"En verdad somos como troncos de árboles en la nieve. En apariencia sólo apoyados en la superficie, y factibles de ser desplazados con un pequeño empujón. No, es imposible, estamos firmemente unidos a la tierra. Pero cuidado, también eso es aparente."
Puede considerarse al año 1912 en su totalidad y al primer semestre de 1913 como el del comienzo del ciclo de inspiración y consolidación más importante y fecundo a nivel literario en la vida de Franz Kafka y tal vez el más importante de los tres que tuvo en su vida.
Fueron muchas las experiencias, vivencias y situaciones que atravesó en este año que lo marcaron a fuego. Escribió y publicó su primer volumen de relatos Contemplación, escribió El fogonero, capítulo inicial de su novela El desaparecido de la cual también escribiría los siguientes siete capítulos, escribió de un tirón su auto referencial relato La condena y como si esto fuera poco, desarrollaría en su cabeza nada más y nada menos que su narración más inoxidable y emblemática que publicaría recién tres años más tarde: La metamorfosis.
Es durante el principio de 1912 cuando Kafka decide meterse de lleno en la literatura. Más allá de sus dudas y divagues acerca de la soltería que ya lo acuciaba, sabe que si no descarga o canaliza sus energías negativas cambiándolas por el positivismo de la escritura estará irremediablemente perdido y la única manera es sentarse a escribir. Decidido a eso, proyecta sus intenciones de publicar su primer libro, en parte por la insistencia de Max Brod y también luego de conocer a Rowohlt y Wolff, quienes estaban ávidos por conocer sus escritos.
Amparándose en una frase de Goethe, su héroe literario que anota el 8 de febrero de 1812 («Mis ganas de crear eran ilimitadas») comienza a canalizar en sus escritos el lugar donde transitar el camino correcto y se angustia cuando no puede avanzar o inspirarse para escribir, y complementando esto decide continuar escribiendo en sus Diarios: «¡A partir de hoy he de llevar el diario sin interrupciones! ¡Escribir con regularidad! ¡No rendirme!»
Kafka decide dejar atrás todo aquello que escribió y no es digno de sobrevivir y quema una gran cantidad de “papeles repulsivos”: debe comenzar a generar literatura fresca, nueva, que salga de sus entrañas y la única manera de lograr eso es sentándose a la noche a escribir sin parar.
Aunque frecuenta los cabarets y cafés de moda de Praga, sigue haciendo vida sana. No fuma, bebe poco, sigue siendo vegetariano y lleva una vida saludable. Todavía es una persona sana, hace ejercicio desnudo frente a la ventana y se acuesta bastante temprano.
Como todo ser humano tiene sus recaídas emocionales. Por momentos, sucumbe. Flota entre la desesperación y el desencanto. La inspiración desaparece y esto lo tortura, entonces, para exorcizar esos demonios, anota en sus Diarios lo que le sucede una y otra vez. En abril de 1912 declara: «Por primera vez fracaso casi total al escribir». En mayo la anotación es casi idéntica. Sobre el 1 de junio el desastre es definitivo: «No he escrito nada», pero pronto se recuperará de todo eso. Y con creces…
Sepultadas ya las posibilidades de publicar la novela Richard y Samuel junto a Brod de la que solo se publicó el primer capítulo en una revista de muy poca tirada, decide enfocar sus cañones en varios relatos que posee listos y luego de unos pocos retoques decide llevárselos a Max para que le dé una devolución, mientras que el 7 de agosto reflexiona acerca del proceso creativo que le demandaron los textos del libro: «Largo tormento. Por fin escribí a Max que no puedo pasar en limpio los pequeños fragmentos que restan, que no deseo forzarme y que, por lo tanto no publicaré el libro», aunque sucederá lo contrario, ya que finalmente, el 14 de agosto, gran parte de estos textos formarán parte de lo que será su primer libro, Contemplación, están listos y casi al mismo tiempo hacia mediados del mes siguiente sucederá lo mismo con La condena.
La gestación del libro Contemplación supuso para Kafka un gran escollo de sentimientos internos debido a su constante inconformismo en lo literario. Trabajó sin cesar en su escritura y el libro es-tuvo sujeto a constantes cambios y revisiones.
Algunos de los textos incluidos en la edición final de Contemplación (Los árboles, Vestidos, El rechazo y Camino a casa) ya habían aparecido en la revista Hyperion.
Dada la exigua cantidad de páginas que poseen las dieciocho prosas, tuvo lugar un incesante intercambio epistolar entre él y su editor Kurt Wolff quien aún no se había emancipado de Ernst Rowohlt.
