La primera mitad es adictiva y sabe crear conflictos emocionales al lector, pero en la segunda mitad se pierde interés y se desaprovecha al personaje que centra la atención. En todo caso, no niego que me ha gustado más de lo que esperaba y que ha conseguido que hasta me sienta culpable por sentir simpatía por una protagonista que, en teoría, merecía ser odiada.
La historia se centra en el secuestro de un bebé y en todo lo que hace su captora para evadir a las autoridades. Un día, Kiwako se cuela en un apartamento en el que descansa a solas una niña de muy pocos meses. Solo quería mirarla, pero un impulso hace que se la acabe llevando y se convenza a sí misma de que ella es la madre que esa bebé merece tener. Aunque en un principio no conocemos todos los detalles que vinculan a Kiwako con los padres de la niña, poco a poco nos los va revelando y así descubrimos también el origen de sus propios problemas. Ir conociendo todo esto es uno de los alicientes para avanzar con ganas en la lectura, pero también es inevitable querer saber si Kiwako llegará a ser detenida o no.
Sé que está mal, muy mal, pero a mí Kiwako no me caía mal. Que sí, que secuestrar a un bebé es algo imperdonable y que no me imagino mayor sufrimiento para unos padres, pero Kiwako no genera odio y parece que no es consciente de la gravedad de sus actos. Ella quería experimentar la maternidad que le robaron (habla de que estuvo a punto de ser madre, pero va dosificando la información sobre el asunto para que no sepamos a la primera qué pasó con su bebé) y se obsesionó con criar a la bebé que secuestró como si fuera suya. No la justifico, pero creo que la autora quiso que no fuera fácil juzgar a Kiwako y realizó un gran trabajo con su personaje para poder lograrlo.
Me enganché totalmente a esa persecución en la que Kiwoko vivía en una tensión constante y en la que solo se veía que únicamente corría riesgos con el objetivo de que la niña estuviera protegida (y sí, sé que es algo contradictorio si tenemos en cuenta que ella la raptó, pero es que realmente se preocupa por su bienestar). Yo necesitaba saber qué iba a ser de ella y me sorprendía con los sitios en los que acababa. Es más, sin esperarlo, hasta llegamos a tocar el tema de las sectas, y no digo más para no hacer spoiler, pero también vi interesante el enfoque que se dio sobre ese asunto. Eso sí, no todo es oscuro, ya que, independientemente de que Kiwoko no sea la madre de la niña, nunca la trata mal y se ven momentos de mucha ternura entre ambas.
Lo malo es el cambio de narradora que hay poco después de la mitad. Desde mi punto de vista, la historia decae y no se aprovecha el potencial de la nueva situación. Podría haber dado muchísimo juego de cara a explorar otro tipo de debate moral, pero se cae en el error de pasar a un primer plano a alguien que desprende indiferencia. Es cierto que la narración no pierde su fluidez y que se mantiene cierta incertidumbre sobre cómo será el desenlace, pero se cae en la monotonía y se desaprovechan varios aspectos importantes. Si me pongo a pensarlo, hasta faltaron capítulos en los que se viera la perspectiva de otros personajes que eran relevantes y que, lamentablemente, acabaron teniendo un papel meramente decorativo.
La puntuación real sería un 3,5/5. Voy a redondear al alza porque sigo impresionada por la forma en la que esta historia me ha hecho intentar ser indulgente con la protagonista y por lo mucho que me ha atrapado. Además, aunque no suelo leer demasiadas historias ambientadas en Japón, ésta me ha hecho sumergirme en el ambiente del país y hasta ha logrado hacerme sentir el encanto de algunos lugares.
Si podéis, dadle una oportunidad, os aseguro que es un libro más complejo de lo que parece y que os creará más de un dilema.