Qué libro tan tan pero tan bonito.
El primer amor de (y el) verano.
Una prosa ligera capaz de crear una sucesión de diapositivas que proyectan una adolescencia plena, consciente y feliz. El olor del rocío de los campos de trigo llenos de amapolas, el crepitar de una candela en una noche verano, las risas de familiares y amigos, las noches frescas de verano tras un día caluroso, el ruido de un carro, los vecinos amables, gafas de sol y sombreros de paja, el ruido de los hielos en las copas, una canción improvisada, la arena de playa, el mar tranquilo, la sal que se seca en la piel, bañadores coloridos, una ensoñación, las chicharras en mitad del campo, la sombra de un álamo, las siestas eternas de 20 minutos después de la sobremesa, cosquillas inocentes, más risas, silencios cómodos, miradas cómplices, las nubes blancas que ves moverse en el cielo azul, el verano, besos atrevidos que devienen tímidos, el primer amor, el primer te quiero.
Supongo que lo de Loriga primero en "Lo peor de todo" y lo de Jabois después con "Malaherba" fue un intento, por separado, de hacer algo similar a lo que hizo Julián Ayesta en este libro. Pero, claro, ni se le acerca...
«me hubiese gustado que el mundo se parase en aquel momento y que el tiempo dejase de pasar y que aquellos instantes durasen siempre. Pero tampoco quería eso. Porque mañana iba a ser seguramente un día todavía más alegre, todavía más lleno de felicidad, y seguramente pasarían grandes cosas que uno no podía ni soñar en aquel momento».
«¡Qué larga se hace la quietud con una chica al lado! Y más si es como Helena. Porque Helena sabe hablar sin abrir la boca y provocar horriblemente con una insufrible media sonrisa. Tanto me cargó que, sujetándole los brazos contra el suelo, empecé a besarla. Al quinto beso se me escapó de entre las manos y bajó gritando hacia el valle y los campos de amapolas».
«con el pelo de Helena haciéndome cosquillas en la cara y después sujetarla y hacerla pedirme cuartel con la mirada y no dárselo y oirla decir, rabiosísima: «Bruto, salvaje, bestia, idiota», y luego echarse a llorar de una manera distinta, muy triste, que llenaba de una cosa que no era pena, pero que no era alegría tampoco, una cosa rara que daba ganas de llorar muy suavemente, en algún lugar apartado, donde nadie me oyera y llorar, llorar toda la vida, muy contento de estar llorando siempre.»