Por un lado, Kafka escribe la siguiente sus Diarios: «Mi novela es la roca a la que estoy adherido y no sé nada de lo que pasa en el mundo», pero más allá de esta honesta declaración se siente inseguro. Cuando finalmente es prácticamente empujado por Brod a conocer a Kurt Wolff y presentarle allí los textos de Contemplación, el mismo Wolff se encargará de recordar muchos años después la anécdota que le quedó grabada para siempre en su memoria y que marca qué generaba Kafka en las personas: «Al despedirnos aquel día de junio de 1912, Kafka dijo una cosa que nunca había oído antes a ningún otro autor y que, por eso mismo, ha quedado asociada para siempre a ese ser único que era Kafka: ‘Siempre le estaré más agra-decido por la devolución de mis manuscritos que por su publicación’».
Comienza aquí un suave tironeo entre las ideas del editor y la puntillosidad de Kafka que supervisa todos y cada uno de los detalles que quiere antes de que se publique finalmente el libro.
Ese 14 de agosto Kafka le envía el borrador del libro corregido casi para editarse «con el ansia de tener también yo un libro propio entre sus bellas publicaciones» e inmediatamente cierra la carta con una frase tan certera como honesta: «La más difundida individualidad de un escritor consiste precisamente en que cada uno encubre sus cosas malas de un modo muy especial». Aún se siente dubitativo, porque ante la inmensa posibilidad que tiene en sus manos sabiendo lo que la publicación de un libro propio significa, contrariamente todavía piensa más en el fracaso como autor que en la posibilidad de que los lectores conozcan su obra.
El 4 de noviembre Wolff le contesta que ha leído su borrador y que gustoso lo publicará. Él sabe que Kafka es un diamante en bruto y que puede tocar la cuerda sensible tanto de lectores como de colegas escritores e intelectuales praguenses. Kafka le advierte que al ser un libro tan delgado deberá ampliar casi exageradamente el tamaño de la letra para que quede acorde a lo razonable su publicación. Wolff le ofrece un tipo gráfico llamado Antiqua, y este acepta.
El próximo paso será el envío del contrato para que el autor firme y a su vez, la discusión se centrará en el orden que Kafka impone sin negociación alguna. Cuando le devuelven las pruebas de imprenta Kafka asevera que «son bellísimas», pero sigue introduciendo cambios antes de que sea impreso: pide que se respete un orden especial en los relatos, que debe comenzar con “Niños en la carretera” y que debe terminar con “Ser desdichado”.
La corrección fue otro proceso en el que él estuvo al mando y así, una y otra vez, corrigió, cambió, tacho o reordenó frases para brindarle una mejor comprensión al lector. Este libro tenía para él la misma importancia que la de traer un hijo al mundo.
Sobre el 19 de octubre sólo resta la impresión, maquetación y armado del libro definitivo y el 13 de enero de 1913 verá la luz. Ahora sí, Kafka había dado su primer paso como escritor, publicando un libro de facturación propia sin depender de la publicación o promoción de sus textos en revistas insignificantes.
La literatura del primer Kafka contenida en este pequeño librito arroja una significación más acertada y nítida que el de sus primeros escritos Descripción de una lucha y Preparativos de una boda en el campo, aunque de todas maneras genera un poco de desconcierto, apatía y frialdad en la recepción de los lectores. El libro no tuvo grandes ventas y en cierta manera el autor lo vio como un rotundo fracaso, a punto tal de que se ríe de sí mismo; ya que un día al pasar por una librería compra diez ejemplares de su propio libro, pero a la vez se pregunta quién habrá comprado el undécimo.
La belleza de los textos que además roza lo poético desnuda el costado más ingenuo de Kafka con una literatura fresca y no vista aún. Este libro es el equivalente a la canción “Yo vengo a ofrecer mi corazón” de Fito Páez. Todo está al descubierto y nada se oculta.
“Niños en la carretera” es una vívida percepción de lo que sucede alrededor del narrador, que también es un niño y que refleja los juegos que lleva a cabo con sus amigos.
En “Desenmascaramiento de un pillo” o “El paseo repentino” nos ofrece situaciones puntuales, sin comienzo ni final, muy similares a aquellos cuentos de Antón Chéjov que no necesitan de una estructura o argumento. Tan sólo una escena.
El costado reflexivo de algunos textos, con reminiscencias a sus aforismos de Zürau puede notarse en fragmentos como “Decisiones”, “Camino a casa” o “Los que pasan corriendo”.
