce recelo. Siento que el tiempo da tumbos, que no tiene sentido; siento, también, que se ha acelerado; siento que vivo un presente precipitado del que se dejó de imaginar un país distinto y que, por alguna razón, rechazamos o quitamos el sentido y significado de aquel pasado reciente que nos permitía desplegar un horizonte de expectativas favorables para nuestra clase. Vivo, en pocas palabras, en un presente sin demora, agresivo, de la que solo quiero escapar.
El escape del tiempo, la dispersión, la gran fuga.
El tiempo y el espacio ha sido para mi un tema de relevancia en los últimos años, incluso sobre aquello realicé mi tesis de licenciatura; justo en el momento que el tiempo se fugaba de mi abuelo o él del espacio y yo me quedaba aquí aferrado a la desolación.
Para Nietzsche «el último hombre» alarga sucesivamente su vida con rigurosas políticas de salud; «la gran salud» es el presupuesto fisiológico del superhombre, pero paradojalmente aunque se alargue la vida esta igual se acaba. En este sentido, morir es una forma de fin, pero no hay fin en el tiempo lineal y, por tanto, no hay tiempo de morir pues simplemente la vida acaba, o "ex-pira a destiempo en lugar de morir" (13).
¿Qué ocurre, por lo tanto, en el tiempo de nuestra sociedad contemporánea si la muerte -que es una forma de fin- no es aceptada, pues siempre llega a destiempo, mientras que sentimos que el tiempo -«atomizado»- se nos fuga inconmensurablemente rápido?
Bajo la premisa de «quien vive el doble de rápido puede disfrutar en la vida del doble de opciones» (25), Han plantea que vivimos en un tiempo «atomizado» donde todos los momentos son iguales entre sí, pues la vida "es un presente que se sucede sin rumbo" (16), como un animal desbocado. Tal como nunca es tiempo de morir, sino que perecemos o acabamos -a destiempo-, la vida también carece de toda forma y sentido (14).
El tiempo, para Han, requiere de una continuidad narrativa que de significación y sentido. Reconoce que el mundo mítico "está lleno de significado" (29), y que la narración, por tanto creadora de mundo, permite que el orden (cosmos) prime en su lugar. El orden es justicia, dirá Han, pues "los acontecimientos mantienen una estrecha relación, un encadenamiento lleno de sentido" (29). Es un tiempo condensable, eterno, repetitivo, conocido y reconocido. El mundo histórico, por su parte, es distinto, no es una imagen acabada e inmutable, sino más bien una línea que se traza ininterrumpidamente, y es justamente su linealidad de acontecimiento que progresan hacia una meta lo que le otorga sentido. Sin embargo, si esta continuidad narrativa se pierde, se acaba el mundo mítico, se acaba la historia, y queda solo la información vacía donde no se produce sensación alguna. Es, por lo tanto, un tiempo sin aroma: "cuando se despoja de cualquier estructura de sentido, de profundidad, cuando se atomiza o se aplana, se enflaquece o se acorta" (38).
Baudrillard, por su parte, plantea que la aceleración de la historia ha dejado que las cosas salgan expulsadas de su "esfera referencial" (40), "por lo tanto, la historia o la producción de sentido son resultado de una determinada velocidad del proceso de intercambio" (43). En la Sociedad del cansancio (2010), Han problematiza lo elaborado por Arendt En la condición humana (1958) y como la modernidad pretendió potenciar las capacidades humanas y, sin embargo aquello, terminó en una "mortal pasividad". En este caso, la aceleración -plantea Bauman- como un fenómeno moderno provoca consecuentemente una desnarrativización posmoderna -plantea H. Rosa-que "únicamente responde a una aceleración forzada de los procesos vitales y productivos. Pero en realidad, por el contrario, es la falta de gravitación temporal lo que provoca el desequilibrio de la vida". (56).
Esto nos lleva a la paradoja del presente, como un tiempo acelerado y discontinuo, pero más cercano a un tiempo-ahora (jetz-Zeit) característico de la red en que vamos de un link a otro (64), como uno dentro del otro, simultáneamente. La paradoja, explica Han, consiste "en que todo es un presente simultáneo, todo tiene la posibilidad, o debe tenerla, de ser ahora" (66). Y esta inmediatez de acontecimiento pierde la sustancia de un tiempo aromático, donde el aroma "impregnado de imágenes e historia, devuelve la estabilidad a un yo amenazado por la disociación" (72)
En la última parte del libro reflexiona sobre la «vita activa» y «vita contemplativa», dialogando con Hegel, Marx, Kojéve, Heidegger y Arendt, aborda la función del trabajo, la vida y el tiempo, temas que recoge y desarrolla de muy buena manera en la Sociedad del cansancio (2010).
Este libro es una excelente puerta de entrada a la complejidad filosófica del problema de la existencia humana contemporánea y nos permite hacer visible aquello que desaparece en nuestro tiempo-ahora simultáneo.
"La «vita contemplativa» sin acción está ciega. La «vita activa» sin contemplación está vacía" (160)