La impresión inicial es la de estar frente a una admiradora de Borges sin saber si lo imita o lo parodia. Esa impresión no dura mucho; Oloixarac se revela demasiado inteligente para una cosa y demasiado seria para la otra. La adjetivación paradojal alcanza niveles barrocos ("puluraron con ahínco", "brisa irresistible", "noche de perfumes sulfúricos", "los sueños ilegales de los hombres"). La erudición de la autora es vasta e impudorosa, pero en ocasiones la construcción de algunas frases es descuidada, y algunas palabras que emplea son cuestionables ("abrevar" por beber; una fea referencia al "valle de los labios"). Hay observaciones y analogías ingeniosas (el fútbol como una afiliación tribal), y un conocimiento concreto de la arcana informática pre-world wide web: phreaking, BBS, C, Assembler.
Hay un punto en el que los barroquismos que atraviesan el texto dejan de lucir como un descuido o un gesto rebuscado, y aparecen como una marca de estilo voluntaria, insolente: una provocación. "La noche progresaba su refutación de la luz". Entiendo que ante esta frase alguien diga "no más" y arroje el libro al fuego. Yo me reí, tomé nota, y seguí leyendo.
Estos rasgos se van diluyendo atravesada la primera mitad del libro. y la narración se impone. Ambas historias, la del naturalista dionisiáco del siglo XIX y la de Cassio, niño secuestrado por su madre que se convierte en hacker quizás porque las máquinas le resultaban más dóciles y misteriosas que su entorno, se entrelazan entre sí de una manera que no es perfecta pero intrigante. Este es un libro de la imaginación, y también de ideas, en el que uno de los principales temas es la legibilidad del mundo, tanto en su forma matemática como extática. En las partes del siglo XIX hay tonos decadentistas y de weird fiction, que me hizo acordar especialmente, quizás por Le Horla, a Maupassant. Hacia el final, el libro se vuelve visionario de una manera que es a la vez anacrónica e innovadora. Una rareza en la literatura argentina.