En Occidente tenemos un prejuicio absurdo hacia el manga, considerándolo, por definición, un género menor enfocado hacia niños o adolescentes. Nada más lejos de la realidad. En Japón el manga tiene una industria bien engrasada, siempre en busca del público de nicho, que le permite tener obras de todos los aspectos cotidianos que quepa imaginar; que permite bordar cualquier clase de temática que quepa imaginar; no sólo de ficción, sino también en el espinoso terreno de la no-ficción.
Ichi Efu es la crónica de Kazuto Tatsuta —aunque, dada la sensibilidad del tema, este no es su verdadero nombre— trabajando en las labores de limpieza en una de las plantas nucleares que se vieron afectadas por el tsunami en Fukushima en el año 2011. Y quien espere un alegato anti-nuclear o una obra vibrante que demuestre el valor de un pueblo bendecido por el sol, es mejor que se aleje de este manga. Ichi Efu es la metódica presentación de cómo se hacen las labores de limpieza de una central nuclear con fugas, cómo lograr trabajar en ella, qué medidas, protocolos y situaciones se dan en esas circunstancias; no hay sitio para un ritmo vertiginoso o las revelaciones impactantes, aunque también haya giros insospechados —principalmente, a causa de los atroces casos de corrupción empresarial existente en el ámbito de la construcción—, sino la sosegada construcción de un relato pormenorizado sobre lo que ocurrió en Fukushima Uno, más conocida como Ichi Efu (o 1-F para los no-japonés parlantes), cuando la prensa dejó de hablar de ella.
Como documental el manga funciona, pero como retrato de una sociedad y de sus problemas, de cómo la vida se abre paso independientemente de las circunstancias, es todavía mejor. Cuando Tatsuta charla con sus compañeros o comenta el impacto ante ciertas escenas, la obra se siente, en algún sentido, cercana y familiar. Quienes trabajan allí son héroes, gente jugándose la vida, pero también pobres desgraciados, personas normales, que están ahí porque pagan bien y ellos necesitan desesperadamente el dinero. Es, en muchos sentidos, desmitificador. Nos muestra un Japón donde existe la pobreza, la corrupción, el cuñadismo; todo eso que asociamos sólo a otros países, que el propio país niega, aquí se nos muestra sin prejuicios. Podría ser España, si en España existiera una red de plantas nucleares bien surtida y problemas con los tsunami.
Eso no significa tampoco que sea un alegato anti-nuclear. En la obra se nos insiste, además de demostrarse con datos, que lo ocurrido en Fukushima no es, ni por accidente, la catástrofe nuclear que dijeron los medios. Si bien se debe admitir que la visión de Tatsuta puede pecar de sesgada, o que el gobierno japonés no fue todo lo transparente que debía, es innegable que su retrato de Ichi Efu no es el de un infierno nuclear, una monstruosidad nacida de las peores pesadillas de un dios alucinado, sino de un lugar peligroso para el individuo que entre sin preparación alguna, pero seguro para sus trabajadores. Al menos en la medida que las empresas no truquen los contadores o ahorren de más en material.
Ese es su valor. No como obra artística o de entretenimiento, sino como pieza documental. No en leer una historia vibrante, llena de acción o de «belleza oriental», sino un vivido retrato de lo que supuso una catástrofe que, si bien ha sido terrible, pudo haber sido infinitamente peor.