En “El pasajero”, “Distraído mirar afuera”, “Vestidos” o “Para que reflexionen los aficionados a las carreras” lo que prima es la observación y el detalle del ambiente circundante o los demás personajes que interactúan con el narrador.
“Deseo de ser indio” y “Los árboles” son profundas reflexiones con un fuerte contenido existencialista planeados tal vez de manera involuntaria por Kafka para hacer pensar al lector tanto por la profundidad de su mensaje como por su significación.
Tan pronto fue publicado su libro, le llevó a su prometida, Felice Bauer, una copia de este, abrumado por una mezcla de medida alegría y sentidas disculpas por los pequeños defectos que según él contenía el volumen: «Oye, ¡Sé amable con mi pobre libro! Son precisamente esas pocas hojas que me viste ordenar en nuestra velada. Aquella vez no fuiste considerada “digna” de examinarlas, ¡loca y vengativa amada! Hoy te pertenece a ti más que a nadie, a no ser que te lo arranque de las manos para que solo me sujetes a mí y yo no tenga que compartir un puesto con un viejo librito.»
Cabe aclarar un detalle respecto a las cortas prosas de Contemplación: que son relatos y no cuentos los que leemos en aquí. Tengamos en cuenta que Kafka fue el mejor creador de relatos que dio la literatura (podríamos agregar a otro grande quien también escribiera relatos inolvidables, me refiero a Julio Cortázar). Esto es importante, dado que el relato es un retazo, una parte de algo más grande o extenso y en general inconcluso.
Tal vez, podríamos admitir como cuento al último, llamado “Ser desdichado”, una corta historia o una “kleine prosa” como Kafka prefería denominar a sus fragmentos que narra el encuentro entre una persona en su departamento con un amigable fantasma, un desafiante niño que da la sensación de parecer un doble del narrador por momentos, pero que también refiere al tema de la sole-dad, tan significativo para él.
En un pequeño ensayo de Jorge Luis Borges que el maestro incluye en su libro Otras Inquisiciones, publicado en el año 1952 y que se llama “Kafka y sus precursores”, nos alerta: “El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro… El primer Kafka de Betrachtung es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces de Browning o Lord Dunsany.”
Este detalle que Borges sugiere no es menor porque desembocará en un concepto que terminó por definir las futuras literaturas y los motes que surgieron de ellas (kafkiano, borgeano, joyceano) o la manera en que clasificamos algunos textos para darles el formato que percibimos como lectores. Lo que Borges sugiere es que si uno como lector lee ya sabiendo cuál es la naturaleza de los textos kafkianos, condicionará su lectura de un texto anterior a Kafka (tómense por ejemplo las narraciones Wakefield de Nathaniel Hawtorne de 1837, El capote de Nikolái Gógol publicado en 1841 o Bartleby, el escribiente de Herman Melville publicado en diciembre de 1853) clasificándolo en ese standard o significancia. El sólo hecho de enfocar la lectura en lo kafkiano, teñirá de esa cualidad al cuento leído.
Tal vez sin quererlo, Kafka lo vislumbró en este pequeño pasaje de su relato “Camino a casa” cuando afirma: «Comparo mi pasado con mi futuro y encuentro que ambos son excelentes, a ninguno de los dos les puedo dar ventaja; y sólo tengo que censurar la injusticia de la Providencia, que me ha favorecido tanto».
Su amigo Max Brod, quien hab��a hecho denodados esfuerzos para que Kafka conociera a Wolff y se decidiera a entregarle los textos de Contemplación destaca en su biografía deseaba fervientemente que este libro se publicara. Para él era más importante que cualquiera de sus novelas porque además ya era un autor afianzado en el circuito literario praguense. Sus obras ya eran conocidas, pero las de Kafka no y allí eran dirigidas todas las energías.
Todo pareció eclosionar esa tarde del 13 de agosto de 1913 cuando Kafka, con los textos de Contemplación en su mano listos para ser publicados se acercó a la casa de Brod sin saber que había una señorita allí proveniente de Berlín llamada Felice Bauer quien de alguna manera le daría la suerte y el coraje de la decisión de publicarlos.
Cuando Brod habla de Contemplación se deshace en elogios, ya que para él a través de este libro «se demuestra cuán verdadero, genuino es el autor. Aquí y sólo dentro del panorama de la literatura moderna, no hay colores cambiantes, ni cambios de perspectiva, ni desplazamiento de bastidores. Aquí hay verdad y nada más que verdad».
Max Brod había dado en el clavo. Mientras que un sinnúmero de escritores había ahondado en la literatura en búsqueda de la belleza, para Kafka la literatura era una expedición a la verdad.