Los primeros episodios de Daredevil provocan una mezcla de emociones: en primer lugar, está clarísimo que Stan Lee no tenía ni idea de para dónde quería tirar con su nuevo héroe; al principio es estrictamente urbano, luego anda por ahí en la jungla con Ka-Zar, luego vuelve; en cuanto a su vida personal, se va metiendo de berenjenal en berenjenal, con el inverosímil triángulo amoroso formado por Matt Murdock, Karen Page y el cada vez más orondo Foggy Nelson, hasta que sale por peteneras con la creación del descacharrante «hermano gemelo» de Matt, Mike, probablemente la opción más estúpida de todas las opciones posibles, pero... a ver, estamos en plena Silver Age, una era inocente y naif, así que la cosa, vista desde una óptica moderna, hasta tiene su encanto (o no, supongo que depende del lector). En el aspecto artístico, sin embargo, no hay discusión posible: es magnífico; hasta los números dibujados por Joe Orlando y entintados nada más y nada menos que por el capo Vinnie Colletta in person son estupendos. Pero claro, uno se pregunta qué habría pasado si Stan Lee no hubiera sido el auténtico capullo que fue con Wally Wood (y sin Wally Wood, pero eso es otra historia) y, tras negarse a acreditarlo como co-guionista, y luego burlarse de él inmisericordemente cuando lo hizo, prácticamente lo empujó a abandonar el cómic del personaje cuyo uniforme había rediseñado de manera tan espectacular. Ciertamente, Romita y Gene Colan hacen un excelente trabajo en la serie, y hay que quitarse el sombrero ante este último, que permaneció lustros en la colección, haciendo siempre un trabajo fenomenal, pero Wood... ay, si se hubiera quedado el gran Wood... pero bueno, las cosas fueron como fueron, Stan fue Stan, y al menos tuvo el buen sentido de encontrar grandes sustitutos para el que bien podría haber sido el dibujante definitivo del cuernecitos, con permiso de David Mazzuchelli. Qué se le va a hacer.