Me lo encontré en uno de mis paseos por mi librería favorita. No conocía al autor, el libro estaba bien bara (de hecho compré varios) y es cuando aprovecho para aventurarme a conocer autores que no he leído o de los que no he oído hablar. En fin, me remito a dejar los comentarios históricos de lado y comparto mi experiencia, que es lo único que uno puede compartir al final.
La lectura de la novela es sumamente fácil. Es una novela que parece de iniciación, es decir, la historia de un adolescente que cuenta sus aventuras, pero en realidad es de remembranza y nostalgia, y no sé si hasta cierto punto, de amargura. Lo cual no deja de facilitar la identificación del lector con el personaje.
Hay literatura de por medio, puesto que hablamos de un estudiante y posteriormente profesor de letras, que además es un lector ávido (primera conexión entre el lector y el personaje), que se enamora, como todos, pero cuyo vínculo y relación se extiende por años, una relación que resultó doloroso presenciar, y de la cual se desprende un sinnúmero de ironías (segunda conexión entre el lector y el personaje).
La estructura de la novela es más o menos la habitual: capítulos intercalados con dos líneas temporales, la del pasado que se rememora, narrado en primera persona; y el presente, narrado en tercera persona. Así que conocemos al personaje por dentro y también desde fuera.
La única cosa que es digna de un “pero” es el uso del lenguaje, un lenguaje que por momentos podría decir que era no menos que desconcertante. Es decir, Uribe sabe escribir y su prosa es muy elegante, muy cuidada, sólo que en sitios puntuales, usaba vocablos que parecían un poco forzados, o quizás, demasiado elegantes para el acto tan trivial que se estaba narrando. Tal vez Uribe es un exquisito de la forma y bueno, necesito leer más de él para saber si es su estilo o andaba queriendo probar algo en esta obra.
Aquí unos fragmentos:
“Pero en lo que en verdad me seducía de Patricia no derivaba de sus atributos o de sus proyectos. Estaba, para ser franco, en su voluntad de entregarme, sin que yo se la pidiera, una irrestricta admiración.” Pág. 17.
“Escribir es sin embargo una forma disciplinada del ensimismamiento y lo que yo requería con urgencia era salir de mí. Sin saber que la buscaba desesperadamente, encontré una escapatoria en la lectura. Nunca antes había leído con menos cálculo ni con más voracidad. Dejó de importarme que los libros estuvieran bien o mal escritos, que fueran divertidos o sosos, que tuvieran un lugar en la vida de la gente o sólo en la historia de la literatura. Ahora los usaba no para instruirme o para entretenerme sino para anularme, como otros usan el alcohol.” Pág. 97.
“Luego se convenció de que exponerse de nuevo al hombre que más la había impresionado era la mejor forma de valorar al hombre que cotidianamente la hacía feliz.” Pág. 144.