What do you think?
Rate this book


324 pages, Paperback
First published January 1, 1905
‘For me alone was Don Quixote born, and myself for his sake; he knew how to act and I to write,’ Cervantes has written with his pen. And I say that for Cervantes to recount their lives, and for me to explain and elucidate them, were born Don Quijote and Sancho. Cervantes was born to narrate, and to write commentary was I made.
«Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española, que no sabéis...»
En este punto, el general José Millán-Astray (el cual sentía una profunda enemistad por Unamuno), empezó a gritar: «¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?». Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: «¡Viva la muerte!» (lema de la Legión). Millán habló: «¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!». Se excitó de tal modo hasta el punto que no pudo seguir hablando. Pensando, se cuadró mientras se oían gritos de «¡Viva España!».
Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno, que dijo: «Acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!". Esto me suena lo mismo que "¡Muera la vida!". Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada (...)».
En ese momento Millán-Astray exclama irritado «¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte!»
Unamuno, sin amedrentarse, continúa: «¡Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho».
A continuación, con el público asistente encolerizado contra Unamuno y lanzándole todo tipo de insultos, algunos oficiales echaron mano de las pistolas... pero se libró gracias a la intervención de Carmen Polo de Franco, quien agarrándose a su brazo lo acompañó hasta su domicilio. Ese mismo día, la corporación municipal se reunió de forma secreta y expulsó a Unamuno.
"You are waiting for my words. You know me well, and know I cannot remain silent for long. Sometimes, to remain silent is to lie, since silence can be interpreted as assent. I want to comment on the so-called speech of Professor Maldonado, who is with us here. I will ignore the personal offence to the Basques and Catalonians. I myself, as you know, was born in Bilbao. The Bishop," Unamuno gestured to the Archbishop of Salamanca, "whether you like it or not, is Catalan, born in Barcelona. But now I have heard this insensible and necrophilous oath, "¡Viva la Muerte!", and I, having spent my life writing paradoxes that have provoked the ire of those who do not understand what I have written, and being an expert in this matter, find this ridiculous paradox repellent. General Millán-Astray is a cripple. There is no need for us to say this with whispered tones. He is war cripple. So was Cervantes. But unfortunately, Spain today has too many cripples. And, if God does not help us, soon it will have very many more. It torments me to think that General Millán-Astray could dictate the norms of the psychology of the masses. A cripple, who lacks the spiritual greatness of Cervantes, hopes to find relief by adding to the number of cripples around him."The whole exchange, but especially his last words, impressed me so much with their heroism that I had to go and learn everything I could about the man who uttered them, and read his best-known books. And while his books haven't interested me greatly (being as erudite and abstract as they are), the genius behind them is unmistakable.
Millán-Astray responded: "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la Muerte!" ("Death to intelligence! Long live death!"), provoking applause from the Falangists.
Unamuno continued: "This is the temple of intelligence, and I am its high priest. You are profaning its sacred domain. You will win, because you have enough brute force. But you will not convince. In order to convince it is necessary to persuade, and to persuade you will need something that you lack: reason and right in the struggle. I see it is useless to ask you to think of Spain. I have spoken."