La ambición literaria, eso que tanto le reclamamos a la literatura argentina, no tiene que ver tanto con la cantidad de páginas que se escriben como por su espesor lingüístico, psicológico, poético y narrativo de un libro. Débora Mundani, con El Río, ha logrado condensar en 128 páginas una hermosa historia que pone en juego todos esos elementos.
La novela empieza con la muerte de Helena, que vive desde hace años en el delta del Paraná con su hijo Horacio, un cuarentón hosco y silencioso que jamás ha salido de los arroyos y riachos de la zona. Pero cuando su madre muere decide salir al Paraná abierto y remontarlo hacia Corrientes para llevar los restos de su madre a su pueblo natal Trinidad. Otro personaje es Juan, cuya relación con Helena y Horacio se irá develando en el transcurso de la narración. ¿Una novela de aventuras? ¿Una novela de marineros de agua dulce? ¿Una nueva reescritura del río de Heráclito? Todo eso y más.
En principio estos son los personajes centrales, no obstante el protagonista absoluto de la novela es el río Paraná, todo sucede en su cauce o en sus orillas. A medida que Horacio lo remonta, escapando de la sudestada en soledad su propia identidad va cambiando. La narración, o mejor dicho, las narraciones, avanzan también al ritmo del río. El río no funciona sólo como símbolo o metáfora, tampoco como paisaje, el río en esta novela condiciona y define el destino de estos personajes.
Claro que en El Río hay referencias claras a Sudeste de Haroldo Conti, la autora ha reconocido esa influencia, no obstante hay elementos que remiten a Mientras Agonizo de Faulkner, es imposible no relacionar el cadaver de Helena con Addie Bundren y el viaje de Horacio a Trinidad con el que emprenden los Bundren a Jefferson con el cajón. Si bien el estilo y la intención de Mundani es distinta a la de Faulkner, el derrotero de Horacio y de los Bundren están íntimamente ligado. Jowel Bundren salvando el cajón del río y las llamas. Horacio protegiéndo el de su madre de la inundación y de la sudestada. La soledad, el viaje a lo desconocido, el dolor, los recuerdos, la muerte. De alguna manera, intencionalmente o no, Mundani ha traído al mejor Faulkner al Río Paraná.
Hay escenas memorables: el hombre solo en su lancha con un cajón fúnebre abierto, la corriente arrastrando cadáveres junto con basura y plantas, una comadreja flotando sobre unos camalotes en medio de una inundación, niños en un techo con un televisor. Y más. Escenas a las que Mundani dota de una intensidad tal que trascienden el lenguaje y las palabras que las construyen.
Más allá de la trama, de la buena construcción de los personajes, del protagonismo del Río y de las referencias literarias, la novela tiene, además, muchos méritos formales. El discreto narrador omnisciente tradicional se retrae para dejar que hablen los paisajes, los diálogos y las acciones de los personajes, por momentos entra en los recuerdos, pensamientos y sensaciones de éstos, pero no profundiza, no desliza juicios de valor morales. El ritmo de la prosa y el uso del lenguaje se acomodan al fluir del río, de esta manera la narración parece acompasar el rumor del agua. Sin abusar de las descripciones y de las metáforas las descripciones logran transmitir la inmensidad, la soledad y ciertos aromas y colores ribereños con un regusto a las mejores poesías de Juan L. Ortiz y a esos precisos paisajes fluviales de Saer. La lectura es ágil, pero el lenguaje tiene su espesor, no desaparece, no es meramente comunicacional, algo de poesía hay en El Río.
Esta es una novela sobre el río, claro, sobre el río paraná, pero también puede leerse como una hermosa narración sobre la soledad, el silencio y el desencuentro. Me gustó mucho, El Río es una hermosa novela.