Ayer y mañana es un volumen desigual, compuesto por diversos relatos breves que se mueven entre escenarios del pasado y un futuro más o menos distópico. No se trata de una novela unitaria, sino de un conjunto heterogéneo, lo que ya condiciona la experiencia de lectura: el libro avanza a trompicones, sin un verdadero crescendo narrativo.
Es importante señalar que muchos de estos textos fueron rehechos, revisados o directamente redactados en colaboración con su hijo, Michel Verne, a partir de materiales que el propio Julio Verne había dejado inéditos o en estado embrionario. Este dato resulta clave para entender el resultado final. La calidad literaria es, en conjunto, floja, y varios relatos dan la sensación de ser descartes, borradores o esbozos de novelas que nunca llegaron a madurar. Hay ideas sugerentes, pero rara vez desarrolladas con la plenitud que el lector espera del Verne clásico.
En lo personal, me ha costado terminar el libro. La lectura se hace irregular y, en algunos momentos, fatigosa. Aun así, aparecen de forma intermitente rasgos reconocibles de Julio Verne:
Descripciones largas, especialmente técnicas o ambientales, aunque aquí menos exuberantes y menos envolventes que en sus grandes novelas.
Personajes trazados con pocos rasgos, eficaces en lo esquemático, pero sin el desarrollo psicológico ni la progresión narrativa que encontramos en Veinte mil leguas de viaje submarino o La isla misteriosa.
Hay también escenas de humor, a veces ligero, casi anecdótico, que recuerdan al Verne más irónico. Sin embargo, el tono general es distinto al de su etapa más celebrada. Se percibe un cierto pesimismo, una tristeza de fondo, como si el autor —o al menos la voz que emerge de estos textos tardíos— ya no confiara plenamente en el progreso científico como motor de redención humana. El entusiasmo decimonónico se enfría; la mirada hacia el futuro resulta más ambigua, cuando no desencantada.
Con todo, incluso en un libro menor como este, Verne sigue sorprendiendo. Vuelve a mencionar inventos y desarrollos tecnológicos futuros que, con el tiempo, acabarían cumpliéndose, y eso no deja de asombrar. Hay momentos en los que uno tiene la impresión de que Verne escribía como si dispusiera de una máquina del tiempo, capaz de asomarse al porvenir con una lucidez casi inquietante.
En suma, Ayer y mañana no es un buen punto de entrada a Julio Verne, ni una obra representativa de su talento mayor. Es un libro para lectores ya familiarizados con él, interesados en sus márgenes, sus restos, sus textos póstumos, más por lo que revelan sobre el final de una mirada literaria que por su valor artístico en sí mismo. Una lectura irregular, a ratos tediosa, pero con destellos que recuerdan —aunque de forma apagada— por qué Verne sigue siendo Verne.